- Un balance de los dos años del presidente argentino
Norma Domínguez (*)
El presidente Néstor Kirchner estrenó su bienio de gobierno con una popularidad que oscila entre el 50 y el 70 por ciento según la consultora en cuestión, pero aún así tiene la calle “patas para arriba”.
Kirchner tuvo logros impresionantes en materia política: luego de asumir como un mandatario débil, con apenas un 22 por ciento de los votos, supo ganarse a los empujones su espacio y reconstruir el poder presidencial. En esa línea, hay que reconocer que su proyecto de ’transversalidad’, aunque no tuvo los resultados esperados en cuanto a conformar su propia fuerza alternativa al Partido Justicialista (PJ, peronismo), cooptó (o invalidó) a varias figuras que hoy podrían ser oposición y que sin embargo se mantienen en una cercanía conveniente al gobierno. Ni hablar de su capacidad para alinear detrás de sí a peronistas duros que parecían incapaces de despegarse del liderazgo de Eduardo Duhalde.
En materia económica, hay que mencionar logros como la salida del default (cesación de pagos de la deuda externa), el superávit fiscal y el aumento del producto interno bruto, aunque claramente la situación de los argentinos no ha mejorado: la mitad de la población está por debajo de la línea de pobreza; el 40% de los trabajadores está en negro, el desempleo continúa altísimo y los niveles de indigencia, los bajos salarios y la precarización laboral se mantienen como hace dos años. Y todo esto se advierte en las calles.
A los habituales cortes de rutas de los piqueteros, se suman ahora la toma de escuelas y protestas de alumnos secundarios y universitarios, paros de actividades en hospitales y bancos, conflictos con los transportistas, reclamos salariales de trabajadores de las más diversas áreas, demandas de distintos sindicatos, y un sinfín de protestas variopintas que de sur a norte del país van obscureciendo el paisaje de bonanza del que se ufana el gobierno nacional.
Los tiempos preelectorales también ejercen presión en la Casa Rosada. Sobre todo, porque frente a las elecciones parlamentarias que tendrán lugar en octubre, fue el propio Presidente quien se empeñó en transformar virtualmente la votación en un “plebiscito” sobre su gestión, y frente a esto, quienes manejan los códigos de la protesta saben que el poder está más vulnerable. Ni hablar del peso que tienen para el Presidente las encuestas de opinión pública.
Los sostenidos anuncios de crecimiento económico, el “éxito” del canje de la deuda, la salida del default y todos los prósperos anuncios que desde el Ejecutivo se vienen haciendo, no han hecho más que llevar a la reflexión al ciudadano común y provocarle la pregunta: “Si estamos tan bien, ¿por qué yo estoy cada vez más empobrecido?”.
Mientras absurda, mediática y socialmente el énfasis antinoventista continúa dominando la escena y el tema de la devaluación compulsiva y asimétrica ha quedado debajo del tapete (muchas veces oculto detrás de culpas colectivas inducidas desde quienes hoy tiene la voz en los medios), la realidad es que los sueldos y el poder adquisitivo de los argentinos han quedado destruidos y la gente comienza a sentirlo en sus bolsillos.
Los sindicatos (desde la dividida CGT oficialista) lograron en su última negociación del 1 de junio un salario mínimo de 630 pesos (unos 200 dólares) a partir de mayo y en tres etapas, mientras que el valor de la canasta básica de bienes y servicios que define el umbral de la pobreza para una familia tipo es a mayo —según cifras oficiales divulgadas el 7 de junio— de 772 pesos. A simple vista, esta incongruencia nos indicaría o que la gente debe comer menos, o que debe prescindir de servicios elementales como luz, gas o agua.
Pareciera que el sentido común, sumado a eso que llaman ‘instinto de supervivencia’, está volviendo entre los argentinos, y seguramente este fenómeno es lo que explique la seguidilla de reclamos que vienen tomando las calles locales.
Reclamos a los que se agregan los de las 21 agrupaciones de desocupados, que exigen que se eleve de 150 a 350 pesos la asignación para los beneficiarios de planes sociales; los de los padres y familiares de las víctimas de la tragedia de Cromañón (el local bailable que se incendió en las vísperas del año nuevo y que dejó 193 muertos y cerca de ochocientos heridos) pidiendo justicia; el de los escolares que piden que se arreglen las derruidas instalaciones edilicias donde toman sus clases a diario; las demandas por mayor seguridad, etc.
Se avecinan tiempos de presiones para Néstor Kirchner. Las protestas permanentes juegan doblemente en contra para el Presidente. Por un lado, quienes salen a las calles a protestar tienen justos reclamos y demandan respuestas del gobierno; por el otro, la explosión de la protesta callejera está llevando al límite al resto de los ciudadanos que padece a diario sus consecuencias.
La pobreza se está sintiendo en la Argentina. Se ve en Buenos Aires durante el día, con las avenidas plagadas en toda su extensión por niños y adolescentes que se instalan en las esquinas a mendigar, y durante noches con cientos de indigentes que duermen en plazas o entradas de locales comerciales. Y se ve en el interior del país, donde las cifras de desocupación y pobreza son más graves aún que en la capital porteña.
Da la sensación, y tomando una expresión bien argentina como ejemplo, que el gobierno tiene todo “atado con alambre”. ¿Hasta dónde podrá controlar esta suma de reclamos crecientes para que no devengan en un “estallido” mayor que resulte incontrolable?
Los ciclos suelen ser caprichosos y hasta se repiten. El reclamo contra la corrupción de finales de los 90 está pasando a un segundo plano. A finales de los 80 fue la economía, la hiperinflación y la necesidad de alcanzar un nivel de vida digno lo que forzó un cambio de gobierno y de ideologías dando paso al hoy odiado y repudiado “neoliberalismo”. Quién asegura que a finales de esta década no sean motivos parecidos los que demanden un cambio.
La pobreza se está sintiendo en la Argentina. Se ve en Buenos Aires durante el día, con las avenidas plagadas en toda su extensión por niños y adolescentes que se instalan en las esquinas a mendigar, y durante noches con cientos de indigentes que duermen en plazas o entradas de locales comerciales. Y se ve en el interior del país, donde las cifras de desocupación y pobreza son más graves aún que en la capital porteña.
Los sostenidos anuncios de crecimiento económico, el “éxito” del canje de la deuda, la salida del default y todos los prósperos anuncios que desde el Ejecutivo se vienen haciendo, no han hecho más que llevar a la reflexión al ciudadano común y provocarle la pregunta: “Si estamos tan bien, ¿por qué yo estoy cada vez más empobrecido?”
(*) Norma Domínguez es periodista argentina, editora del sitio web de análisis Nueva Mayoría.