José Adán Silva
Hace frío esta noche de diciembre y el aire está lleno de esa empalagosa musiquita navideña. La gente va y viene, entra y sale de las tiendas del Centro Comercial Managua. Hoy es noche de compras.
En la nueva rotonda del centro comercial, como siempre en desorden, están estacionados decenas de taxis. Sus conductores están fuera de sus carros y llaman a los clientes que van dejando el centro comercial. Uno de ellos, con aspecto no mayor de 30 años, está casi desesperado por atrapar clientes.
Se acerca a donde estoy y me pregunta para dónde voy. Le contesto con tranquilidad que no voy a tomar taxi, que si bien voy a una rosticería de pollos, la misma está a tres cuadras, sobre la calle principal de Altamira.
Insistió en que no caminara. “Muy peligroso hermano, en la otra esquina te pueden joder los ladrones, ahorita andan sueltos buscando su aguinaldo”, me dice. Igual que vos, pensé, pero mejor me callé.
Dudo y él insiste ¿Qué te cuesta dar 15 pesitos? Vas más seguro y me ayudás a mí que necesito recoger dinero porque mi jaña está embarazada. Me dio pesar, realmente podía estar necesitando los 15 córdobas, pero la terquedad con que quería subir pasajeros causaba más recelo que desconfianza.
Una vez que acepté subir al taxi, tardó unos 10 minutos más convenciendo a una pareja de muchachas que iban al barrio Monseñor Lezcano. El taxista insistía en que por 30 córdobas las llevaría, que ese viaje era más caro, y ellas, no señor, por 25 nos llevan. Al fin, cuando yo ya estaba por salir del taxi e irme caminando, el hombre las convenció y las subió. Arrancamos.
Él me preguntó: ¿En la Tip Top verdad? Sí, le dije. Cuánto cuesta una pieza de pollo ahí, me preguntó alzando la voz, porque atrás las dos muchachas iban en alegre cotorreo hablando sobre el regalo del amigo secreto, un tal Carlos que le caía en “las patas” a una de ellas.
No sé cuánto vale una pieza, es que yo compro un combo que vale como 60 córdobas y trae dos piezas, le respondo. ¡Ah, es caro pues!, responde él. Más o menos, le digo, y él me responde que nada “de más o menos”: una comida de 60 córdobas es cara. Guarda silencio un rato y luego reflexiona: “Al menos para mí es cara”. Le digo que tiene algo de razón, lo caro y lo barato es relativo.
Se anima y me cuenta que va a apartar unos realitos y cuando nazca el chatel y empiece a comer, lo va a traer junto a la jaña para darles gusto, y es cuando me confiesa que su esposa está por parir, que posiblemente caiga en la última semana de diciembre, y por eso él andaba trabajando doble turno para ahorrar plata y comprarle cosas al niño, porque será niño según el ultrasonido.
Al bajarme frente al restaurante ya él hablaba tanto como las dos muchachas y lo último que le escuché fue que el chavalo por venir se llamaría Ernesto. Suerte pues hermano, le dije e hice como que no me acordaba de los cinco córdobas que me daría de vuelto. Me alegró la posible venida de Ernesto.