Jorge SvartzmanAFP
BRASILIA.- El presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, trata de contener la onda expansiva de una serie de escándalos que ya lo obligaron a separarse de su jefe de Gabinete, a aceptar instancias de investigación propuestas por la oposición, y a acelerar una reforma ministerial.
Las compuertas que Lula fue colocando fueron arrasadas: la dimisión de los directores de entidades estatales sospechosos de corrupción, seguidas el 16 de junio por la renuncia de su más cercano colaborador, el jefe de Gabinete, José Dirceu, no sirvieron de mucho.
La tentativa de impedir la creación de una comisión parlamentaria de investigación (CPI) sobre un caso de corrupción en los Correos, fracasó, y los primeros interrogatorios, transmitidos en vivo por la televisión, permitieron a los brasileños familiarizarse con personajes capaces de recibir un fajo de billetes por descuido.
Eso fue al menos lo que explicó el miércoles ante la CPI el ex jefe del Departamento de Compras de Correos, Mauricio Marinho, filmado cuando recibía con displicencia un soborno de 3,000 reales (unos 1,200 dólares) de presuntos empresarios que trataban de asegurarse una licitación.
“Si me hubieran dado 500 reales también los habría aceptado. Si me hubieran pasado 10,000 también, porque ya ni sabía lo que estaba haciendo en ese momento”, dijo Marinho, alegando que estaba “exhausto” tras varias horas de conversaciones.
Añadió que había mentido cuando afirmaba, en ese mismo vídeo, que las coimas cobradas para ganar licitaciones contaban con el aval del líder del Partido Trabalhista Brasileño (PTB), Roberto Jefferson, aliado del oficialista Partido de los Trabajadores (PT, izquierda) de Lula.
Y mencionó una serie de contratos que habrían sufrido “interferencias” de la Secretaría de Comunicación del Gobierno, que por supuesto lo desmintió.
La crisis parece a primera vista un guión del teatro del absurdo.
Jefferson, defensor del presidente Fernando Collor de Mello durante la investigación por corrupción que condujo al Congreso a votar su destitución en 1992, reconvertido ahora en aliado de Lula, responde a las sospechas de recibir coimas acusando al PT de haber pagado sobornos a diputados aliados.
Dirceu entregó el martes el cargo a su sucesora Dilma Rousseff, recordando el pasado guerrillero de ambos en los años 70 (“Luchamos juntos contra la dictadura, armas en mano”, declaró).
Todo eso mientras Lula negocia dar más espacio en su Gobierno a partidos de centro y de derecha, entre ellos el Partido Progresista (PP, conservador) de Severino Cavalcanti, un caudillo ultracatólico que defiende el nepotismo en los cargos públicos y la virginidad de la mujer al llegar al matrimonio.