Julio César Chávez (izqda.), enfrenta hoy a Iván Robinson en su combate de despedida.

Adiós al box

Edgard Tijerino [email protected] Nada me detendrá, sino la muerte. Esa frase de Julio César en la obra de Shakespeare, caracterizó por siempre durante sus ejecutorias entre las sogas, a Julio César Chávez, un púgil de arrogante intrepidez, a quien nunca le importó cuánta sangre estaba perdiendo y cuántas heridas necesitaba curar. Desde antes de Julio […]

Edgard Tijerino [email protected]

Nada me detendrá, sino la muerte. Esa frase de Julio César en la obra de Shakespeare, caracterizó por siempre durante sus ejecutorias entre las sogas, a Julio César Chávez, un púgil de arrogante intrepidez, a quien nunca le importó cuánta sangre estaba perdiendo y cuántas heridas necesitaba curar.

Desde antes de Julio César Chávez, el boxeo mexicano fue una cantera inagotable de fajadores, esos peleadores que cobijados de una bravura sin límites, son capaces de escalar montañas de dificultades y cruzar ríos de sangre, sin retroceder, sin medir los riesgos, fabricando de emociones, construyendo historias para la posteridad.

En la época de esplendor y grandeza de Eduardo “Ratón” Mojica, bastaba decir que veríamos en acción a un mejicano, para empujarnos hacia las ventanillas de boletos sin importar su nombre.

Y por aquí pasaron Fillo Morales, Zorrito Garrido, Alacrán Torres, Sigfrido Rodríguez, Famoso Gómez, Magallo Losada, Juan Álvarez y tantos otros aztecas, especialistas en mantener crispados los nervios de las multitudes convirtiendo el precio de la entrada en una ganga.

Los estilistas del ring como Ricardo Arredondo y Finito López, no movieron los resortes del interés, porque el público mejicano exige del boxeo, sangre, sudor y coraje, y cuando Julio César Chávez apareció en escena, con ese boxeo brusco pero limpio, lleno de temeridad, asegurando una agresividad sin pausas, los aficionados enloquecieron, y lo siguieron, y se entregaron a él.

Por eso logró reunir más de 100 mil seguidores en el Estadio Azteca cuando enfrentó a Greg Haugen en 1993, y por eso, llenaba todas las arenas en Las Vegas, Los Ángeles y Texas.

¿Cuál fue la actuación de Chávez que me impactó mas? Sin duda, su espectacular resurgimiento de última hora contra Meldrick Taylor en 1990. El púgil norteamericano de manos relampagueantes y movimientos incontrolables, había desajustado el mecanismo de agresión de Chávez y arrugado su peligrosidad, cuando de pronto, se vio envuelto en un torbellino de furia y fue aniquilado dejando al mundo con la boca abierta y los ojos desorbitados.

Hoy amigos, el último rugido de aquel león que se robó nuestra admiración mientras realizaba 113 peleas ganando 106, 90 de ellas por nocáut.

LARGO INVICTO

Expuesto siempre a un brutal desgaste en cada una de sus peleas, Chávez que estuvo invicto a lo largo de más de 80 combates, enfrentó dos veces a Oscar De la Hoya sin poder alcanzar su mejor condición física, y fue derrotado sin objeciones.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí