Por sus hazañas en el campo Diego Armando Maradona es todo un ídolo en Argentina.

Maradona, inmortalIdolatría sin fin

El futbolistareta a Gardel y Evita como elmás grande mito argentino Edgard Tijerino M. Uno aterriza en Buenos Aires y se encuentra de inmediato con Evita y Gardel. Es algo impresionante. Como si estuvieran vivos y se movieran entre nosotros con la naturalidad que les otorga su inmortalidad. En el Cementerio de la Recoleta hay […]

  • El futbolistareta a Gardel y Evita como elmás grande mito argentino

Edgard Tijerino M.

Uno aterriza en Buenos Aires y se encuentra de inmediato con Evita y Gardel. Es algo impresionante. Como si estuvieran vivos y se movieran entre nosotros con la naturalidad que les otorga su inmortalidad.

En el Cementerio de la Recoleta hay largas filas frente a la tumba de Eva Perón, mientras el libro Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, y otras publicaciones, se agotan edición tras edición. Mas allá de lo discutible, Evita está presente, y por lo que se ve y se oye, lo estará por siempre, sin flaquear.

Al mismo tiempo, en todos los rincones de Buenos Aires, se escuchan los tangos de Carlos Gardel, cuyos casetes y CD se venden con una frecuencia casi frenética en las calles La Valle y La Florida. En las noches, en cada esquina de la más agitada zona turística, y en los show que se ofrecen en San Telmo, todos parecen querer un pedazo de Gardel. Viven con el alma aferrada a un dulce recuerdo, demostrando que aunque sus ojos se cerraron, Gardel sigue siendo un soplo de vida.

¡AQUI ESTOY! GRITA DIEGO

Y está Diego Maradona con su idolatría inagotable, gritando ¡aquí estoy! en todo instante, en las columnas de los periódicos, en las ventas de vídeo, en los posters súper atractivos, en las camisetas, en libros y revistas, en calcomanías, en las pláticas de los taxistas, en las discusiones de las cafeterías, en los gritos de los hinchas, en el corazón de un gigantesco país.

La edición publicada por El Gráfico en mayo del 2004 con el título El inmortal, se sigue vendiendo como una novedad, así como las recopilaciones de fotografías.

Lo que ocurre con Diego es sencillamente desorbitado, indescriptible, abrumador. ¿Que diría Nietzsche, quien escribió El ocaso de los ídolos? Seguramente que la pasión por Diego está más allá del bien y el mal.

En la acera del Hotel Colón, le pregunto al encargado del kiosco de revistas: ¿Cómo es posible ese tipo de idolatría incontrolable por alguien tan contradictorio, como lo ha sido Maradona?

“Él es la magia, la alegría y la pasión de un pueblo. Nunca hubo alguien como él”, me responde.

DESPUéS DE DIOS

Me detengo frente a una del mil quinientas vitrinas en la Avenida Corrientes, y veo diferentes camisetas de Maradona desde 12 hasta 90 pesos, es decir entre 4 y 30 dólares. “Después de Dios, estás vos”, dice una. “Dios”, con el número 10 que usaba en su espalda colocado entre la D y la S, dice otra en grandes caracteres, visible desde media cuadra, debajo de su rostro. “Si puedo verte jugar en el cielo, quiero morirme ahora”, apunta otra.

En Argentina el mundo no parece estar tan convulsionado por múltiples problemas, como para cerrarle espacio a Maradona en los medios de comunicación. Sale diario.

Su estadía en Colombia fue cubierta con enviados especiales, y al momento de despedirme de Buenos Aires, el tema era la pérdida en un remate de su quinta —en la que en 1994 agredió a balazos a periodistas—, consecuencia de la demanda de Cristiana Sinagra, madre de Diego Jr.

Es difícil imaginar a Maradona lejos de dificultades, pero es asombroso cómo sus antecedentes y su desfachatez, no han afectado en lo mínimo el cariño y la veneración que se le tiene en los sectores populares.

“Me atacan por mi adicción a las drogas. A veces parece que soy el único argentino con ese problema, y no piensan en mi batalla, en el esfuerzo por ser tan efectivo pese a las drogas. No se preguntan ¿qué tan largo hubiera llegado Maradona sin ese inconveniente?”, dijo recientemente en una entrevista desde Colombia.

SÍ, ES UN PRÓCER

Me apunto en un tour para ir a ver Boca-Independiente en La Bombonera. Por 150 pesos, 50 dólares, te llegan a traer al Hotel —claro, hay un promedio de 30 personas por autobús de la compañía— te instalan en una platea, te asisten en las graderías y te llevan de regreso.

La gente de Boca sigue pensando en Diego. En sus acrobacias, en sus gracias y desplantes, en sus goles, en lo que significó para ese equipo que representa a la mitad más uno del país, en lo que fue su despedida en 1997 con victoria dos por uno sobre el odiado River Plate, el equipo de Núñez, el de los millonarios.

“No cruzó los Andes para liberar países hermanos, ni creó la bandera color cielo, ni fue el padre de la educación, pero a Diego Maradona no se le puede negar la estatura de prócer, el nivel de leyenda”, dice en su editorial de la publicación de homenaje, la revista El Gráfico.

El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto, escribió Borges, uno de los pocos argentinos no maradonianos, y en el caso de Diego, tal señalamiento se convierte en una certeza.

UNA NECESIDAD

En 1982, Mario Vargas Llosa escribió sobre Maradona lo siguiente: Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Culta o inculta, rica o pobre, capitalista o socialista, toda la sociedad siente esa urgencia irracional de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso.

Políticos, militares, estrellas de cine, deportistas, cocineros, play-boys, grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por el culto colectivo en eso que los franceses llaman con buena imagen los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica.

Es también el menos enajenante de los cultos, porque admirar a un futbolista es admirar algo muy parecido a la poesía pura o una pintura abstracta. Es admirar la forma por la forma, sin ningún contenido racionalmente identificable. Las virtudes futbolísticas —la destreza, la agilidad, la velocidad, el virtuosismo, la potencia— difícilmente pueden ser asociadas a conductas inhumanas.

Por eso, si tiene que haber héroes, ¡qué viva Maradona!

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