Edgard Tijerino M. Enviado Especial
CHICAGO.- El viejo, inagotable y siempre actualizado show de Ricardo Mayorga, fue visto ayer en el Salón Waldorf del Hotel Hilton, antes de detener la báscula en 154 libras, el límite de la categoría, lanzando un aullido en busca de las estrellas.
La mano de Mayorga parecía salida de un congelador cuando lo saludé, en lo que fue su reaparición después de un ocultamiento de casi 24 horas, mientras batallaba por botar dos libras de excedente.
Se pesó con anticipación para comprobar que no tendría problemas, y se retiró sonriente a esperar su turno una vez que se pusiera en marcha la ceremonia oficial. Aprovechó para tomar el cinturón, llevarlo con sus dos brazos lo más alto posible y gritar a pulmón abierto: ¡Esto es mío!, ¡escucharon, es mío!, y miró hacia donde se encontraba Michele Piccirillo sentado con otros italianos.
Unos 20 minutos después, Mayorga, oficialmente, registró las 154 libras, ensanchó su torax y gritó: “¡Lo voy a matar!” entre aplausos y abucheos. Piccirillo tiene su gente. En Chicago hay muchos italianos.
“No será fácil. Piccirillo sabe boxear y complicar”, dijo Ludo Saenz de la página de internet Boxeo Organizado, pero Joel Judah, confía en lo que ofrecerá para el espectáculo un Mayorga más definido en su accionar, algo que dudamos dado su instinto e ímpetu.
Mayorga estuvo inquieto recorriendo los cuatro puntos del salón, se detuvo a cambiar impresiones con José Sulaimán, a tomarse fotos y hacer advertencias, y cuando se pesó, se volcó con sus frases como si fueran mazazos sobre Piccirillo, aunque aceptó fotografiarse con el italiano.
Luego se abrazó con su madre y con su hermana, y se preparó para cenar fuerte en el Hotel y descansar.