Tacto y esmero en política exterior

Marcela Sánchezwashingtopost.com Las palabras refrescante y cómodo no son las apropiadas para describir a esta ciudad en agosto, menos aun cuando las altas temperaturas hacen juego con el calor de controversias como las del nombramiento por decreto de John Bolton para las Naciones Unidas. Pero aparentemente alguien en el Departamento de Estado tiene bien prendido […]

Marcela Sánchezwashingtopost.com

Las palabras refrescante y cómodo no son las apropiadas para describir a esta ciudad en agosto, menos aun cuando las altas temperaturas hacen juego con el calor de controversias como las del nombramiento por decreto de John Bolton para las Naciones Unidas. Pero aparentemente alguien en el Departamento de Estado tiene bien prendido el aire acondicionado ya que una refrescante transición está en proceso y promete traer mayor tacto y esmero a la política exterior estadounidense hacia América Latina.

Todo empezó con el nombramiento la semana pasada del veterano asesor republicano del congreso Caleb McCarry al nuevo cargo de coordinador para la transición en Cuba. La posición fue creada “para facilitar y acelerar la transición … de Cuba hacia un gobierno democrático”.

Puede que surta o no ese efecto, pero por lo menos promete absorber las presiones que los votantes cubano- americanos ejercen sobre la Administración. También deberá dar mayor libertad a altos funcionarios estadounidenses responsables de América Latina que voluntaria o involuntariamente han dejado a menudo de desarrollar una agenda más amplia que reconozca que, excepto por Cuba, todos los países de la región son democracias con prioridades distintas.

La selección de McCarry como coordinador parece razonable. Es un republicano leal, inteligente, recatado y respetado; y como miembro de los círculos anticastristas de Washington tiene suficientes credenciales para satisfacer a los cubano-americanos. Al mismo tiempo, McCarry es un pensador más razonable y menos agobiado por la camisa de fuerza de una antipatía personal hacia Castro, que hasta ahora ha sido el uniforme requerido para el equipo de América Latina de Bush.

Algunos recordarán a Otto J. Reich, el primer nominado por Bush como secretario asistente de Estado para asuntos del Hemisferio Occidental. El exiliado cubano es un hombre obsesionado por un solo tema y, como Bolton, recibió un nombramiento temporal por decreto tras una feroz oposición legislativa a su confirmación en el 2002. Fue ese año cuando la administración Bush cometió tal vez su error más garrafal en la región al apresurarse a apoyar el fallido golpe de Estado al presidente venezolano Hugo Chávez.

Reich estuvo en el cargo por 12 meses antes de ser nombrado como enviado especial para el secretario de Estado, cargo de menor jerarquía que no necesitaba confirmación del Senado. Bush nominó entonces a Róger F. Noriega, un figura menos polémica, pero aun así de línea dura. El Senado, donde Noriega trabajó como asesor en los noventa, lo confirmó en julio del 2003.

Como asesor del Senado, Noriega a menudo se quejó de la falta de una estrategia integral hacia la región. Desafortunadamente sus palabras y acciones durante sus dos años como secretario asistente de Estado revelaron una estrategia cuya lógica podía entenderse únicamente como fruto de su obsesión anticastrista.

Frustrado por la abierta afinidad de Chávez con Castro y sus tratos con el dictador, Noriega promovió a menudo una guerra de palabras con funcionarios venezolanos que mostraron su tendencia a permitir que el ego y los prejuicios obstruyeran una actitud más objetiva y analítica sobre el futuro de Venezuela. Hasta la semana pasada, Noriega estaba también muy ocupado en debilitar a otros aliados de Castro en la región, tales como Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia.

Noriega parecía desconocer que en América Latina tales esfuerzos tienden a ser contraproducentes y de hecho pudieron contribuir a que dichos individuos hayan salido ganando, por ahora. La semana pasada, al día siguiente de hacerse público el nombramiento de McCarry, Noriega anunció su renuncia. Sus frecuentes errores de cálculo habían agotado la paciencia de funcionarios en esta capital, muchos de los cuales sentían, como lo dijo un asesor republicano del Senado esta semana, que el cargo de principal diplomático estadounidense para América Latina no puede llenarse con alguien que “sólo satisface preocupaciones políticas internas”.

El factible sucesor de Noriega, Thomas A. Shannon, será tan bienvenido como una brisa fresca en el calor de Washington. Diplomático de carrera que ha trabajado en Brasil, Guatemala y Venezuela, Shannon se ha especializado en los países andinos, sin duda la región más problemática de América Latina hoy en día. Shannon es el actual director para asuntos del Hemisferio Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional, donde trabajó junto a Condoleezza Rice antes de que se convirtiera en Secretaria de Estado.

A Shannon se le reconoce haber dejado atrás un poco el enfoque ideológico y prepotente de la Administración hacia Venezuela al haber organizado el reciente encuentro entre Bush y una activista que trabaja por una Venezuela más democrática. Aunque la reunión pudo ser un verdadero éxito diplomático si hubiera incluido a representantes de la sociedad civil más alineados con Chávez, es la única señal reciente de una estrategia estadounidense menos obsesionada con el individuo y más preocupada por el país.

Finalmente, es importante reconocer que Shannon y McCarry no son latinos. En ese sentido, su nombramiento significa que la Administración está pensando en sus capacidades más que en simbolismos que puedan atraer votantes hispanos. Y aunque claro está que nuevos latinos en el Gobierno son siempre bienvenidos, los latinos en la lista de la Administración Bush han demostrado ser poco beneficiosos para América Latina en su conjunto.

Como asesor del Senado, Noriega a menudo se quejó de la falta de una estrategia integral hacia la región. Desafortunadamente sus palabras y acciones durante sus dos años como secretario asistente de Estado revelaron una estrategia cuya lógica podía entenderse únicamente como fruto de su obsesión anticastrista.

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