José Adán [email protected]
Las encuestas dicen que nadie quiere a la basura. Por eso muchos han intentado matarla de muchos modos, y la maligna no sólo sobrevive, sino que crece robusta y se extiende por predios baldíos, a orillas de carreteras, en riberas de los ríos, entre las peñas de las costas marítimas, sobre las quebradas, en los bosques, esquinas, cauces, pozos, en lo profundo de las cloacas, pasillos, jardines, en fin, en todas partes.
Ha sido tan peligroso el crecimiento de este engendro, que la mitad de las enfermedades que achacan a esta población de casi seis millones es debido a los focos de infección que tales despojos producen.
Pero no le basta a la degenerada criatura con enfermar gente y tratar de matarla con virus y gérmenes: ahora quiere hasta derribar aviones.
Los botaderos de desechos en los alrededores del Aeropuerto Internacional de Managua eran tantos y tan diversa su composición, que centenares de zopilotes sobrevolaban la zona del aeropuerto, llegando a poner en peligro un avión comercial lleno de pasajeros que chocó con una bandada de estos plumíferos.
La administración del aeropuerto pegó el grito al cielo y llegaron las genialidades: un concejal de la Alcaldía propuso eliminarlos a balazos.
Pedro Joaquín Chamorro, quien aspiraba a la silla municipal el año pasado, propuso llamar al Ejército o a la Policía para que hicieran tiro al blanco con los carroñeros alados.
La idea de matar a balazos a los zopilotes para proteger los vuelos comerciales del país, movilizó a los defensores del medio ambiente.
Milton Camacho, experto en vida animal del Ministerio del Ambiente, propuso la mejor idea: espantar a los zopilotes poniendo retratos del rey zopilote entre la basura y reproducir sus graznidos mediante altoparlantes.
Su experiencia le indicó que los zopilotes comunes le temen al rey de la especie y que al ver su imagen y oír sus feroces graznidos, huirían de la zona.
ARTE EN LA BASURA
Al final no hubo retratos de reyes, ni policías despejando el tráfico aéreo a punta de balazos, pero sí una llegada oportuna de camiones de la Alcaldía a limpiar las decenas de basureros, porque usted debe saber que en Nicaragua uno de los principales rubros de “producción” es el desecho: 2,500 toneladas diarias en los 153 municipios, según cálculos de la Asociación de Municipios de Nicaragua.
Sólo el café, el azúcar y el maíz producen más toneladas al año que la inmundicia.
Pero así como hay quienes piensan eliminar la floreciente escoria por varias vías, hay quienes ven en ella un especial atractivo para el arte.
El 30 de diciembre del 2004 un artista moderno creó una obra de arte que consistía en invitar a desayunar a los zopilotes de este lugar de horror llamado La Chureca que, pronto se sabrá, es un infierno donde ángeles y demonios compiten ferozmente en una selva de basura con perros, vacas y aves de rapiñas.
CLOACA GIGANTE
Mauricio Mejía se disfrazó de mesero y colocó en medio del desierto de desechos una mesa blanca con un mantel floreado, sobre el cual esparció una rojiza masa de tripas de vacas, para filmar un “performance”.
Durante media hora los zopilotes, ajenos a las buenas costumbres, no se acercaron mientras los manjares estuvieron sobre el lienzo.
Desesperado, el hombre tuvo que tirar los desechos sobre la basura, para que ellos bajaran.
Justo cuando los carroñeros se prestaban a servirse, llegaron sus contrincantes en la lucha por la supervivencia: los humanos.
Un grupo de niños, hombres y mujeres que veían a distancia la escena, se abalanzaron sobre los desechos y entonces convirtieron la obra de arte navideña en un pleito de plumas negras, tripas ropas y pieles mestizas.
No ha sido, sin embargo, este pleito el más memorable que tenga que ver con la basura.
Cada cuatro años, los candidatos a alcalde de la capital divierten a sus electores con propuestas electorales y, ya en el poder, escandalizan con sus ocurrencias sobre la solución al problema de la sobras de la ciudad
Un alcalde sandinista en los años ochenta, Samuel Santos, desvió los cauces de Managua hacia la milenaria laguna volcánica de Tiscapa y la contaminó para siempre con miles de toneladas de basura que caen sobre ella cada año.
Años antes los ingenieros de limpieza pública de la dinastía de Somoza pudrieron el más grande reservorio de agua dulce de América Latina, al enfilar las cañerías de aguas negras de las ciudades al gran Lago Cocibolca y así, la gran reserva de agua pasó a convertirse en la más grande cloaca a cielo abierto que pueda existir en Centroamérica.
AL VOLCÁN
Otros, en vez de verter basuras sobre las aguas, han querido trasladarlas a otros lados: un reciente alcalde liberal de los años 90 propuso trasladar el basurero municipal a las brumosas crestas de El Crucero. La locura fue suspendida porque generó un alboroto público.
Los razonables decían que llenar de basura ese pequeño paraíso hubiera sido como la piedra de Sísifo: cada tonelada de desechos enviado allá a lo alto, hubiese regresado en invierno a soterrar la ciudad con las corrientes que de aquellos filos bajan a la capital con las lluvias invernales.
El último alcalde que gobernó Managua hace dos años, Herty Lewites, también hizo lo suyo: propuso el traslado del basurero al cráter del volcán Santiago de Masaya.
El sitio es uno de los pocos volcanes del istmo de Centroamérica que cuenta con infraestructura para que los turistas observen un volcán en actividad, pero Lewites quería usar su cráter como incinerador natural.
La paliza pública fue brutal y el desdichado alcalde tuvo que retroceder y buscarle una salida amable a su incendiaria propuesta: “fue un chiste”.