George stockhausen, uno de los mejores basquetbolistas de los años setenta.

"Pude jugar profesional"

George Stockhausen con el baloncesto en la sangre Francisco Jarquín Soto El costeño George Stokchausen Forbes se convirtió desde mediados de los años setenta hasta finales de esa década, en un símbolo de habilidad extraordinaria sobre la cancha, sobre todo vistiendo la casaca de la Universidad Centroamericana. Era un jugador que bien anotaba, 20, 30, […]

  • George Stockhausen con el baloncesto en la sangre

Francisco Jarquín Soto

El costeño George Stokchausen Forbes se convirtió desde mediados de los años setenta hasta finales de esa década, en un símbolo de habilidad extraordinaria sobre la cancha, sobre todo vistiendo la casaca de la Universidad Centroamericana.

Era un jugador que bien anotaba, 20, 30, 40 puntos y hasta 62 en un partido, lo que constituyó su máxima cifra en la Primera División. Pero además fue excelente defendiendo. Aún con su estatura, disponía de gran flexibilidad para saltar y proteger el balón en los rebotes defensivos o rematar en los ofensivos. Tenía una calidad indiscutible.

Stockhausen llegó a Managua desde su ciudad natal, Puerto Cabezas, con apenas 14 años, pero con la destreza suficiente como para militar desde esa edad en la Selección Nacional de Baloncesto. Fue invitado por tratarse de uno de los mejores basquetbolistas de la Costa Caribe de Nicaragua y a pesar de su edad su habilidad no desentonó nunca ante jugadores mucho mayores que él.

“Desde ese tiempo me di cuenta que para jugar al baloncesto no era necesario la fuerza física sino la habilidad del cuerpo. No era el más fuerte pero sí uno de los más inteligentes en la cancha”, cuenta Stockhausen, quien recuerda con mucho orgullo cómo empezó a tirar la primera pelota al aro.

“Me acuerdo que mi mamá un día me llevó a ver jugar un partido de baloncesto y me llamó mucho la atención cómo los jugadores echaban la pelota al aro. Y yo le dije a mi mamá: ‘Si ellos pueden echar esa pelota ahí, yo también puedo hacerlo’. Desde ese entonces a los 11 años, comenzó mi pasión por este juego”, explica el porteño que ahora vive y trabaja en Estados Unidos gracias a cinco títulos universitarios y dos maestrías.

Su pasión llegó a tanto que dedicó en un tiempo hasta 12 horas diarias entrenando, se ponía unos lentes tapados con tape para sólo escuchar y sentir el balón cuando rebotaba.

“Una vez mi mamá hasta se levantó a regañarme porque eran las 2:30 de la madrugada y yo estaba entrenando, poniendo como obstáculos unas mesas, las que suponía eran mis compañeros y debía pasarles el balón por debajo”, cuenta.

AQUEL ENGAÑO

Se trató de un hombre que siempre fue muy entregado al baloncesto y cuando tuvo que salir del país en 1979 producto de la revolución sandinista, fue porque lo sacaron sus padres engañado, haciéndole creer que sólo harían un viaje de paseo y regresarían.

“Pero cuando pasamos la frontera me dijeron que ya no regresaríamos y entonces me eché a llorar porque yo sabía que estaba en una etapa en la que iba a lograr mis mejores resultados y quizá no tendría la oportunidad de demostrarlo”, recuerda.

“Lástima que fue hasta ese entonces que me fui a Estados Unidos porque sé que si me he ido antes, hubiera podido jugar el baloncesto profesional, porque siempre fui una persona muy entregada y concentrada en mi juego. Es lo único que lamento”, concluyó.

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