Una izquierda ante el desafío de modernidad

Alberto L. Alemán Aguirre La cuerda se tensó y se tensó hasta que ya no dio más. Cansados de intolerancia, manipulaciones y el estilo autoritario de la cúpula ortodoxa, cientos de militantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) rompieron la semana pasada con el partido y decidieron crear uno nuevo que atraiga […]

Alberto L. Alemán Aguirre

La cuerda se tensó y se tensó hasta que ya no dio más.

Cansados de intolerancia, manipulaciones y el estilo autoritario de la cúpula ortodoxa, cientos de militantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) rompieron la semana pasada con el partido y decidieron crear uno nuevo que atraiga el voto de izquierda, con la promesa de hacer política con un enfoque constructivo para El Salvador.

Entre los renunciantes están diputados, alcaldes y ex magistrados del Tribunal Supremo Electoral; es decir, figuras con un grado importante de autoridad y con trayectorias.

Desde donde quiera verse, el nuevo cisma demuestra la crisis de representatividad del partido y una honda insatisfacción en buena parte de las bases.

Es la tercera vez que se produce una ruptura de este tipo dentro de la ex guerrilla desde 1992, año de la firma de los acuerdos de paz. A la vez, es y podría ser una de las más perjudiciales para la organización política.

Ya causó un daño político muy serio. Al inicio de la presente legislatura, el FMLN se convirtió en la bancada parlamentaria mayoritaria y logró en varias ocasiones bloquear iniciativas del Ejecutivo.

Era una fuerza a tomar en cuenta para proyectos importantes que requerían la mayoría calificada (57 votos de la Asamblea Legislativa, que tiene un total de 84 escaños). Pero con la salida de 4 diputados este año —dos de ellos recientemente— el partido, o para ser más exactos, su cúpula, ha perdido la capacidad de bloquear iniciativas de ley que requieren dos tercios de los votos. Hoy le quedan 27 asientos.

El golpe político de estas deserciones podría tener costos muy altos para los chances del FMLN en las elecciones legislativas y municipales del año próximo: se arriesga la pérdida de curules parlamentarios y de alcaldías por la división del voto.

¿Cuáles son las quejas de los disidentes?

Falta de democracia interna; intolerancia ante las críticas; expulsión o sanciones a quienes cuestionan a la dirección; imposición de candidatos fieles a la dirigencia ortodoxa que encabeza el caudillo Schafik Handal; irrespeto a los estatutos internos; búsqueda de cargos como prebendas.

Parece una descripción literal de lo que sucede dentro del FSLN en Nicaragua.

El férreo control caudillesco de Daniel Ortega y su círculo de poder expulsó a Herty Lewites y hace todo lo posible para impedirle correr como candidato a la Presidencia.

Lewites es el político sandinista más popular, según han mostrado las encuestas —algunas han indicado que de todo el país— y hasta en las mismas filas sandinistas, una gran parte de las bases lo prefiere antes que a Ortega.

¿No sería absolutamente lógico que una figura semejante fuese la carta de triunfo de un partido? En muchas otras partes del mundo sí, pero no es ése el caso en Nicaragua. Ni en El Salvador.

El FSLN y el FMLN tienen aún un desafío estratégico ante el que ambos han fracasado rotundamente tres veces: lograr convencer a un amplio porcentaje de los ciudadanos que no forman su electorado cautivo, de votarles.

El ex presidente Ortega lleva tres derrotas en fila; en la elección del año pasado, el ex comandante guerrillero Handal fue arrollado por un joven y dinámico Tony Saca. Como sucede con el líder del sandinismo, su figura es asociada a la guerra, la confrontación y el autoritarismo.

En ambos casos, fue fácil para sus adversarios sacar del baúl el fantasma del comunismo y esgrimir el temor al pasado como un arma; aunque sin muchas propuestas, sus campañas fueron terriblemente efectivas y se consumaron con palizas en las urnas. Para el FMLN fue su tercer revés consecutivo en las presidenciales.

Como lo he escrito en otras ocasiones, nuestros países —como cualquier democracia— necesitan una alternancia en el poder de las élites políticas.

Desafortunadamente, la izquierda centroamericana sigue presa de ideas, actitudes y vicios viejos. Caudillismo, ausencia de democracia, falta de renovación con nuevas dirigencias, antiyanquismo irracional.

Falta más realismo, pragmatismo. Si bien nadie esperaría que su relación con Estados Unidos sea tan estrecha como la de la derecha tradicional, es claro que ningún país del istmo puede permitirse relaciones de confrontación con EE.UU.

Nicaragua colapsaría como Somalia si no fuese por los flujos de cooperación externa; El Salvador, con dos millones de emigrantes y sus US$ 3 mil millones de remesas anuales, mantiene una delicada dependencia de EE.UU.

Estamos en el patio trasero de Washington, una realidad geoestratégica inevitable; no poseemos una inmensa reserva de petróleo como Venezuela y, en la coyuntura presente, sería imposible instalar una dictadura a la cubana.

Lewites, los activistas que abandonaron el FMLN y los llamados renovadores que aún están en las filas de esa organización, tienen ante sí el reto de ofrecer opciones moderadas, democráticas y de progreso para estas naciones con sed de justicia social. Un reto al cual tampoco escapan las fuerzas al otro lado de la cancha.

Internacionales

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