- Una insuficiencia renal crónica estuvo a punto de robarle sus sueños de adolescente y peor aún, su vida. Sin embargo, igual que hace 17 años cuando vino al mundo, su madre nuevamente estuvo presente para ofrecerle otra oportunidad de vivir
Roberto Pérez Solí[email protected]
La noche anterior al 30 de marzo del 2005 José Francisco Méndez Aguilera, de 17 años, era todo un amasijo de nervios. Las casi permanentes ganas de dormir que lo habían acompañado en sus últimos dos años de vida, como por arte de magia, habían desaparecido por completo.
Mientras su piel y sus huesos se crispaban a causa del frío reinante entre las cuatro paredes de un pequeño y sobrio cuarto del hospital Salud Integral, en Managua, por su mente no transitaban las imágenes del doloroso día cuando le informaron “de sopetón”, que sufría de una enfermedad crónica, como consecuencia el tamaño anormal de sus riñones.
Tampoco recordaba lo tortuoso que fueron sus primeras visitas al Hospital La Mascota, ni el dolor corporal y del alma, que significaron sus primeras sesiones de diálisis peritoneal, proceso médico que ayuda a eliminar gran parte de las toxinas en la sangre.
Mientras el incorruptible tiempo daba pasos de hormiga y el sol en vez de salir anunciando el esperado día, entre sufrimientos, consuelos y rezos al Creador, parecía esconderse más, sus pensamientos eran dos: que su organismo no rechazara al nuevo inquilino, un riñón que recibiría de su madre, Aminta Aguilera, y que ésta se recuperara satisfactoriamente de la cirugía.
Los dos, madre e hijo, casi al mismo tiempo iban a ser intervenidos quirúrgicamente por médicos costarricenses y nicaragüenses.
COMIENZA CALVARIO
Hasta sus 15 años todo era normal en la vida de José Francisco, quien pronto dejaría la secundaria y su sueño de convertirse en un ingeniero en computación o electrónica, en cuestión de meses, comenzaría a hacerse realidad. Sus estudios los combinaba con eventuales salidas al parque y juegos junto a sus amigos, como cualquier adolescente a esa edad.
Pero de repente todo cambiaría y su vida, al igual que la de su familia, serían marcadas para siempre.
El color amarillento que mostraba su joven piel y que él mismo pudo comprobar al verse en un espejo cuando un día su madre, una reconocida odontóloga, de 47 años, del popular barrio capitalino Monseñor Lezcano, notara esta rareza; sería uno de varios síntomas de la temible y mortal enfermedad que tendría que sortear con valor y el coraje de vivir.
Luego aparecieron las incontenibles ganas de dormir. “Sentía mucho sueño, era terrible, sólo quería pasar acostado y mi mamá me decía “sos un boludo”, comenta Méndez Aguilera. Con el paso de los meses su estado fue empeorando. Aparecieron los vómitos, mareos y, por breves momentos la pérdida de la visión. Su familia comenzaba a sospechar lo peor.
“Era algo terrible, no tenía ánimos para nada, sólo vivía en la cama, le decía no te veo estudiar, vas a dejar el año. Y él me respondía que le daba mucho sueño, pero mis conocimientos en salud me decían que esto no era normal, porque lo alimentaba bien”, recuerda doña Aminta.
EL CIELO Y LA TIERRA JUNTOS
Así inició el desfile por consultorios privados y hospitales de la capital. La idea de que el joven no estaba del todo bien martillaba cada segundo la cabeza de su progenitora. En un inicio, los doctores asociaban los males del adolescente a problemas del hígado.
Hasta que un día doña Aminta decidió que un médico especialista en medicina interna valorara a su hijo. Diversas pruebas de laboratorio analizadas en Nicaragua y en el extranjero, pero principalmente la realización de un ultrasonido, descubrieron por fin la causa de los males.
El pequeño tamaño de sus riñones, aparentemente ocasionado por una malformación congénita, había desarrollado en José Francisco una insuficiencia renal crónica que de no ser tratada a lo inmediato, lo pondría en peligro de morir en algunos meses o quizás, siendo optimista, en varios años. Esto lo reafirmaron los médicos especialistas en nefrología de La Mascota.
“Sentí que se unieron el cielo y la tierra, como manejo ciertos aspectos técnicos pensé en voz baja: esto de un trasplante de riñón, pero cómo vamos a hacer, si es una operación costosa”, relata la señora.
“Venimos a la casa y no nos dijimos nada, los dos estábamos sorprendidos, porque es algo que te aparece de la noche a la mañana, te quedas sorprendido, y decís cómo puedo tener ésto”, agrega el joven.
LA MANO DE DIOS
Con semejante noticia el mundo parecía venírsele encima a doña Aminta. A pesar de ser una odontóloga de experiencia, sus ingresos resultaban insuficientes para costear la enfermedad de su hijo.
Pero desde el inicio de esta larga y angustiosa travesía de dos años, a como ella asegura, la “gracia de Dios” la acompañó y “abrió todas las puertas que toqué”. Así fue que llegó a La Mascota y conoció a los nefrólogos pediatras, Mabel Sandoval y Cristhian Urbina. Ambos hicieron de su hijo un miembro más del Programa de Niños Nefróticos.
Así fue como José Francisco comenzó a recibir gratis su tratamiento médico mensual valorado en más de 500 dólares. La hermandad del hospital capitalino con la Asociación del Bambino Nefropático de Italia, a cargo del doctor Fabio Cereni, permitió esta valiosa oportunidad. Pero el tiempo pasaba y los estragos de la mortal enfermedad hacían mella en el adolescente.
“Hubo un tiempo que me agarró una crisis, me dio una gastritis de tanto medicamento y eso me provocaba intensos mareos, vómitos y hasta la presión se me alteró, se me vino complicando las cosas”, recuerda el joven.
Los médicos recomendaron una diálisis peritoneal. Esta se realiza al utilizar la membrana peritoneal del cuerpo que se encuentra dentro del abdomen. Se infunden soluciones especiales que ayudan a eliminar las toxinas, permanecen en el abdomen por un lapso y luego se drenan. Para esto se coloca un catéter en el abdomen por el cual entra o sale el dializado.
“Por casi un año y medio me realizaron este tratamiento, primero iba al hospital tres veces a la semana y después me dijeron que podía hacerlo en la casa, así fue que ya no salía para nada”, aseguró José Francisco. Su vida, aunque no lo dijera, sabía que se iba extinguiendo. Sólo Dios podía alargarle la vida.
ASÍ FUE
Pero a principios de este año “una luz divina” entró a su casa y hasta hoy, no se ha extinguido. La doctora Mabel Sandoval le comunicó a doña Aminta Aguilera que Italia había acordado patrocinar tres operaciones de trasplante de riñón y que su hijo sería uno de los beneficiados.
Después de descartar a varios primos, como posibles donantes, las pruebas de compatibilidad indicaron que ella era la idónea.
A José Francisco y su madre los operaron hace 123 días y hasta hoy ninguno ha tenido complicaciones. Sentados en la antesala de su casa, justo al lado del consultorio de Odontología, ambos decidieron contar su historia.
El joven, detrás de sus gruesos lentes y una mascarilla que cubre su boca para evitar la entrada de microbios, asegura no extrañar los juegos ni las salidas a paseos junto a sus amigos. Prefiere pasar algunas horas frente a su computadora leyendo cuanto pueda de ingeniería, pues tiene otro sueño que cumplir.
“Es un logro lo que me pasó, que te digan un día tienes una enfermedad crónica y a los meses estás tranquilo en tu casa. Gracias a Dios que todo va saliendo bien, y gracias a mi madre que prácticamente me ha dado dos veces la vida”, dice el joven.
Mientras eso ocurre su madre quien lo ve con cara de felicidad y suelta una lágrima, asegura que mientras tenga salud seguirá brindando su testimonio en cuanta iglesia cristiana sea necesaria. Testimonio que un día dará junto a su hijo.
PUEDEN ALARGAR SUS VIDAS
El 29 y 30 de marzo del 2005 la medicina en Nicaragua dio un paso importante en la historia. En esos días, en el hospital Salud Integral de Managua, seis médicos costarricenses, ayudados por tres nicaragüenses, realizaron por primera vez cirugías de trasplante de riñón en niños.
El primer día los favorecidos fueron Scarleth Juárez Silva y Emmanuel Grilkist Rocha, de 12 y 11 años respectivamente. Al día siguiente el turno fue para José Francisco Méndez Aguilera. Todos recibieron un nuevo riñón porque sufrían de insuficiencia renal crónica.
Luego de cuatro meses de haber sido operados y de continuos chequeos médicos los pacientes se encuentran recuperándose satisfactoriamente, en sus hogares, bajo el cuido de sus familiares.
El fantasma de un rechazo del nuevo órgano, por el momento, ha estado ausente según explica el nefrólogo pediatra, Cristhian Urbina, del Hospital La Mascota.
Los tres están en sus casas con un tratamiento médico que busca, principalmente, evitar las infecciones en su organismos.
“Inicialmente los valorábamos semanalmente, luego cada 15 días y ahora cada mes, en este período de tiempo los niños han evolucionado bien. El riesgo que ellos pueden tener es de infecciones, por eso tienen que cuidarse de personas que estén con tos, catarro, fiebre, gripe, sus defensas todavía están muy bajas”, indica el médico.
Si los niños continúan “religiosamente” con el tratamiento médico, cuyo valor estimado es de 800 dólares mensuales, pero que es donado por la Asociación del Bambino Nefropático de Italia, el doctor considera que fácilmente pueden llegar a adultos sin mayores complicaciones de salud.
“He visto pacientes con 25 o más años que gozan de una buena vida después que les trasplantaron un riñón, son personas que no tienen ningún tipo de problemas. La “sobrevida” del riñón no sólo depende del medicamento, sino de los hábitos de vida que pueda tener esta persona. Quienes reciben un nuevo riñón su sistema de defensa es un poco más bajo, por eso es que tienen que cuidarse bastante”, explicó.
“Aunque ya con el trasplante es un poco más abierta la dieta alimenticia, siempre tienen que evitar que las comida sean muy saladas, grasosas. Las bebidas gaseosas, meneitos, papitas, por ejemplo, no están permitidas porque pueden provocar una alteración de su presión arterial o pueden llevarlos a que aumenten de peso y eso no es conveniente para ellos”, añadió el médico.
Los padres, quienes sirvieron de donadores a sus hijos, tampoco han sufrido mayores problemas. Ellos son chequeados mensualmente por los doctores de La Mascota y también reciben medicamentos gratis.
Los doctores de La Mascota están capacitando a sus colegas de los departamentos del Norte y Occidente del país para que puedan detectar a los niños y adolescentes con problemas de insuficiencia renal crónica.
De las ciudades, municipios y comunidades de estos departamentos se sabe que proceden gran parte de los niños enfermos con insuficiencia renal crónica.
MÁS ENFERMOS
El departamento de Nefrología del Hospital La Mascota, de Managua, atiende a 32 niños con problemas de insuficiencia renal crónica.
Por el momento sólo cinco están siendo sometidos a terapias de diálisis peritoneal o hemodiálisis y son los que, a finales del año, podrían ser favorecidos con una operación de trasplante de riñón.
Más de la mitad ha sido provocada por problemas de uropatía o malformación de las vías urinarias.
La mayoría de los niños visitan el hospital una vez al mes, pero si su organismo sufre una recaída los doctores los atienden de emergencia aunque no hayan concertado una cita.
ADIÓS VANIDAD
Cuando se toma el medicamento y hay un cuido estricto las posibilidades de un rechazo son mínimas. En los niños y adolescentes la causa más frecuente del rechazo ocurre porque dejan de tomar las medicinas, por los efectos secundarios que producen. Favorecen el crecimiento de los bigotitos, a algunos los pone más negritos y eso no les gusta a ellos”, dijo el doctor Cristhian Urbina.
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