El último viaje del titán

Alberto L. Alemán Aguirre La muerte es parte de la vida misma, y aunque sabemos que habrá de llegar a cada uno de nosotros, cuando llega ese especial momento para un gran hombre, no nos deja de estremecer y obligarnos a la reflexión. Como en todo el mundo, Juan Pablo II dejó su huella y […]

Alberto L. Alemán Aguirre

La muerte es parte de la vida misma, y aunque sabemos que habrá de llegar a cada uno de nosotros, cuando llega ese especial momento para un gran hombre, no nos deja de estremecer y obligarnos a la reflexión.

Como en todo el mundo, Juan Pablo II dejó su huella y una considerable herencia en Centroamérica, parte inseparable del “continente de la esperanza”, la América Latina, donde vive la mayoría de los católicos del planeta y de la cual depende en gran medida el futuro de la Iglesia.

Sería pretencioso tratar desde esta modesta columna tratar de evaluar y juzgar a este gigante y su legado, porque semejante empresa requerirá libros enteros, y nadie en absoluto podrá decir que puede acometer semejante empresa de manera satisfactoria. El hombre y su obra no pueden ser medidos y juzgados por una sola mente.

Pero puede decirse que Karol Wojtyla nos ha dejado a los centroamericanos un legado de paz, de reconciliación, de preocupación por la justicia social y como al resto del mundo, un ejemplo nítido de consecuencia absoluta, de una conducta moral donde se actúa según se piensa y se predica.

¿Por qué tantos millones de jóvenes y por qué hasta aquéllos que están en desacuerdo con sus ideas le respetan? Pues, precisamente por esa férrea consecuencia entre la prédica y la praxis.

En cuanto a este último aspecto, hay un contraste total con la inmoralidad, la insensibilidad y la hipocresía tan frecuente en la vida pública de Nicaragua y Centroamérica.

El primer Pontífice romano en pisar nuestras tierras desde el advenimiento del cristianismo hace 5 siglos, vino por primera vez en tiempos de guerra. Su mensaje llamaba a trabajar por la paz, por la reconciliación. Y afortunadamente, llegó el silencio de las armas.

Una vez establecida la paz —por la cual agradeció a Dios y a la Virgen en su segunda venida a Nicaragua—, renovó con ahínco sus hondas preocupaciones por las desigualdades sociales, la pobreza, los males que a ella se asocian y por la exclusión de las etnias.

¡Cuánta vigencia tienen hoy sus palabras! La situación presente en todas estas pequeñas naciones, amenaza precisamente la democracia y el futuro de las nuevas generaciones.

Este fantástico hacedor de santos nos dio además el primer santo centroamericano, San Pedro de Betancourt y a la primera beata nicaragüense, Sor María Romero.

En lo personal, una de las facetas múltiples de Juan Pablo II que despierta mi más profunda admiración, es la del patriota.

Polonia, para mí, no es una lejana o exótica referencia humana y geográfica. Estudié en la Universidad de Varsovia y viví 9 años en ese país. Llegué a hablar casi a la perfección esa lengua eslava, conocí su historia trágica y me sumergí en su compleja sociedad.

El Papa es el líder de la Iglesia y se debe ante todo a ella y a su misión evangelizadora. Trasciende estas fronteras, culturas y nacionalidades.

Juan Pablo II dio orgullo y sentido del honor a su país. Tras ser electo, no se olvidó de su patria.

El ex arzobispo de Cracovia —ciudad singular por su pasado histórico y centro de cultura en Europa del Este— la llevó consigo en el corazón y volvió a ella nueve veces. No abandonó a su suerte esos millones de compatriotas.

“No tengan miedo”, les dijo en aquella inefable primera visita de junio de 1979, cuando la cortina de hierro era aún sólida y nadie vislumbraba el fin de la larga noche oscura del comunismo. Volvió en 1983, reconfortando a su pueblo que vivía días muy aciagos tras la represión que siguió a la imposición de un Estado de Excepción en 1981 que permitió la sobrevivencia del gobierno comunista de Wojciech Jaruzelski.

Su apoyo moral fue vital para la existencia del legendario sindicato Solidaridad, única organización político-social con alto grado de independencia en todo bloque soviético.

En lo político e histórico, es, junto a Mijail Gorbachov y Ronald Reagan, uno de los actores claves que lograron el fin de la guerra fría, el fin del comunismo y del mundo bipolar.

Pero la libertad no está exenta de responsabilidades, advirtió luego. Los cambios trajeron iniquidades y su voz crítica sonó nuevamente. Consecuentemente.

El Papa viajero ha emprendido su último viaje, el más grande de todos. Zegnaj, Ojcze Swiety. Adiós, Santo Padre.

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