En la escuela de Las Mesas el hacinamiento es evidente por lo pequeño del local y la cantidad de niños estudiando.

Yucul acoge manos solidarias

Una “luz divina” dicen haber encontrado los pobladores de una comunidad rural en Matagalpa, con la llegada de los voluntarios de Moving the World, del Royal TPG Post. Ellos construyen aulas y entregan útiles escolares, edifican letrinas y dan charlas sanitarias como parte de las obras humanitarias que ejecutan con ayuda de los pobladores de […]

  • Una “luz divina” dicen haber encontrado los pobladores de una comunidad rural en Matagalpa, con la llegada de los voluntarios de Moving the World, del Royal TPG Post. Ellos construyen aulas y entregan útiles escolares, edifican letrinas y dan charlas sanitarias como parte de las obras humanitarias que ejecutan con ayuda de los pobladores de las comunidades

Roberto Pérez Solís

Es casi mediodía y el calor ocasionado por el despiadado sol empieza a sofocar por los cuatro puntos cardinales de la localidad Yucul, en el municipio de San Ramón, situado a unos 23 kilómetros de Matagalpa.

A este lugar, donde sus pobladores se dedican a las labores propias del campo como la agricultura y la ganadería, se llega después de recorrer por varios minutos un camino de tierra “marimbeado”, fatal para cualquiera que se declare enfermo de los riñones o de la columna vertebral.

Un polvillo amarillento sobre la vía, que a menudo llega hasta la nariz, y los potreros con una vegetación quemada por el sol y desprovistos de buenas cantidades de ganado, son dos características que el viajero observará de manera constante en su recorrido por la zona.

Al llegar al centro de la localidad no se ve una aglomeración de casas, todo lo contrario. Están distanciadas. Las hay de toda variedad: madera, ladrillos, con techos de zinc, tejas y hasta de palma.

Todas tienen las mismas características: pequeñas y desprovistas de lujos, aunque algunas poseen luz eléctrica y agua potable. Son iguales o peores que las viviendas de cualquier asentamiento humilde de Managua.

Es jueves 3 de marzo. En el preescolar Los Conejitos los 44 niños que allí estudian parecen ignorar el bochorno. Unos pintan, otros juegan, hay quienes escriben y por supuesto, no faltan los que se muestran asombrados por la presencia de este extraño. No lo dicen, pero sus ojos los delata.

También les llama la atención el señor “con una enorme cámara (fotográfica)”, para quien después, con todo el gusto del mundo, terminarían posando para unas fotografías al dibujar unas sonrisas en sus rostros.

TRISTES RECUERDOS

Maritza González, una rellenita mujer de 40 años, piel morena, pelo negro y con facilidad para entablar conversación, es la maestra de todos los niños. De pie y apoyando su espalda sobre la pared de uno de los cuartos del preescolar, que es usado como bodega, cuenta satisfecha cómo fue el resurgir de este parvulario. Y no es para menos.

Mucho antes de abril del año pasado, estudiar en Los Conejitos era toda una odisea para los pequeños, principalmente durante la época lluviosa. El preescolar era un rancho con techo y paredes de zacate o bambú. El piso era de tierra.

“Se metía el agua y teníamos que hacernos en un rincón hasta que se iba la lluvia, terminábamos en un lodazal y eso me entristecía”, comenta la profesora, mientras varios niños irrumpen repentinamente en la habitación.

“Me daba miedo cocinarle a los niños, porque pensaba que de repente se podía incendiar el aula y todos nos quemaríamos. Luego la delegación de Gobernación de Matagalpa nos dio doce láminas de zinc para el techo, pero a los lados seguíamos igual, casi al aire libre”, agrega.

Las malas condiciones del preescolar hacía que la asistencia de los niños fuese disminuyendo día a día. Siempre existía el temor entre los padres, de que sus hijos se enfermaran al mojarse o por permanecer mucho tiempo en el lodazal.

Siempre que llegaba el final del año escolar sólo unos cuantos eran promovidos al siguiente nivel de escolaridad. El silencio vuelve al cuarto, los niños deciden retirarse.

TIEMPOS MEJORES

Pasó mucho tiempo para que las condiciones del preescolar cambiaran. Hasta que un día notaron el paso frecuente, frente al aula, de una camioneta en la que viajaban “unos extranjeros que nos decían siempre adiós”. Eran los miembros del Programa de Voluntarios de Moving the World (Moviendo al Mundo), que Royal TPG Post, el operador nacional de Correos de Holanda ejecuta en Matagalpa.

Royal TPG Post firmó un convenio con el Programa Mundial de Alimentos (PMA) para apoyar los programas de alimentación escolar que existen en Nicaragua desde hace diez años. El año pasado se recibieron cerca de 1.7 millones de dólares para la comida de los niños.

Pero la contribución de los voluntarios o de Moving the World es mediante la ejecución de proyectos que mejoran las condiciones, en las cuales los estudiantes reciben clases. Buscan mejorar la calidad del agua que consumen, construyen cocinas ecológicas, proveen botiquines médicos y recipientes para depositar basura y letrinas.

Estos microproyectos se financian con las contribuciones voluntarias que realizan los 160 mil trabajadores que Royal TPG Post tiene en 64 países del mundo.

“Nosotros nunca perdíamos las esperanzas, decíamos que tenía que haber un proyecto que se compadeciera de nosotros, nunca bajamos la guardia y fue cuando vinieron los muchachos del TPG”, recuerda la profesora, quien entre sonrisas asegura que, cada vez que los voluntarios pasaban frente a ellos, hacía que los niños salieran a saludarlos.

LLEGA LA AYUDA

Así fue que un grupo de voluntarios decidió apoyar al preescolar de Yucul, aunque no estuviera dentro de sus prioridades, según recuerda Liz María Úbeda, coordinadora de Royal TPG en Nicaragua.

“En un principio esta escuela no estaba en los planes, como hacíamos recorrido a las escuelas de Las Bailadoras que eran las seleccionadas, pasábamos por aquí y nos llamó la atención. Uno de los grupos voluntarios miraron que a pesar de las condiciones del tiempo siempre había clase”, asegura Úbeda.

El preescolar recibió un botiquín médico, luego utensilios de cocina, útiles escolares, hasta que el dúo formado por la española Belén Gutiérrez y el brasileño Marcelo Rigitano construyeron el aula con una cocina y una bodega.

Ahora puede llover y los niños no se mojan. El aula está construida de bloques, zinc y malla ciclón para ayudar a que haya una adecuada ventilación. El piso fue embaldosado. Eso es hoy el preescolar Los Conejitos. De las palmas y las varas de bambú sólo queda un recuerdo.

La comida de los niños que entrega el PMA se cocina correctamente en una cocina dotada de un ecofogón, donada por los voluntarios. El agua para beber está prácticamente libre de bacterias al pasar por un filtro de arena instalado en la cocina.

La construcción concluyó en abril del año pasado y los beneficios han sido notorios. La asistencia escolar aumentó y se ha mantenido constante. Más madres llevan a sus hijos —menores de 3 años—, una vez a la semana a recibir los ejercicios de estimulación temprana, otro de los servicios ofrecidos. Esto hace que en total unos 60 niños sean atendidos en el centro.

LUZ DIVINA

“Ha cambiado la vida, mi niño desde que se levanta me dice que quiere ir a la escuela más cuando hay comida, no es tímido, es una gran ayuda la de los voluntarios para los padres de familia, no distinguen color ni tamaño”, expresó doña María Arcadia Dávila, líder comunal y una de las que hace el rol de las madres que deben cocinar. Una ración a base de arroz, frijoles, cereal y maíz reciben los niños cada mediodía.

“El trabajo que ellos (los voluntarios) hacen en la comunidad es una luz divina para todos nosotros”, dice por su parte doña Maritza González.

Liz María Úbeda cuenta que los voluntarios también ofrecieron charlas educativas a los niños. Se les enseñó a lavarse bien las manos y a usar las letrinas. “Ahora hay menos enfermos”, indica. Una vez que los voluntarios concluyen sus proyectos, es obligación de los padres de familia cuidar y mantener intacto todo lo realizado.

“Hacemos un monitoreo de los proyectos para ver si la gente ha cambiado, si los está cuidando, por ejemplo vemos si los tanques para recolectar agua que les fueron entregados se mantienen tapados, si les dan buen uso, vamos a guiar a los pobladores, no los vamos a dejar solos”, asegura Úbeda.

Nicaragua, Gambia, Tanzania, Camboya y Malawi son los cinco países en donde el PMA tiene operaciones. Estas naciones reciben tres veces al año equipos de dos empleados del Royal TPG, quienes durante tres meses trabajan voluntariamente en las comunidades rurales en donde se está ejecutando el Programa de Alimentación Escolar.

CON VOCACIÓN DE AYUDAR

Roberto Pérez Solís

Cerca de la puerta principal del preescolar Los Conejitos una pareja sobresale entre todos los que siembran, a la orilla de un cerco de alambre de púas, varios árboles frutales. Su color de piel y su hablar refuerzan la percepción.

Son los nuevos voluntarios de Moving the World, Apoena Martins y Severina Pesquerel. El primero es brasileño y la joven llegó desde Francia. Es la sexta pareja que llega al país desde el mes de abril del 2003.

El proyecto de ambos es construir un aula escolar en la comunidad Las Mesas, en el municipio de San Dionisio, a 37 kilómetros de Matagalpa. Pero igual que sus anteriores compañeros ayudan a realizar cualquier labor que los profesores o padres de familia realizan en el preescolar de Yucul.

A Las Mesas se llega después de recorrer un camino bastante irregular. A veces se torna ancho, luego angosto y hasta empinado. En este último trayecto a los lados del camino se observan unos abismos que crispan la piel.

En lo alto de una loma se ubica una vieja y pequeña aula. Aunque el techo es de zinc, las paredes son de madera y el piso nunca ha existido. En su interior dos profesores lidian con 80 niños que estudian desde primero a sexto grado.

Con la nueva aula, cuya construcción está por terminar gracias a la ayuda de los pobladores, se disminuirá el hacinamiento y el descontrol existente.

PERFIL BAJO

“El contacto con la gente ha sido muy bueno, hay pobladores muy tímidos, pero después que tienes más contacto con ellos empiezan a cambiar, están dispuestos a trabajar. No estaba acostumbrado a este tipo de trabajo, pero no me arrepiento de haber venido porque me gusta ayudar a las personas”, expresa Apoena, quien labora en el área de Recursos Humanos.

“Mi motivación de ayudar es casi una vocación”, dice por su parte Severina. Sin embargo, para ella adaptarse a la vida de una comunidad rural que nunca pensó visitar se le hace todavía más difícil.

“Como europea hago el perfil bajo, porque llegas a un país que fue colonizado y no quiero llegar con la figura de la europea que les va a enseñar cómo hacer esto, al principio dejaba hablar a Liz, pero luego la gente te tiene confianza”, comentó la joven francesa de 29 años.

Los pobladores están contentos con la llegada de los jóvenes, porque están seguros que sus hijos tendrán una escuela decente, comerán mejor y tendrán más conocimientos sobre cómo prevenir muchas enfermedades.

IMPULSANDO EL CAMPO

Entre el año 2003 y 2004 los voluntarios de Moving the World (Moviendo el Mundo) impulsaron 187 microproyectos en 12 escuelas rurales de los municipios de Matagalpa. Con estos proyectos se benefició a una población de 1,813 niños y niñas. Se estima que durante este período se invirtieron, en los microproyectos, cerca de 47,399 dólares.

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