Por Pablo Antonio Cuadra
Entre nosotros, un cantor que se ha atrevido a criticar la tortura (esa tenebrosa mancha de crueldad que empuerca la túnica de nuestra justicia), no solamente ha sido escuchado, ni respetado en su hermoso grito de protesta social, sino que ha sido sancionado con la más fuerte multa jamás aplicada en nuestra historia a una obra de arte. Me refiero a la arbitraria multa impuesta por la Jefatura de Radio al joven artista Carlos Mejía Godoy, por una canción satírica contra el uso -vedado por todas las convenciones internacionales- de la máquina eléctrica en los interrogatorios policíacos.
Desde hace tiempo he seguido con creciente admiración la carrera de este joven compositor, uno de los poquísimos valores auténticos de la canción nicaragüense, quien, a pesar de luchar en un medio agotador como el radial, ha producido ya un buen número de canciones cuya letra y música revelan a un verdadero creador que sabe enraizar su originalidad en lo profundo del alma y de los ritmos de su pueblo. Laureado en festivales internacionales, jamás supimos que el Estado se fijara en él para alentar su obra. Aquí el Estado, cuando toma la iniciativa, es para pisotear valores humanos. Para dejar caer, como en el caso presente, una aplastante multa faraónica sobre la débil resistencia de una guitarra. ¿Hay algún premio de diez mil córdobas para alentar nuestra creación musical?
Cuando se medita un poco sobre el salvaje monto de la multa (¡diez mil pesos por una canción!), lo que se advierte, en el exceso, es un odio bárbaro contra la cultura. Es el viejo pleito entre la Fuerza y la Inteligencia, entre la tiranía y el Ingenio, entre la Pistola y la Guitarra: uniformar de una gris estupidez a todo el país ¡y que no se oiga otro ritmo que la acompasada y silenciosa respiración de los sometidos!
«En tiempos de Nerón se extinguió la sátira en Roma. En tiempo de Stalin dejó de existir la sonrisa en Rusia», decía un historiador. ¿Tendremos que agregar: «En tiempos de Somoza dejó de existir el canto en Nicaragua?…»
1971
[Fragmento tomado de Pablo Antonio Cuadra: Crítica de arte. Managua, Fundación Uno, 2005, pp. 20-21].