- Perdió su vista debido a fuerte entrenamiento
Alberto Rayo Ruiz
Luis Munguía aguarda formado, en un respetuoso silencio. Esperando en compañía de siete corredores más, el disparo de salida de la prueba de los 800 metros planos, en la tercera edición de los Juegos Centroamericanos de Guatemala 1986.
El también nicaragüense Róger Miranda ganó en esa ocasión. Munguía entró segundo, empatado con un guatemalteco, ambos —tan sólo— ocho décimas más tarde. Una final definida por Photo Finish.
La memoria le indica a Munguía que esa carrera fue su mayor experiencia durante 20 años en el atletismo pinolero. “Fue muy linda. Planificada. Una carrera para el equipo”, evoca.
También —curiosamente— significó el inicio de la más trágica vivencia en sus 47 años de vida. “En ese año me dijeron que debía retirarme del atletismo, porque iba a perder mi vista”, relata el dueño de la marca nacional de los 400 metros con valla (53.70).
Munguía recuerda que durante su estadía en Bulgaria, donde entrenaba de cara a su participación en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, los médicos responsables de la salud de los atletas, le recomendaron abandonar las pistas indefinidamente.
La explicación brindada por los galenos, fue respecto a un peligroso avance en la miopía que de nacimiento sufría, y que tras los fuertes entrenamientos había afectado el nervio óptico, pudiendo originar el desprendimiento de la retina y por consecuencia la pérdida de la vista.
“Yo sabía de mi problema, pero no conocía hasta dónde podía realmente afectarme”, asegura Munguía, miembro del cuarteto ganador de la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos de Guatemala, en los relevos 4×400 metros.
Al poco tiempo del diagnóstico, Munguía perdió la visión de su ojo derecho, obligándole a retirarse de la práctica del atletismo. No obstante, continuó vinculado a las pistas.
“Me retiré en mi mejor época, apenas tenía 26 años, porque estaba haciendo mejores tiempos”, lamenta el atleta que participó en más de 10 Campeonatos Centroamericanos, cinco Centroamericanos y del Caribe y un Panamericano (Venezuela, 1983).
“En ese momento yo quería seguir representando a mi país, quería seguir adelante como deportista. Independientemente de mi mal, decía que mi país necesitaba de mí, y quería poner en alto el nombre de Nicaragua”, añade Munguía, ahora de 47 años.
Durante 1990 y 1995 entrenó —pese a sus problemas visuales— a atletas colegiales y universitarios del país, hasta 1996, cuando recibió una oferta de la Federación Costarricense de Atletismo, para convertirse en el técnico del Comité Cantonal de Deportes y Recreación de San José.
Posteriormente, tomó parte en la Comisión Nacional Técnica de Atletismo de Costa Rica, donde ayudó a formar a varios atletas que luego recibieron becas deportivas en varias universidades de Estados Unidos.
“Llegamos a tener excelentes atletas de mi comité, tanto que cuando habían Campeonatos Centroamericanos, les ganábamos a toda la región, incluyendo a los mejores de aquí”, señala Munguía.
Un año y tres meses atrás, después de finalizar su contrato en Costa Rica, sufrió lo pronosticado: la pérdida de la retina de su ojo izquierdo. Desde entonces camina guiado por un bastón, de la manos de familiares o amigos.
Gloria, gloria y más gloria, es una de las mejores herencias que puede dejar el deporte a sus más destacados atletas. Pero Luis Munguía tiene razones suficientes para pensar lo contrario.
Sin embargo, manifiesta no estar arrepentido de los sacrificios a los que se sometió para “poner en alto el nombre de Nicaragua”, aún cuando eso implicara perder su visión indefinidamente.
“La satisfacción de haber representado a Nicaragua, representarla con honor, hasta donde llegaran mis fuerzas, ése era mi sueño”, expresa el atleta que reside en la ciudad de Tipitapa, donde sigue anhelando ser útil para su país.