Estados Unidos necesita descertificar a Venezuela

Marcela Sánchez WASHINGTON.- Más allá del petróleo, el último vestigio de una relación racional y de cooperación entre Estados Unidos y Venezuela se encuentra en la lucha contra las drogas. Desde el 2002, autoridades venezolanas han confiscado cantidades récord de cocaína, cuyas cifras sólo son comparables con las alcanzadas en México. El año pasado Washington […]

Marcela Sánchez

WASHINGTON.- Más allá del petróleo, el último vestigio de una relación racional y de cooperación entre Estados Unidos y Venezuela se encuentra en la lucha contra las drogas. Desde el 2002, autoridades venezolanas han confiscado cantidades récord de cocaína, cuyas cifras sólo son comparables con las alcanzadas en México. El año pasado Washington alabó la “excelente” contribución venezolana para frenar a organizaciones de tráfico de drogas que se aprovechan de la permeable frontera de 2,200 kilómetros de ese país con Colombia.

La semana pasada, sin embargo, el Presidente venezolano Hugo Chávez suprimió la cooperación con la agencia estadounidense antidrogas DEA, acusando a sus agentes de espías y posteriormente suspendiendo su inmunidad diplomática. Washington, por su parte, revocó la visa de tres oficiales militares venezolanos, incluido un alto comandante antidrogas. Al mismo tiempo le recordó a Caracas que según la ley estadounidense, el presidente Bush deberá decidir el mes entrante si Venezuela puede ser certificado por “cooperar plenamente” en la lucha contra las drogas.

A menos que el significado de cooperación plena haya cambiado, es probable que Bush descertifique a Venezuela bajo la ley de Control Internacional de Narcóticos de 1992. Esto quiere decir que Washington declarará a Venezuela un mal socio, y a menos que encuentre un argumento para prescindir de la aplicación de sanciones, suspenderá toda ayuda que no sea antidrogas o humanitaria; además pondrá fin al apoyo a préstamos para Venezuela de instituciones multilaterales. Pero aunque la ley estadounidense y las acciones venezolanas justifican la descertificación, dicha medida sería en gran parte contraproducente.

Para empezar, de nada serviría en el propósito de fortalecer la lucha antidrogas. A Chávez no le preocupa nada el oprobio que acompaña a la descertificación —sabe perfectamente que Washington considera ya a Venezuela casi como un país paria—. Además, Venezuela está volando alto con los precios del petróleo y difícilmente depende de la ayuda estadounidense. Quinto productor mundial de petróleo, el país andino alcanzó la semana pasada un récord histórico de US$31 mil millones de dólares en reservas internacionales. De los US$3.5 millones de ayuda estadounidense asignada a Venezuela para este año, sólo US$500,000 serían suspendidos bajo la descertificación.

Más significativo aún, como advierte Rand Beers, secretario asistente de Estado para asuntos antidrogas bajo los presidentes Clinton y Bush, la medida es “un instrumento brusco” que tiende a causar “mayores efectos” negativos que los previstos. En Colombia, la descertificación destinada a castigar al Gobierno de Ernesto Samper en los 90, terminó perjudicando al país entero. Desde 1999 le ha costado a Washington unos cuatro mil millones de dólares ayudar a Colombia a recuperarse.

Aunque las consecuencias involuntarias en Venezuela tal vez no sean económicas, la descertificación muy seguramente fortalecerá a Chávez. El líder andino se deleita con cualquier acción de Washington que parezca imperialista o extrema y la usa hábilmente para mantener viva su revolución. La descertificación impuesta por el principal consumidor de drogas del mundo parecería hipócrita y sólo aumentaría la simpatía hacia Chávez entre quienes sospechan de Washington.

La descertificación también daría un golpe mortal a algunos de los avances más significativos en las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela en años. Desde que llegó a Caracas hace un año, el embajador estadounidense William Brownfield ha visitado con frecuencia barrios pobres de Caracas, lo que sugiere por lo menos un aprecio tácito por lo que constituye la fuente de poder de Chávez.

En febrero, la embajada estadounidense auspició unas sesiones de beisbol para jóvenes en Caracas con el jugador de los Yankees de Nueva York, Bernie Williams. La embajada también organizó y pagó instrucciones en Estados Unidos para entrenadores de beisbol venezolanos. Altos miembros del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara estadounidense han empezado a trabajar en un proyecto de ley que aumentaría recursos para tales iniciativas de buena voluntad.

Pero el hecho es que la descertificación de drogas debilitaría estas vías de acercamiento al descontinuar fondos estadounidenses para casi todo excepto emergencias. Eso es lamentable, ya que estos gestos representan el comienzo de una política estadounidense más constructiva en Venezuela que toma más en serio la apremiante situación de los más pobres —y especialmente debido a que el prestigio de Chávez entre los pobres podría estar erosionándose.

Después de siete años en su cargo, la mayoría transcurridos en pleno boom petrolero, los programas asistenciales de Chávez o misiones no han surtido todo el efecto esperado. De acuerdo con datos oficiales, la tasa de desempleo en Venezuela el año pasado era más alta (13.7 por ciento) que en 1998 (11 por ciento). Más del 53 por ciento de los hogares vivían en la pobreza el año pasado, a diferencia de un 49 por ciento hace siete años. El porcentaje de hogares sin servicios básicos permanece exactamente igual.

Si la descertificación no hace nada a la postre para mejorar los esfuerzos antidrogas, si socava un enfoque estadounidense más constructivo, y si de hecho ayuda a apuntalar a Chávez, Estados Unidos necesita descertificar a Venezuela tanto como los estadounidenses necesitan continuar comprando drogas ilícitas. A pesar de la obvia idiotez de hacer ambas cosas, lo más probable es que las dos sucedan.

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