- Sus escoltas se enteraron en el último minuto de su plan de enfrentar a los manifestantes
Eduardo Marenco Tercero
El presidente Enrique Bolaños planeó junto a su esposa Lila T. Abaunza de Bolaños, salir de Casa Presidencial y encarar a los manifestantes en su contra, para exigirles negociar en serio.
Así lo hizo, contrariando a la Policía Nacional que se opuso. Sin advertirle a los ministros. Y, a su juicio, con ese “gesto de audacia” desactivó las protestas violentas en su contra, que entre otras demandas exigían su renuncia al cargo.
Bolaños narra en un escrito personal su versión de ese momento crítico de su mandato, cuando arriesgó su seguridad personal, la de varios ministros y la de su propio hijo, Enrique Bolaños Abaunza, quien resultó herido de una pedrada en la cabeza.
El martes 26 de abril, una marcha contra su Gobierno y en contra del aumento a la tarifa del transporte, a causa del aumento de los precios internacionales del petróleo, llegó a pocos metros de Casa Presidencial. Bolaños decidió ir a conversar con los dirigentes de la protesta —siendo un diputado sandinista, uno de ellos—, y fue acompañado por ministros. Ningún vocero de la protesta se encontraba allí. Fue recibido con abucheos, insultos, pedradas, morteros y bolsazos de agua. Y la Policía debió evacuarlo para que no resultara herido.
Bolaños piensa que el riesgo tomado obligó a los dirigentes de los manifestantes a negociar en serio.
EL EJÉRCITO, QUIZÁS
Bolaños tiene la convicción de que la marcha de ese día intentaba continuar el caos ya vivido desde días atrás: automóviles quemados; tranques en las principales arterias de la ciudad; paro del transporte; enfrentamientos entre estudiantes y transportistas y policías heridos.
“Si la turba rompía el cerco policial y avanzaba hacia Casa Presidencial, la Policía quizás se vería obligada a tirar balas de verdad. Quizás unidades del Ejército entrarían en socorro y entonces se podrían producir heridos y muertes que acabarían con mi política de “prudencia” de la Policía. De ninguna manera debía permitirse ni asomo de acusación de violación de derechos humanos que buscaban los organizadores del caos”, dice.
Pero desde la noche anterior, lunes 25 de abril, Bolaños había planeado “el gesto de audacia” de “salir a enfrentar cara a cara a los organizadores”, para forzarlos a una “negociación seria”. Doña Lila T. le había dado el visto bueno en El Raizón. Pero nadie más sabía lo que haría. “Media hora antes de hacer esta jugada, llegó mi señora Lila T. a mi despacho y me preguntó si haría lo que habíamos planeado la noche anterior. Le dije que sí. Ella me dijo: ‘No te echés atrás… yo sé que Dios nos ayudará y vamos a salir bien’”.
A REZAR
“Inmediatamente bajó al Salón Chino, convocó al personal de la Presidencial y les invitó a rezar. Se quedaron rezando hasta que yo regresé. El personal estaba también atónito y algunos hasta pensaban que yo estaba por anunciar mi renuncia”.
Cerca del mediodía, lo que hizo no fue renunciar, sino, ir a dar la cara a los manifestantes, tomando de sorpresa a varios ministros que le acompañaron “con entusiasmo”. Pero el jefe de escoltas de ese día (lo identifica como comisionado Cano), lo supo hasta minutos antes —mientras abordaban sus vehículos para salir de Casa Presidencial— y se opuso. No podía tomar semejante riesgo sin previos planes de seguridad. Ante la obstinación del Presidente, Cano se colocó un chaleco antibalas y ordenó a los ministros apartarse si se hacía necesario evacuar al presidente. O si no, él mismo los apartaría.
Al bajar de los vehículos, a unos 20 metros, y al caminar hacia la valla de seguridad que contenía a los manifestantes, fue recibido con un morterazo que cayó a pocos metros de él. Luego hubo pedradas, bolsazos de agua. Y al llegar a la valla, le gritaron y lo insultaron. Él los instó al diálogo. Cuando su hijo fue herido y la andanada arreció, el mandatario fue evacuado. Los antimotines cubrieron su “retirada”. Veinte minutos después la negociación estaba abierta. “Y desde entonces, dice orgulloso, no se han vuelto a producir actos de violencia”.