- En 1935 se establecieron las relaciones diplomáticas entre Japón y Nicaragua, nombrándose como Ministro Concurrente al señor Yoshitaka Hori, residente en México. Con motivo de esta efemérides hemos seleccionado algunos textos representativos de intelectuales nicaragüenses, comenzando por Rubén Darío, sobre el país nipón. JEA
Por Rubén Darío
Era el país de oro y seda, y en el aire fino como de cristal volaban las cigüeñas, y se esponjaban los crisantemos del biombo. Los cerezos florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul. Una rana de madera labrada era igual a las ranas del pantano. Sobre la laca negra corría un arroyo dorado. Muñecas de carne con la cabellera atravesada por alfileres áureos, hacían reverencias sonrientes, y gestos menudos. En las casas de papel, en la ignorancia feliz del pudor, se bañaban las niñas. Cortesanas ingenuas servían el té en tacitas de Liliput. En los kimonos historiados se envolvían cuerpos casi púberes e inocentemente venales. Se hablaba de un viejo llamado Hokusai, que se llamaba a sí mismo “el loco de dibujo”. Floreros raros se llenaban de extrañas flores ante los budas risueños. Nobles dalmios hacían lucir al sol curvos sables de largo puño. Los netzkes y las máscaras reproducían faces joviales o atemorizadas, caras de brujas o regordetas caras infantiles. Al amor de una naturaleza como de fantasía, se vivía una vida cuasi de sueño.
Artistas y artesanos realizaban labores extraordinarias que llegaban a las naciones lejanas como de imperios de cuento. Se conservaban con respeto las antiguas sagradas tradiciones, en el dulce ambiente de una existencia sencilla. Se desconocía el egoísmo y se practicaba como la ley sin oposiciones la más perfecta y blanda cortesía. Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la imparcialidad a jueces ceremoniosos.
Había un profundo concepto de la justicia y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad jerárquica; y el superior era bondadoso y sumiso, y sagaz el inferior. Bonzos sabios enseñaban la fuerza de la plegaria y la fe en las potencias invisibles. La paciencia y la tenacidad eran virtudes comunes; eran desconocidas, o raras la doblez, la inquina, la traición. La poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable saké hacía cantar más tiernamente a las geishas y sonar con más cariño al samisén. Se recibía al huésped con los más corteses sayonaras. Se pasaban las horas de miel y caricias con sutiles amorosas que tenían nombres de piedras ricas, de pájaros lindos y de flores exquisitas. Gloriosos samurayes se vestían como grandes y metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias inauditas. Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y la vida, de manera que detenían en un papel de seda el tiempo de una carpa, el salto de un tigre, o el vuelo de una garza. Campesinos pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus agudos sombreros de floja paja. Se tenía culto precioso de los antepasados, y se sabía por seguro que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o budistas, los hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban los consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los héroes de la acción o del pensamiento.
Se predicaba y se sostenía firme el amor al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan grande del honor, que el suicidio en casos especiales, formaba parte de las costumbres. Se tenía el temor de lo divino y desconocido, y se saludaba la memoria de los abuelos. Se amaba como en ninguna parte a los niños; como en ninguna parte se obedecía a la autoridad paternal, y ante las miyas de calada madera había siempre en tibores de prodigiosa porcelana, ramos floridos. El conjunto de principios que los letrados infundían al pueblo, se reducía a pocas palabras; decían: “Hay un Dios superior. Tiene como atributos: la inteligencia, el valor, el amor. Por la unidad de su espíritu y de su energía vital fueron creados el dios Takami Musubí y la diosa Kanni Musubí, que forman, con su padre una augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron otros dioses, y por último, los divinos sucesores de la familia imperial y de la raza humana: Izanagi e Izanamí.
El alma del hombre es, por lo tanto, de origen divino e inmortal. Su cuerpo fue creado también por la energía divina, pero no contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del hombre es cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las siete virtudes de que de ellas se derivan: la lealtad al emperador, la piedad filial, la castidad, la obediencia a los superiores, la sinceridad en la amistad, la bondad y la misericordia. El camino de la virtud es el de la felicidad. La ley de la causa y del efecto reina en el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal puede merecer el perdón y aún el favor de Dios, si se arrepiente con sinceridad. A cada uno se le tomarán en cuenta sus acciones, y por ellas será recompensado o castigado en el mundo futuro”. Los japoneses, pues, estaban en completo estado de barbarie.
En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual conoció toda la barbarie que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte occidentales. Se supo que esos maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había conservado a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas que estudiaban los clásicos chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los hornos las ricas obras de los alfareros de Satzuma. Un misterio legendario flotaba sobre la región nipona, tan extraña como las naciones orientales en que se mueven las magias de Sheherazada. El pueblo que según la frase de Voltaire “jamás ha sido vencido”, guardaba con admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y libraron la integridad del territorio.
Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto la seguridad del gobierno y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben poemas en que se cantan la fidelidad, el amor en flor eternamente. Las danzarinas saben bailes de argumento que regocijan discretamente a los espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los templos, y hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo que es el shintoísmo: Shinto significa carácter en su sentido más elevado; valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad filial, amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por un principio y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño, en la dulzura de la mujer. Es también conservador, saludable freno a las tendencias del espíritu nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor del pasado para precipitarse con ardor en las modernidades extranjeras. Es una religión transmitida en una impulsión hereditaria hacia el bien, en un puro instinto moral. Es, en una palabra, toda la vida emocional de la raza: el alma del Japón.
Así, el renunciamiento a la propia satisfacción, hasta a la vida, por la común felicidad, el deber cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran característicos de esos singulares salvajes. Y en su sacro libro de Kodiki aprendías ejemplos de tiempos remotos como el siguiente: “El príncipe Mayoona, de edad de siete años solamente, después de haber matado al asesino de su padre, se había refugiado en casa del Gran Tsubura. El príncipe Oho-hatsusé, con un ejército, vino a sitiar la morada del Gran Tsubura, y las multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran Tsubura se adelantó y, quitando sus armas de su cinto, se prosternó ocho veces y dijo: —“La princesa Kara, mi hija, que tú te has dignado hacer llamar hace poco, está a tus órdenes; y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz. Sí, humilde esclavo de tu Grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no conservo la esperanza de vencer, al menos puedo morir antes que abandonar a un príncipe que ha puesto en mí su confianza al penetrar en mi casa”. Habiendo así hablado, volvió a tomar sus armas y se lanzó de nuevo en el combate. Mas las fuerzas lo abandonaron y había agotado ya todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: —“Ya no tenemos flechas y nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir; ¿qué nos resta hacer?” —“No nos queda nada que hacer, respondió el Príncipe. Ahora quítame la vida”. Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al Príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo volar a sus pies su propia cabeza”.
Esas eran las lecturas de antaño, las que los ministros del culto comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así cada día en los corazones nuevos, las antiguas virtudes. La conciencia, dice Hearn, llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones morales. Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas morales necesarias al hombre le son sugeridas por los dioses y son de la misma naturaleza instintiva que las que le obligan a comer cuando tiene hambre y a beber cuando tiene sed. Y el sapiente Hirata: “Toda acción humana es la obra de un dios”. Y de nuevo Motoonori: “Haber comprendido que no hay ni camino que conocer ni ruta que seguir, es realmente haber comprendido el camino de los dioses”. Y otra vez Hirata: “Si tenéis el deseo de practicar la verdadera virtud, aprended a tener temor de lo invisible: estaréis preservados de obrar mal. Haced votos a los dioses que gobiernan lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartaréis nunca del camino recto”. Y luego: “La devoción a la memoria de los antepasados es el resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes para con ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus padres. Un hombre semejante está siempre fiel a su príncipe y a sus amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos”. Así pensaba el Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que los hombres colorados fueron a abrir a cañonazos.
Y a cañonazos se despertó a la vida y a la civilización de Occidente el Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.
[Fragmento inicial del artículo Viejo y nuevo Japón, publicado en el diario La Nación, Buenos Aires, el domingo 2 de octubre de 1904 y reproducido, con ilustraciones y el título Bajo las luces del Sol naciente”, en Mundial Magazine, París, Núm. 34, febrero, 1914, pp. 339-348].
EL MILAGRO JAPONÉS
Por Pablo Antonio Cuadra
La propia historia no siempre alecciona tanto como iluminada por historias ajenas. Creo, por ejemplo, que el sol de Japón puede iluminar ahora a Hispanoamérica mejor que las pobres estrellas de confusión —la de la izquierda y la de la derecha— de su historia reciente.
Japón es un vástago de China como nosotros de Occidente. La primera posible enseñanza de su historia sería como su dependencia lo adiestró —no sin graves conflictos— para universalizarse y elevarse a potencia mundial. Hispanoamérica, sin embargo, no le va a la zaga a Japón en esta empresa de convertir su dependencia en potencialidad creadora si miramos su desarrollo literario y artístico. No así el político que, si nos descuidamos, echa a pique el barco continental entero con todas sus glorias. Y es en este territorio, el político —tan sombrío y deprimente ahora— donde Japón puede tener para nosotros el don de consejo.
Porque Japón, en todo su ascenso a potencia fue dominado por la mentalidad militarista: el fin último de su crecimiento y grandeza fue, en el subconsciente de su historia, la guerra. Cualquier rivalidad, competencia o antagonismo debía resolverse por la espada. Ya en el siglo XVI el Japón cree eliminar el “peligro blanco” expulsando a misioneros y comerciantes de Occidente —prohibiendo poner en tierra japonesa a todo occidental— y persiguiendo hasta el martirio a los conversos cristianos. Este tipo de nacionalismo repelente lleva a Japón —contrariando las más fecundas características de su evolución ascendente como potencia universal— a resucitar una vieja religión superada, el Sintoísmo (algo parecido al recurso de Hitler resucitando o queriendo resucitar un paganismo racista germano) y atacando al budismo y su filosofía, como también al confucianismo como creencias y filosofías “extranjeras”. Todavía en el siglo pasado, tras la revolución de 1867, el Shintoismo quiso imponerse, pero el milenario budismo sorprendió por su obstinada vitalidad.
A toda esta mentalidad he querido llamar “complejo de samurai”. Mentalidad de espada, hecha para el corte, no para el delicado tejido de la inteligencia civilizadora.
Esa fue la mentalidad que llevó a Japón a Pearl Harbor. La espada de las disyuntivas: Oriente vs. Occidente. Peligro blanco vs. Peligro amarillo. O los Estados Unidos o Japón (cuando la espada decide por las civilizaciones no caben dos en el mismo estrecho mundo). Y la espada significó guerra. Pero también derrota… Y es entonces que se produce la admirable y aleccionada “peripecia” (“cambio de papeles”) de Japón: elimina el “complejo de samurai” y recurre a su más profunda potencialidad —escurca su propio espíritu y comprende que no ha sido derrotado, que lo más profundamente “suyo” está intacto: que la civilización le da un espacio infinitamente más ancho que la espada. Así se logra el milagro japonés actual. La inteligencia —no la fuerza— causa de potencia.
Y ésa es su gran lección para Hispanoamérica. Porque nuestra pobre América ha dejado que el “Complejo de samurai” envenene su sentido político; complejo de samurai segregado por un impenitente militarismo que ya ha llegado a sus dos peores degeneraciones: la de la retórica (en los gobiernos) y la del terrorismo (en las oposiciones).
Con nuestros niveles políticos, con las enormes deudas que cargamos, con el poder creciente del narcotráfico, con las reacciones intestinas que provocamos (guerras civiles, guerrillas, terrorismo, militarismo); ¿será hora de jugar a la guerra o de plantearse a fondo y seriamente el porvenir y destino de este malherido continente?
A esto nos puede contestar Japón: —¡Despidan al samurai! La demagogia del samurai. ¡La retórica del samurai! Metan la espada (¡nuestra espada de hojalata!) en su vaina. Saquen de su almario —no al militar con sus fatuas charreteras, ni al terrorista con su cobarde dinamita— sino al civilizado; realicen lo que potencialmente llevan dentro. Ya la literatura creó sus alturas sobrevolando sus propias dependencias y respondió al reto de sus impedimentos… También se crean alturas de la pobreza. Y técnicas de la necesidad.
Cuando se gasta más en armamentos que en educación, se necesita más fuerza represiva para mantener el “orden”, y cuando se necesita más fuerza represiva, se gasta más en armamentos que en educación.
[Tomado de El hombre: un dios en el exilio. Selección de Pedro Xavier Solís. Managua, Impresiones Técnicas, 1991, pp. 76-79].
LA TERNURA DEL PUEBLO NIPÓN
Por Luis Alberto Cabrales
He traducido del francés 43 poemas de poetas japoneses, antiguos y modernos. Es muy conocida entre nosotros, y ha sido imitada, la poesía nipona expresada en hai-kais.
En este breve florilegio no solamente hay esa clase de poemas, sino otros, sobre todo entre los poetas modernos, quienes abandonando las formas clásicas antiguas, han creado formas poéticas libres y de más amplios contenidos. Los poetas nipones fueron primeramente influidos por la poesía china. Esto ocurrió, según los eruditos, 90 años antes de Cristo. Luego fue creada lentamente una poesía autóctona, celosamente guardada de contaminaciones extranjeras, durante siglos, hasta que, en los comienzos del siglo XIX, al efectuarse contactos con la civilización occidental, algunos poetas fueron primeramente influenciados por poetas ingleses, y más tarde por franceses, sobre todo por los simbolistas.
Es el pueblo nipón sumamente inclinado a la ternura, y podría decirse que todos son poetas, o dados a la poesía, desde el Emperador hasta sus más humildes súbditos.
Desde 1869 existe oficialmente una especie de Ministerio de la Poesía, y año con año, se verifica un concurso poético en el que toman parte numerosísimos contendores, a la cabeza los miembros de la Familia Imperial. Los premiados —que son siempre cinco— tienen el honor, y en esto consiste el premio, de que sus poemas sean publicados en los diarios, inmediatamente después de los poemas compuestos ese año por la Familia Imperial.
Incluso existe un papel especial —muy vendido— exclusivamente ocupado para escribir versos.
Es notable que estos guerreros no tengan cantos bélicos. En sus versos brillan muy a menudo los melancólicos resplandores de la luna, nunca el resplandor de los sables.
Observarán en los poemas traducidos el permanente influjo de las estaciones, de la luna, la flor de los cerezos, la caída de las hojas, la nieve, los pájaros emigrantes, los estanques, las luciérnagas, el canto de los grillos y de las ranas.
Grillos, ranas y luciérnagas llegaron a la poesía occidental, y especialmente a la castellana, del Japón y la China. Los poetas modernistas hispanoamericanos fueron los introductores. Antes de ellos, nuestros poetas escuchaban unos ruiseñores inexistentes, y no habían tenido oídos para los tiernos y variadísimos sones melódicos de las ranas y los grillos, que en vano llenaban nuestras noches con sus cantos. Tampoco sus ojos habían percibido a las luciérnagas que pueblan nuestros prados y calles pueblerinas en las horas nocturnas.
Posiblemente fue (José Asunción) Silva quien primero que nadie, mezcló en su inmortal “Nocturno”, estos seres, tan nuestros, en los que no habíamos reparado (ni en sus encantos poéticos) y que durante siglos y siglos poblaban los poemas del Japón: “las luciérnagas fantásticas”, “el chirrido de las ranas”, “los ladridos de los perros a la luna”…
En el Japón hay vendedores de luciérnagas, y las colocan en jaulas de papel. Y también vendedores de grillos, para los que existen jaulas especiales, a fin de gozar de la variada y numerosa gama de sus cantos.
Y, efectivamente, nada es más dulce en las noches de insomnio que oír a lo lejos la melodía de las ranas en los charcos invernales, y, allí muy cerca, al grillo también desvelado.
Esta pequeña antología, escogida y traducida, contiene poemas de varios siglos. El más antiguo es de un Emperador, Nintoku, (313-399) y el más moderno, de un poeta proletario (nacido en 1931).
Ya otros nicaragüenses han traducido poemas japoneses, por ejemplo, Joaquín Pasos, y su traducción francesa. Lo mismo hace quien esto escribe. Y es evidente que, gracias al conocimiento del francés, nosotros los hispanoamericanos, y seguramente también los españoles peninsulares, han conocido las más lejanas literaturas. Sigue siendo, pues, el francés —gracias a ese centro incomparable de traducciones que es París— la lengua que más nos acerca, y nos ha acercado, a las más variadas y lejanas culturas, enriqueciendo así nuestros materiales poéticos.
Leamos, pues, a estos poetas del Extremo Oriente, no sin antes pedir excusas por las imperfecciones en que hayamos incurrido: traduttore, tradittore, dicen los italianos.
[Prólogo a la “Breve antología Japonesa”, tomado de la revista Educación, núm. 15, enero-marzo, 1961, pp. 21-22].
DOCUMENTOS SOBRE NICARAGUA EN LA CANCILLERÍA JAPONESA
Por Jorge Eduardo Arellano
Hace 510 años, el Almirante genovés Cristóbal Colón —financiado por los reyes católicos— concibió e intentó llegar a Cathay y a Cipango (la China y el Japón, respectivamente de Marco Polo), sin lograrlo. Ignorándolo, un nuevo continente le salió al paso. Ya he sido más afortunado: estoy descubriendo sin dificultad alguna el antiguo Cipango ahora muy moderno, audaz y superdesarrollado país gracias a la Fundación Japón y a la gestión de la Embajada Nipona en Managua.
Y lo primero que hice, de acuerdo con el programa previo, fue una visita al Archivo de la Cancillería japonesa en Tokio. Me guió Umesawa Masayo: casi una réplica de la eficiente secretaria masaya que tuve durante cinco años. Su edificio principal, inaugurado el 15 de abril de 1971, alberga y preserva la documentación diplomática desde el modernizador período Meiji —a partir de 1868— hasta finales del siglo XX, excepto un importante fondo que se incendió en la Segunda Guerra Mundial. Otros documentos, perdidos en manos del Poder Aliado, fueron devueltos, reincorporados y restaurados. Desde 1936 el Ministerio de Relaciones Exteriores los publica selectivamente en la serie Nilongaigo bunscho (Documentos Japoneses Foreing Policy), alcanzando ya más de 150 volúmenes.
Tras el Tratado de Paz con Estados Unidos y demás aliados —incluyendo la pequeña Nicaragua de Anastasio Somoza García— el interés por estudiarlos ha sido inminente. Expertos e investigadores en historia diplomática, política internacional y otras disciplinas académicas los consultan en microfilme que dura 75 años. (En cambio, se ignora la vida de la digitalización, tan de moda). En un anexo —que donó la Fundación Yoshida Shigaru, el bien recordado Primer Ministro— se instalaron una Biblioteca y una Sala de Exhibición. Ahí se exponen manuscritos originales de los acontecimientos entre el fin de la Era Tokugawa —1867— y el referido Tratado de Paz que Japón firmó en San Francisco, California. Dos diplomáticos nicaragüenses estamparon sus “garrapatas” en ese documento: Guillermo Sevilla Sacasa —el “cuñadísimo de los Somoza Debayle— y Gustavo Manzanares, representante del obsoleto caudillo conservador Emiliano Chamorro.
Exposiciones sobre variadas temáticas se ofrecen, además, anualmente. Pero la que admiramos consiste en objetos personales, cartas, fotografías y documentos de Yoshida, relacionados con su gobierno. Sin embargo, el contenido más valioso del archivo es su colección de todos los tratados y convenios de Japón: unos 600. Destacan entre ellas el Tratado de Yientzin con China en 1871, el de Amistad y Comercio con México en 1888 y el de la Paz con Rusia en 1905. En cuanto a sus miles de cartas y mensajes, figuran una del presidente estadounidense Abraham Lincoln en 1861 y uno del emperador francés Napoleón III en 1863; igualmente —he aquí la primera sorpresa— una nota del malogrado presidente de Nicaragua Juan B. Sacasa (1933-36), refrendada por su Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Leonardo Argüello. Los funcionarios del Archivo tuvieron la gentileza de obsequiarme una fotocopia. Su original —de grafía trazada por pendolista— se conserva como si se acabase de recibir. Data del 12 de diciembre de 1935 y tiene como destinatario al emperador Hirohito; por su curiosidad, vale la pena difundirla:
“Juan Baustista Sacasa / Presidente de la República de Nicaragua / A Su Majestad / Hirohito, / Por la Gracia del Cielo / Emperador del Japón, II Ilustre y Grande Amigo: / He tenido el honor de recibir de manos del Excelentísimo Señor Yoshiatsu Hori, la carta autógrafa que Vuestra Majestad se sirvió enviarme, fechada en Tokio el día cuatro del tercer mes del décimo año de Showa, correspondiendo al año dos mil quinientos noventa y cinco del Advenimiento al Trono del emperador Jimmy, por la que me he impuesto de los anhelos que animan a Vuestra Majestad, para cuyo fin ha investido al Excelentísimo Señor Hori con el alto carácter diplomático de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Imperio del Japón ante mi gobierno”.
“Altamente grato es para mí participar a Vuestra Majestad, que el Excelentísimo Señor Yoshiatsu Hori fue recibido por mí en Audiencia Pública el día 13 de agosto de mil novecientos treinta y cinco, con todas las solemnidades debidas a su alto rango y que encontraría de mi parte la más decidida cooperación en el sentido de que la misión a él encomendada tenga el más lisonjero éxito para afianzar más, si cabe, las relaciones que felizmente existen entre Nicaragua y el Japón”. Y concluye:
“Al dar a Vuestra Majestad el testimonio de mi más alto agradecimiento por el envío de tan importante misión, cábeme el honor de compartir los sentimientos que animan a Su Majestad y permítame formular los más sinceros votos por el creciente engrandecimiento del Imperio Japonés y por la ventura personal de Vuestra Majestad de quien me es honroso ser / Leal y Buen Amigo, / Juan B. Sacasa”.
De acuerdo con un documento de nuestro Archivo Nacional que consulté en 1980, esa lealtad y esa amistad fueron reiteradas a Hirohito por Somoza García, cuando ya era mandatario electo y había derrocado a su tío político en junio de 1936, tras consolidar a la Guardia Nacional —creada y heredada por la hegemonía estadounidense en Nicaragua— como estructura autoritaria. Y como su política exterior no podía ser decidió declararle la guerra a Japón. Luego facilitó nuestro territorio para abastecimiento (a través de la explotación del hule) y tránsito de las tropas aliadas (la base naval de Corinto); período durante el cual fue delineada y construida por ingenieros panamericanos, vital en la comunicación terrestre entre Estados Unidos y la vía interoceánica de Panamá.
Una segunda sorpresa la constituyó el nutrido expediente que el Archivo de la Cancillería japonesa custodia, en perfecto estado, sobre el Canal de Nicaragua. Numerosas páginas manuscritas en japonés se alteran con impresos en inglés: desde el famoso tratado Clayton-Bulwer —entre Estados Unidos e Inglaterra— de 1850 hasta el proyecto del estadounidense Jun en junio de 1892. Con ello, se demuestra el ostensible interés que desde entonces tenía el imperio japonés en nuestra comunicación interoceánica, renovada en los últimos años del siglo recién pasado.
Y la tercera sorpresa —la más relevante— fue Darío (2000) el primer libro sobre Nicaragua escrito y publicado por un japonés en su idioma, al parecer en 1905. Se trata de un funcionario que estuvo en nuestro país y lo describió con amplitud, refiriendo sobre todo sus recursos naturales y las posibilidades de una inmigración de sus coterráneos. ¿El nombre del autor? Todahi Nemoto.
¿Y el primer texto similar redactado por un nicaragüense sobre Japón? Ya lo había descubierto, al menos en su referencia, pues hasta hoy permanece extraviado, como se lee en el volumen de mis 250 Cartas desconocidas de Rubén. Se le debe a la pluma de un desconocido viajero, Eutorpio Calderón, amigo de Rubén Darío. A éste, se lo remitió con una carta respondida por Darío el 1 de diciembre de 1908. El trabajo de Calderón —acompañado de varias fotografías— era una crónica de su reciente viaje al imperio —para él— exótico y misterioso. El poeta lo entregó a la revista española Por esos Mundos. Mas le advertía a su autor: “No sé si lo publicarán. En todo caso, o no pagan nada, o pagan una miseria”. Calderón, en otra carta a Darío fechada una semana después, insistía en la publicación de su impresiones japonesas y en la posibilidad de su retribución económica.
EL PADRE Y MAESTRO MÁGICO HACIA EL SOL NACIENTE
m. C-V, “JAPONIZADO” POR GUILLÉN
Por Mario Cajina Vega
En el país del Haiku, en la tierra de la meditación Zen, en el archipiélago del transistor y del bambú, un poeta nicaragüense acaba de ser traducido a pictogramas nipones. El libro autobiográfico de Rubén Darío, El viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical, circula en Tokio y Yokohama impreso en esos caracteres japoneses que, empapados por el pincel, conservan la gracia oblicua de las miradas de las geishas. Traductor: Naohito Watanabe, diplomático en Managua, Nicaragua.
Rubén amó aquella cultura exótica; el orientalismo se puso de moda en la Europa de la Belle Epoque, que fue la de los años cosmopolistas del Bardo. Y el Modernismo absorbió la tendencia, personificada en Francia por Pierre Loti como gonfalonero; Gómez Carrillo mismo escribió un libro de viajes y sensaciones, célebre en su tiempo: El Japón Heroico y Galante, título que le venía como abanico de perlas al gran cronista guatemalteco.
Darío, a su vez, conspicuo siempre, reflejó la oscilación contradictoria y cambiante entre el viejo y nuevo Japón en su correspondencia al argentino diario La Nación. Su sensibilidad tenía avidez por el Oriente. Lo canta en dos de sus civilizaciones milenarias en el vasto y melódico poema “Divagación”, del volumen Prosas profanas, comenzando por la China:
“¡Oh bello amor de mil genuflexiones: /torres de kaolin, pies imposibles, /tazas de té, torugas y dragones, /y verdes arrozales apacibles. //Ámame en chino, en el sonoro chino /de Li-Tai-Pé Yo igualaré a los sabios /poetas que interpretan el destino; /madrigalizaré junto a tus labios”.
“Divagación” apareció originariamente el 7 de diciembre de 1894, con dedicatoria para “¡Maestro Gabriel D´Annuncio, en Nápoles!”, fechada en el Tigre Hotel de Mar del Plata. Las dos estrofas que siguen al tema chino corresponden a las consagradas al Japón, labrándolas con esa formal cadencia parnasiana, a la que el bardo dotó de ánima y ánimos á la japoneserie:
“Ámame japonesa, japonesa /antigua, que no sepa de naciones /occidentales: tal una princesa /con las pupilas llenas de visiones //que aún ignorase en la sagrada Kioto, /en su labrado camarín de plata /ornado al par de crisantemo y loto, /la civilización de Yamagata”.
El joven príncipe del idioma castellano tenía entonces 27 años; dos años después, en 1896, publica en Buenos Aires, imprenta de Pablo E. Coni, la primera edición de Prosas profanas y otros poemas.
[Revista Lengua, núm. 10, diciembre, 1995, pp. 109-110]
ASISTENCIA DEL JAPÓN A NICARAGUA
Japón ocupa el primer lugar de los países donantes a Nicaragua. Su asistencia —oportuna y generosa— ha sido muy significativa para mantener la paz y la estabilidad, sobre todo después de los estragos de la guerra civil de los años ochenta. Y es justo resaltar que se canaliza como donaciones no reembolsables
Emilio Álvarez Montalván
CIENCIA Y HUMANISMO
Cuando uno visita Japón, no puede menos que impresionarle el enorme desarrollo económico, social, científico y tecnológico alcanzado por este extraordinario país en las últimas décadas, acompañado de un sentido entrañable de su historia, de su cultura y de sus tradiciones. Uno puede visitar por la mañana la sala de exposición de la Sony y apreciar todos los increíbles adelantos en el campo de la informática, la electrónica, la robótica y la telemática, traducidos en una multitud de aparatos y, al rato, visitar, a no muchas cuadras de distancia, un templo budista o sintoísta de siglos atrás y presenciar la hermosa ceremonia de una boda, con la linda novia vestida con el traje tradicional propio de estas solemnidades. El Japón es un buen ejemplo de que es posible alcanzar los más altos niveles de desarrollo tecnológico, sin menosprecio de las raíces culturales que confieren su propia identidad al pueblo japonés. En el Japón, la Ciencia y el Humanismo se dan la mano.