Edgard Rodríguez C.
En una ocasión la madre de un conocido árbitro capitalino, preguntó a su hijo cómo le había ido en el partido. “A mí bien mamá, pero a usted no”, respondió el juez, tras una jornada de terribles ofensas.
A otro umpire le dicen Ben Johnson. Fue tan veloz la carrera que debió hacer, perseguido por una banda de enfurecidos fanáticos, que hizo recordar la rapidez del canadiense, de moda a finales de los años ochenta.
Los he visto —a los árbitros— viajando al “ride” en la tina de una camioneta o guindados de un bus para trasladarse a su lugar de trabajo. Sé que ganan poco y están tres horas bajo el sol más por pasión, que por lo que puedan devengar.
Es una profesión muy sufrida y exponen hasta la vida en nuestros agitados campos de pelota. La mayoría se esfuerzan por superarse y tienen dominio de las reglas, pero una buena parte de ellos flaquea por falta de autoridad.
Esas fallas en la personalidad de un árbitro, no las justifica ni un bajo salario, ni las limitaciones en su ámbito de acción. Se trata de una carencia grave para una posición de tanta trascendencia para el desarrollo de un partido.
El pasado domingo, a don Manuel Velásquez le dijeron de todo y no fue capaz de botar a alguien para imponer el orden. Y Velásquez, es de los que trabaja con más energía.
Los árbitros pinoleros merecen respeto. Son personas sacrificadas. Pero sobre todo, necesitan darse a respetar. Nadie más que ellos es responsable del relajo que determinados managers les hacen.
La gente de la Liga Profesional, resolvió esta dificultad importando árbitros y ahora vemos que fue una buena decisión. Sin embargo, me resisto a creer que no tengamos aquí jueces competentes.
Varios de los que actúan en la liga de Feniba, vieron trabajar a los gringos, a quienes se les puede acusar de cualquier cosa, pero nunca les faltó autoridad. Ahí estuvo la clave.