Iglesia

Adolfo López González Elevo mi más firme protesta ante quien sea por la forma soez y abusiva en que ciertos partidarios políticos desacralizan la Casa de Dios. Que el pueblo consciente y devoto de María Santísima juzgue lo siguiente: El día 9 de julio corriente, a las 6:00 p.m., junto con mi esposa me dirigí […]

Adolfo López González

Elevo mi más firme protesta ante quien sea por la forma soez y abusiva en que ciertos partidarios políticos desacralizan la Casa de Dios. Que el pueblo consciente y devoto de María Santísima juzgue lo siguiente:

El día 9 de julio corriente, a las 6:00 p.m., junto con mi esposa me dirigí a la Iglesia Catedral de Managua, con el fin de participar en la Sagrada Eucaristía como lo manda la fe católica y para dar gracias a Dios por su protección y amor. Grande fue mi regocijo cuando vi cantidad de carros parqueados y me dispuse a participar en la comunión de los santos feligreses. Pero igual fue mi desilusión cuando al llegar al parqueo habitual, un malencarado que parecía paramilitar me conminó estacionarme en otro lugar. Ante mi reclamo adujo que ese lugar estaba reservado a personajes importantes. Obedecimos.

Al ingresar al sagrado recinto nos encontramos con cantidad de hombres y mujeres corriendo como por las calles del mercado, gesticulando y hablando a grandes voces que los lugares delanteros, aunque estaban desocupados, eran reservados para “personajes”. Todos vestían ropa de color rojo con un escrito en su espalda: “Arnoldo regresa”. Pancartas que desplegaban llevaban mensajes que ensalzaban hazañas de reos convictos por corrupción. Era tal la “sodoma” que decidimos retirarnos y no participar en aquel atropello a los no afiliados y sacrilegio que se han dado continuamente en la Catedral con la venia de las autoridades eclesiales.

Aquel grotesco espectáculo trajo a mi memoria las palabras del divino Jesús: “La casa de mi padre es casa de oración, y no cueva de ladrones”. Igual que se toman calles y lugares públicos, los PLC desafiaban a Dios, de quien nadie se burla impunemente. Y el poeta Rubén Darío poniendo en boca de San Francisco de Asís cuando éste desistió de reconciliar a bestias y hombres, concluyó: “Padre Nuestro que estás en los cielos …”

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