Pedro Rafael Gutiérrez Doña
Después de haber manejado más de dos horas desde Managua llegamos a Jinotega, precisamente al Club Social. Toreando huecos de todo tamaño en la carretera durante más de cuarenta y cinco minutos, el trayecto Matagalpa-Jinotega parecía interminable.
Hicimos un alto frente a la Catedral y con mucha hambre nos bajamos al parque a preguntar a dos jóvenes dónde podíamos comer algo y, de paso, qué lugar bonito visitar. La respuesta a nuestra primera solicitud fue que podíamos comer en el Club Social, pero que no sabía qué lugar podíamos visitar.
Una vez en el club, dos líquidas almas nos atendieron; el administrador y una empleada de servicio, invitándonos ésta a comer, junto a la piscina. Hicimos el ingreso, un hipnotizante recorrido por la galería de novias del club, las que bellamente colgaban de la pared justo a la entrada.
Sentados a la par de la piscina y aplastados por la belleza de las montañas que nos vigilaban de cerca, la muchacha mostrando un semblante diferente se dirigió a nosotros y me manifestó sin mirarme a los ojos que le apenaba, pero que el administrador le había indicado que sin pantalones, no nos podía atender.
El grave error que cometimos después de haber llegado a Jinotega sin visitarla por más de dos décadas, fue el haber usado unas “bermudas” o pantalones cortos para evitar el sofocante calor, una prenda de uso corriente en los hoteles Marriot’s o Hyatt alrededor del mundo. Y así como entramos, salimos, decepcionados de no haber degustado un plato cualquiera en el Club Social de Jinotega.
Después de la decepción, nos dirigimos por nuestra propia iniciativa al lago de Apanás, a sólo unos cuantos kilómetros de Jinotega, una de las bellezas de la zona y orgullo del país entero. Sedientos y hambrientos ahora, nos quedamos con las ganas de tomar alguna bebida junto a la belleza del lago porque no había un lugarcito para hacerlo. Pero esto es otro capítulo de este relato.