Mira Oberman AFP
Roman, Times, serif»>
Historias de terror emergen de la tormenta
Mira Oberman
AFP
NUEVA ORLEÁNS, EE.UU.- En la Nueva Orleáns devastada por el huracán Katrina, Gabriel Whitfield, estadounidense de a pie, recuerda emocionado sus largas cinco noches pasadas en la oscuridad, con un arma en la mano, para defender a su mujer y a sus dos hijas contra los saqueadores.
“¿Se pueden imaginar estar sentados en el salón con una carabina y aerosoles llenos de napalm para abatir o quemar a las personas que intentaran entrar y matar a tus hijos y robar tu agua?”, explica con voz quebrada y lágrimas en los ojos en el hotel de una popular cadena, en el barrio histórico.
“Esas cosas no deberían ocurrir en Estados Unidos”, agrega Gabriel Whitfield, de 36 años, quien dirige con su mujer este hotel del centro de Nueva Orleáns.
“Debió haber gente de los servicios de socorro y de seguridad desde el primer día y no había nadie… absolutamente nadie”, añade.
La pareja y sus dos pequeñas hijas disponían de suficientes víveres para tres o cuatro días. Se instalaron en la sala de conferencias del segundo piso del hotel.
Gabriel explica que al principio se llevó las armas con él para evitar que se estropearan en caso de inundación del hotel. La idea de utilizarlas para defender a su familia vino después, afirma.
“Es realmente difícil tener un arma y pensar en matar gente que intente matarte y subir luego a abrazar a tus hijas y hacer de cuenta que todo marcha bien”, recuerda Gabriel, quien se niega a hablar de su formación en las fuerzas militares de élite.
Cuenta asimismo el plan de batalla puesto a punto en caso de que los saqueadores lograran ingresar al salón del hotel.
Si los saqueadores llegaban al piso 11 por la escalera, Gabriel tenía previsto romper una ventana y depositar a sus hijas en el techo del edificio vecino.
Pero su carabina con un visor eléctrico montado sobre el caño, su cuerpo atlético y sus dos brazos tatuados fueron suficientes para disuadir a los pequeños grupos de saqueadores de entrar al hotel.
Se conformaron con personas que iban por la calle, como el hombre al que golpearon casi hasta la muerte y que Gabriel intentó trasladar hasta el centro de convenciones para que recibiera atención médica. “Quisimos ayudarlo y los policías no sabían qué decirnos. Probablemente morirá”, recuerda que le dijeron.
Gabriel también cuenta que realizó una expedición fuera del hotel con su amigo James para ir a buscar alimentos, agua, medicamentos y propano.
Durante el trayecto vieron agresiones de automovilistas y bandas de ladrones recorriendo las calles en vehículos con armas apuntando al exterior. Atacados en tres ocasiones, lograron siempre rechazar a los asaltantes. Gabriel dice asimismo que vio cuerpos en las calles y personas desesperadas por el hambre y la sed.
Seis días después del paso del huracán el 29 de agosto, todo cambió finalmente con la llegada de militares .
“Cuando finalmente pude dejar mi pistola sobre la mesa y la carabina en el rincón de la habitación, me desmoroné”, admite Gabriel. “Lloré y me desmoroné”, repite.