Luis Collado Mena
Después de ver a través de la televisión los siete emocionantes y vibrantes juegos de campeonato de la Liga Nicaragüense de Beisbol Profesional, se confirma lo que la gran fanaticada de todo el país conoce: que el equipo de León como dice su corrido “puede ser abatido, pero nunca vencido”.
Sin embargo no se puede obviar y mucho menos encubrir las situaciones anómalas que se suscitaron en el juego León versus Bóer del 15 de enero del 2005.
Todos los medios han publicado lo que filtraron los principales involucrados de ese juego y todos los fanáticos comenzamos a digerir y analizar desde diferentes perspectivas e intereses (leoneses, masayas, managuas y chinandeganos), porque no se necesita tener tantos conocimientos de nuestro deporte rey para notar que el comportamiento que tuvieron algunos jugadores en los momentos clave fue altamente sospechoso.
El León, recordemos, estaba “tragando agua”, su pulso era muy débil y la palpitación de su aguerrido corazón era apenas perceptible, más aún cuando se admite que uno de los mayores protagonistas en el escándalo, Hubert Silva, fue señalado por Erick Morales, jugador del Bóer, que la venta del juego era sólo broma (LA PRENSA 27 de enero).
Es probable que surjan interrogantes que nunca sean descifradas como la de que si Hubert lo hizo de forma unilateral, impulsado por la desesperación o recibió la señal desde algún lugar del estadio.
Ante esta situación es digna de aplaudir la decisión que tomaron los dirigentes de la liga, pues no debe haber la menor duda en el desenvolvimiento de los jugadores, máxime ahora que son profesionales y que los fanáticos vamos a los estadios a mirar un gran espectáculo.
Los fanáticos nos emocionamos, gritamos, discutimos, lloramos y hasta hay muertos en algunas ocasiones. Todas estas manifestaciones merecen ser respetadas y respaldadas con decisiones muy severas para ir sentando precedentes de que los nicaragüenses podemos cambiar el rumbo a veces desconcertante de nuestra querida Nicaragüita.