Jayson StarkESPN.com
BRISTOL.- Lenny Dykstra era un hombre sin límites de velocidad, literalmente.
Todos sus pedales de aceleración golpeaban el suelo. Ésa es la manera en que él jugaba. Ésa es la manera en que él vivió.
Él era su propio parque de atracción. Había tanta mugre acerca de su estilo de vida, como la había en su uniforme.
Entonces me di cuenta hace mucho tiempo que casi todo lo que se diga acerca de este hombre podía llegar a ser verdad.
Si realmente encaja con la realidad es una historia completamente distinta.
No puede haber discusión acerca de que Dykstra se presentó a la pretemporada de 1993 como si se hubiese comido un globo aerostático. Estaba pesando entre 7 y 10 kilos más, dependiendo a quien le creas. Y ni él negó que había sido con algo de “ayuda”.
Nos dijo a todos en Filadelfia que había tomado “unas muy buenas vitaminas”.
Siempre ha negado haber usado esteroides. Pero no pudo haber sido más público acerca de las “vitaminas”. Por lo que nunca se pensó que se necesitaba una audiencia.
En ese entonces, había muchas cosas que uno podía comprar en el negocio de vitaminas sin que fuera ilegal, no en el beisbol, no en los Estados Unidos. Y yo siempre pensé que un hombre que expresaba tan abiertamente su uso de vitaminas, no era la clase de hombre que estaba intentando esconderle algo a las autoridades.
Hoy en día vemos ese tipo de historias con un ojo muy diferente. Pero sólo porque a nadie le importaba ese tipo de historias no significa que no fuimos cómplices de proteger a un jugador muy popular.
Sólo que en ese momento no sabíamos lo que sabemos ahora. Doce años más tarde, me hubiese gustado saber en ese entonces todo lo que sé hoy acerca de los esteroides. Debería haber hecho más para informarme. Todos deberíamos haberlo hecho. Ninguno de nosotros los periodistas deberíamos estar orgullosos de ser cómplices por tanto tiempo.
Es justo que todos nos preguntemos por qué no lo hicimos. Pero no es justo esperar que nos montemos en una máquina del tiempo a 1993 ó 1998.
No sabíamos lo suficiente en ese entonces. Y francamente, al público no le importaba tanto.
Dykstra era uno de los jugadores más “queribles” que he visto en mi vida, en una ciudad en la que casi nadie es descrito con esa palabra. Pero no era Madre Teresa.
NO ERA UN SANTO
Uno no necesitaba llamar a la CIA para darse cuenta que a Dykstra le encantaba apostar. Pero después de que Fay Vincent lo separó de la pretemporada de 1991 para darle una charla acerca del póquer y sus apuestas y la gente con la que se estaba juntando, también sabíamos que el beisbol lo estaría vigilando de cerca y custodiando cada una de sus llamadas telefónicas.