- Murió el temible rompe-redes Salvador Dávila
Edgard Tijerino [email protected]
Cuando entraba al área de las 18 yardas, Salvador “Chava” Dávila se transformaba en un tigre. Esa coordinación muscular que lo precipitaba con seguridad hacia la precisión de maniobra, robándole tiempo al tiempo y desequilibrando defensas, era producto de vivísimos reflejos, un llamativo dominio de la geometría de las posibilidades, un “olfato” cultivado en la jungla, y una certeza para ejecutar, sólo posible en aquellos verdugos que vio trabajar horas extras Robespierre en la Revolución Francesa.
No fue el goleador de ribetes espectaculares, porque siempre trató de simplificar como los índices de efectividad lo exigen. Lo vimos tratando de evitar un toque más a la pelota, una posición de tiro más cómoda, un ángulo más amplio. No, él prefirió siempre fabricar la situación de gol lo más pronto posible, y apretar el gatillo.
Quienes vimos jugar a Salvador “Chava” Dávila, nunca lo olvidaremos. Sin pretenderlo, era siempre, el ombligo del espectáculo. Todos los ojos lo seguían.
Había que buscarlo para triangular, para construir paredes, para utilizar mejor los espacios vacíos hacia donde solía proyectarse, y sobre todo, para resolver. Era, al revés y al derecho, un goleador de raza.
Eso sí, no se puede driblar a la muerte, ni sacarla de posición, mucho menos clavarle un gol cuando ha decidido cerrarte las puertas. De eso todos estamos claros, incluso “Chava”, el temible rompe-redes pinolero.
¿Ha sido el más grande goleador del terruño?
Sus cifras son grandiosas, pero juntar épocas diferentes es terriblemente complicado. Con los recursos investigativos que tenemos a mano garantizando la mayor solidez de la preparación, y con la evolución del proceso de formación, se puede ser tan bueno o mejor orador que Demóstenes, pero en futbol, las dificultades se han multiplicado, sobre todo para los goleadores, cada vez más presionados, con menos espacio y por supuesto, mayores inconvenientes.
Así que Chava fue el mejor de una época llena de vigor de nuestro futbol, distinta a la actual. Y lo vimos contra equipos suramericanos como Botafogo y Estudiantes, enfrentando el reto de los mexicanos y de los mejores del área, siendo siempre una amenaza inagotable.
Le pegaba bien con las dos piernas, lo cual le permitía manejar los dos perfiles, superaba su falta de velocidad con esa facilidad para el desmarque que siempre lo caracterizó, y un notable sentido del anticipo para buscar pelotas o hacer las entregas apropiadas. Además, y esto resultó clave, fue un maestro resolviendo en espacios cortos sacándole el máximo provecho a pequeños quiebres.
Supo funcionar muy bien colectivamente, aunque la tendencia, tanto en El Triunfo, equipo en el cual lo conocí, como en la Selección, era ser buscado por sus compañeros. Su maestría como tirador de penales, la mostró contra Estudiantes perforando a Poletti con un disparo a la escuadra, rascando paral y travesaño, manteniendo de pie a casi 10 mil aficionados en el Estadio Nacional en 1966.
A los 65 años, atrapado por una enfermedad que lo aguijoneó rápido, Salvador Dávila es derribado por una “zancadilla”, pero no hay penal, excepto pena por su partida.
Hay una imagen perdurable que “Chava” le deja al futbol pinolero, y es la de “tigre” en el área, sorprendente, seguro, preciso, incontrolable.