Hugo Ramón García*
El mes de mayo tiene por excelencia la tradición de rendirle culto a una mujer especial; a la mujer que lleva en su espíritu la pureza de las flores y en su corazón el evangelio del amor.
Ella es la Madre, la que con su entrañable ternura nos muestra su incomparable virtud de educar con abnegación a sus hijos. Y por eso el Creador universal, el Señor de señores, la dotó de excepcionales atractivos humanos para que su nombre, y su dignidad se santifiquen y se conservan con fulgores de gloria en el santuario de la vida, y en el espacio del tiempo.
Por la madre se escriben los mejores pensamientos y líricas, por ella se ofrecen con altruismo todo lo bueno que podemos darle. Ella es la dueña de nuestra voluntad; la que guía con certeza los sentimientos, y con sus lágrimas provee de bendiciones al hijo amado; al fruto doloroso de sus entrañas en quien la madre encuentra y tiene una permanente motivación de seguir adelante.
Todo lo que una mujer-madre hace es para colmar de sus naturales cuidados a sus hijo, y hacerle sentir lo que la vida significa cuando hay de por medio una persona singular que es sinónimo de grandeza, cuyos encantos contienen la semejanza de un bello cielo en primavera.
La madre nunca se muestra indiferente a lo que ella estima necesario para los hijos, sobre todo cuando se trata de impartir un consejo, lo cual se halla en la agenda de su competencia y sencillamente lo hace y lo practica para sentirse realizada en su apostolado como una obediencia que le señala el Altísimo desde su mundo celestial donde todo es perfección.
En mayo florecen los malinches, como también florecen las ilusiones. Y a la entrada de las lluvias, cual bendición del Todopoderoso, los campos nicaragüenses lucen de alegría porque con ellas viene el paso de los esfuerzos de la cosecha que se recoge con óptimos resultados. Lo mismo sucede cuando una madre ve crecer a sus hijos, cuando ellos alcanzan la independencia y devuelven altruistamente todo el esfuerzo realizado por sus madres, es entonces cuando el corazón materno se siente pleno.
También en mayo, se ve al arriero con mansos bueyes, dirigirse por las mañanas a las tareas que emprende y al cerrar el día después de una dura jornada se acoge a la quieta tranquilidad de su humilde hogar a recibir las solícitas atenciones de la autora de sus días, o las dulces caricias de su amada que le afirma una romántica pasión, lo mismo que a sus hijos.
A la orilla de un camino quizás largo y tendido contemplando el paisaje añorado, surge asimismo un recuerdo: el recuerdo por la madre ausente que en un ayer no lejano nos prodigó de sus cariños y nos orientó con sus ejemplos.
Para esa madre ausente, corto de ese mismo camino bajo la luz del amanecer, o el ocaso de una tarde llena de nostalgias, la roja flor del malinche para llevarla a su última morada, a la morada eterna donde la paz de los muertos arranca del corazón una lágrima por aquella mujer que se fue para siempre, pero su memoria jamás se marchita porque ocupa en el corazón, y en el espíritu un lugar sobresaliente.
Es necesario que todos los que ya no cuentan con la presencia física de su madre, en este día tan especial no la recuerden con tristeza. Es mejor que nos llenemos de todos esos bellos momentos que vivimos con nuestras madres y veamos en ello el perpetuo recuerdo del calor materno. Que sea ese recuerdo el que nos reconforte y nos de la resignación para aceptar que nuestra madre se encuentra en un mundo mejor, en mundo donde no sufre con la triste realidad que hoy estamos viviendo.
Ofrezcamos por la madre ausente las ofrendas del dolor, y evocando a Guillermo Aguirre y Fierro en su poema El brindis del bohemio digamos por ellas: “Brindo por la mujer, mas no por ésa en la que halláis consuelo en la tristeza, rescoldo del placer, ¡desventurados!… No por ésa que os brinda sus hechizos cuando besáis sus rizos artificiosamente perfumados…”
Felicidades a todas las madrecitas nicaragüenses y resignación a todos aquellos que en el día de hoy recuerdan el triste día de la partida de ese ser tan indispensable en nuestras vidas.
* El autor es periodista de Somoto.