Gripe aviar: vale más prevenir que lamentar

Marcela Sánchezwashingtonpost.com WASHINGTON.— Autoridades mundiales de salud están diciéndolo sin rodeos, ya no es cosa de preguntarse si una nueva pandemia mundial de influenza ocurrirá sino de saber cuándo ocurrirá. Si la pandemia mata a dos millones o a 7.4 millones de personas, como lo predice un experto, eso dependerá en gran medida de la […]

Marcela Sánchezwashingtonpost.com

WASHINGTON.— Autoridades mundiales de salud están diciéndolo sin rodeos, ya no es cosa de preguntarse si una nueva pandemia mundial de influenza ocurrirá sino de saber cuándo ocurrirá. Si la pandemia mata a dos millones o a 7.4 millones de personas, como lo predice un experto, eso dependerá en gran medida de la forma en que las naciones afectadas preparen y coordinen una respuesta.

Ministros de Salud de las Américas reunidos acá la semana pasada discutieron su respuesta regional a dicha amenaza. La Organización Panamericana de la Salud está urgiendo a todos los gobiernos a que adopten de inmediato, y de acuerdo con lineamientos mundiales, planes que permitan detener a tiempo la enfermedad. La mayoría de los países en la región no han adoptado ninguno todavía.

La prevista pandemia se originaría sin duda en la gripe aviar o gripe de los pollos. Más concretamente, es muy probable que se desate el día en que el mortífero virus de influenza H5N1, descubierto primero en pollos producidos comercialmente en el sureste de Asia y más recientemente en Rusia y Kazajistán, sea capaz de superar la barrera entre especies y empiece a propagarse entre humanos.

Ahora que el mundo se prepara para lo que parece ya inevitable, es fácil perder de vista un hecho básico: la gripe aviar altamente patógena es fácilmente prevenible. Estados Unidos produce casi ocho mil millones de pollos al años, de los cuales se infectan apenas unos pocos miles y sólo con virus suaves. Eso se debe a que, según David Suárez, investigador líder en el laboratorio de investigación de aves de corral del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, “hacemos una buena labor en la prevención de la influenza aviar”.

En febrero del 2004, el estado de Delaware descubrió pollos infectados con influenza aviar H7. Aún cuando la variedad no representaba una amenaza para los humanos, se adoptaron medidas inmediatas para controlarlo. Unos 72,000 pollos fueron sacrificados y se impusieron cuarentenas alrededor de las granjas afectadas. En pocos meses, la prohibición impuesta por 23 países a la importación de la totalidad o parte de las aves de corral de Estados Unidos había concluido.

Pero claro, eso es en Estados Unidos. Las cosas se tornan mucho más turbias en otras partes del mundo donde las industriales avícolas están creciendo exponencialmente gracias a que las grandes agroindustrias están buscando establecerse en lugares donde puedan reducir costos. En América Latina y el Caribe, el año pasado había 2,500 millones de pollos, casi mil millones más que una década atrás, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación. De acuerdo con el Worldwatch Institute con sede en Washington, en el 2004 Brasil se convirtió en el segundo productor mundial de aves de corral después de Estados Unidos.

Dicha expansión de granjas industriales en países menos desarrollados normalmente va acompañada de pobres mecanismos de vigilancia y control. En 1992, por ejemplo, una epidemia de influenza aviar poco patógena empezó en México pero permaneció sin control por tres años, lo que permitió que el virus se transformara en una forma altamente mortal para los pollos del país.

Pobres condiciones higiénicas en las llamadas granjas-fábrica y su relativa proximidad a grandes concentraciones urbanas agravan el problema. Hoy en día, dichas granjas representan más del 40 por ciento de la producción mundial de carne, un 30 por ciento más que en 1990, según el informe del Worldwatch Institute, Happier Meals, Rethinking the Global Meat Industry, emitido la semana pasada. Localizadas cerca de centros urbanos en países con normas ocupacionales, ambientales y de salud pública débiles, estas granjas “crean el ambiente perfecto para la propagación de enfermedades, incluso el brote de gripe aviar”, asegura el informe.

Richard Webby, un experto en influenza del hospital de investigación infantil St. Jude en Memphis, coincide en que “el aumento de la densidad en aves de corral es un factor importante” en el desarrollo de un virus de influenza altamente patógeno. Entre “más portadores en espacios reducidos”, más posibilidades de que el virus sufra mutaciones hasta el punto de ser capaz de saltar a otra especie y empezar a propagarse entre humanos, agregó.

Eso fue precisamente lo que pasó en Hong Kong en 1997, cuando el temible virus de influenza H5N1 mató a seis de 18 personas infectadas. Fue entonces cuando el mundo debió haber empezado a prestar atención, dijo Danielle Nierenberg, autora del informe de Worldwatch. Autoridades mundiales de salud debieron haber ayudado a adoptar mejores medidas de seguridad, garantizando que todos los humanos fueran protegidos apropiadamente, que todos los vehículos, implementos y calzado se limpiaran adecuadamente, que granjas pequeñas y remotas tuvieran a alguien en la comunidad entrenado para reconocer animales enfermos.

Esta semana funcionarios de la administración Bush se apresuraban a presentar el primer plan exhaustivo para responder a la pandemia. Según informes de prensa irá acompañado de una solicitud al Congreso por $6,000 a $10,000 millones de dólares para reservas de vacunas y medicamentos antivirales.

Ante la amenaza de una pandemia, dichas acciones son claramente justificadas y necesarias. Pero son además el equivalente a “cerrar las puertas del corral cuando los caballos ya se han escapado”, lamentó Nierenberg. Desafortunadamente, tal como en el caso de las hambrunas producidas por una insuficiente respuesta al problema del hambre mundial, el mundo parece ahora reducido a prepararse para las consecuencias mortales de haber ignorado las señales de alerta endémicas de la gripe aviar.

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