Caballos

Carlos Daniel Quintana El atractivo principal de las celebraciones agostinas después de la tradicional bajada de la imagen de Santo Domingo es el desfile hípico. En Nicaragua existen desde el caballo criollo utilizado en labores de campo, o el caballo que conduce el humilde carretonero para conseguir su sustento diario, hasta las razas de renombre […]

Carlos Daniel Quintana

El atractivo principal de las celebraciones agostinas después de la tradicional bajada de la imagen de Santo Domingo es el desfile hípico. En Nicaragua existen desde el caballo criollo utilizado en labores de campo, o el caballo que conduce el humilde carretonero para conseguir su sustento diario, hasta las razas de renombre y valor, como la peruana, la ibérica y la andaluza, cuya sangre lleva fuego de la raza voladora de los árabes.

El origen de este noble animal es tan lejano como el del hombre mismo. Aparece en la mitología griega cuando en sus cánticos triunfales el gran Píndaro narraba de los potros las olímpicas disputas. Y como centauro de esas clásicas leyendas, mitad hombre mitad potro que soñaba sin dormirse y galopaba sin cansarse. Aparece en el imperio egipcio, ataviado y conduciendo las carrozas faraónicas, y en la Grecia antigua con arreos marciales conduciendo las carrozas de combate. En el imperio romano, cabalgando con los césares, los tribunos y la guardia pretoriana.

El caballo de raza árabe, que en los áridos desiertos dijo al poeta: devora la distancia. El de Atila, de los Hunos, que soberbiamente afirma: ¡Donde pisa mi caballo nunca vuelve a nacer hierba! El de Aníbal en los Alpes, el de César en las Galias, el caballo de Darío que conduce a las huestes babilónicas, y el indómito Bucéfalo de Alejandro, que acompaña a su jinete más allá de las fronteras conquistadas. El caballo que conduce las Cruzadas a la ansiada Tierra Santa, el caballo milagroso de San Jorge, que tritura con sus cascos los dragones infernales y el caballo de Santiago que al fragor de los combates va y galopa por los aires.

El Babieca de Rodrigo, don Quijote y Rocinante, Napoleón y su caballo de las clásicas batallas. El caballo de Bolívar que piafaba victorioso en la falda de los Andes. El caballo que soporta la armadura, las espuelas, las panoplias y estandartes y acompaña la conquista de las selvas ignoradas de la tierra americana, y el caballo del peón gaucho, que cabalga libremente sobre el rostro de las pampas.

El que trata en las alturas, el que corre en las estepas, en los secos pedregales, en los húmedos pantanos o en los tórridos manglares, el que da un brioso relincho y con un soplo se agiganta; así va siempre ligado a la evolución humana que el destino nos señala. Saludo a esas nobles bestias que con crines relucientes y sus cascos musicales, nuestras fiestas agostinas y las fiestas patronales engalanan con su estampa.

Residencial San Juan

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