El libre comercio

Eduardo Duque Estrada Ortiz En Marzo de 1957 Bélgica, Italia, Francia, Alemania, Luxemburgo y Holanda firmaron el tratado de Roma, dándole así vida a la Comunidad Económica Europea, hoy conocida como Unión Europea, con la intención de “promover por toda la comunidad un armonioso y balanceado desarrollo de actividad económica y crecimiento sostenible”. La idea […]

Eduardo Duque Estrada Ortiz

En Marzo de 1957 Bélgica, Italia, Francia, Alemania, Luxemburgo y Holanda firmaron el tratado de Roma, dándole así vida a la Comunidad Económica Europea, hoy conocida como Unión Europea, con la intención de “promover por toda la comunidad un armonioso y balanceado desarrollo de actividad económica y crecimiento sostenible”.

La idea de que el comercio libre entre países es beneficioso para todos es un precepto que se ha practicado casi desde inicios de la civilización, y que desde mucho antes de la creación de la Comunidad Europea, ya era parte de las enseñanzas de los primeros economistas.

Adam Smith (1776 ) argumentó que dos países podían beneficiarse del comercio mutuo al especializarse en producir para exportar los bienes en los que cada uno tuviera ventajas absolutas, entendiéndose por ventajas absolutas como la capacidad de producir más unidades de este bien que el otro país.

Dado que un país grande podía tener ventajas absolutas en la producción de todos los bienes, David Ricardo (1816) reorganizó las ideas de Smith argumentado que los países debían de especializarse en la producción de bienes para exportación donde la ventaja fuese relativa, o sea que la producción de un bien fuese superior a la del otro país en relación a otros bienes (ventaja comparativa).

De manera que aún cuando un país mantenga desventaja absoluta en la producción de todos los bienes, éste debía especializarse en la producción de aquel bien donde dicha desventaja fuese menor.

La teoría de Ricardo está basada en la teoría del valor trabajo, la cual considera al trabajo como el único insumo que le da valor a un bien; éste es el mismo supuesto que utilizaron Smith y Marx para desarrollar sus teorías, supuesto que hoy en día está desechado, pero que no invalida las conclusiones de Ricardo. La teoría de Ricardo de la ventaja competitiva se puede también explicar a través del costo de oportunidad. Un país debe especializarse en la producción de aquel bien en el que tenga un costo de oportunidad menor en su elaboración, o sea que el sacrificio en el que se incurre al renunciar a la producción de otros bienes sea el menor posible; ésta es la ventaja competitiva.

En 1919, los economistas suecos Eli F. Hecksher y Bertil G. Ohlin desarrollaron su famoso teorema del mismo nombre (Hecksher-Ohlin) en el cual consideraron las diferencias en las dotaciones de los factores de producción y sus precios para definir las ventajas. Según el teorema, cada país exportara aquel bien que utilice intensivamente el factor de producción relativamente abundante e importara los bienes cuyo factor de producción intensivo sea escaso. Una vez que se inicia el aumento en la producción del bien intensivo en el factor de producción abundante, aumenta la demanda por dicho factor, y por lo tanto, en el tiempo aumentará su precio.

Para el caso de Nicaragua, al entrar en el DR-Cafta se supone que nos especializaremos en la exportación de bienes que sean intensivos en mano de obra, por lo que aumentará el empleo y eventualmente los salarios. Obviamente todo esto toma tiempo, y no se dará sin costos, principalmente los costos de trasladar los recursos de las industrias en las que no existen ventajas hacia las que tienen. Dicho esto, para Nicaragua se auguran más beneficios que costos, dado que los EE.UU. tendrán acceso a una economía de 5 millones de nicaragüenses con un ingreso medio anual de un poco más de quinientos dólares, mientras que nosotros tendremos acceso a la economía más grande del mundo (12.5 trillones de dólares de PIB en el 2004) con un más 300 millones de consumidores con un ingreso medio anual superior a los 45 mil dólares.

No obstante, uno de los beneficios más importantes no está en el aumento de las exportaciones sino más bien en la oportunidad de que empresas norteamericanas intensivas en mano de obra quieran tomar ventaja del tratado y decidan mover su capacidad productiva hacia Centroamérica, inyectando capital a nuestras economías. Claro está, igual podrían moverse a Honduras, El Salvador o Costa Rica, y aquí entraría en juego otros aspectos que además del económico, como son la seguridad jurídica, el respeto a la propiedad, el costo de la energía, etc. ¿Cuál país escogería usted?

El autor es Economista.

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