José Adán [email protected]
Omar José, así nada más, sin apellidos. Todavía siente pena y no quiere remover las bilis que le provoca el recordar aquel lío.
El carrito, un Toyota gris, no es suyo. Él es cadete que le trabaja a un señor de Monseñor Lezcano que tiene dos taxis.
Antes tuvo su carro propio, un Hyundai Excel 92 que había sacado al crédito tres años atrás en un autolote de los chinos de Carretera Norte y que perdió por una crisis económica que le vino gratis por servir de fiador a “un amigo”.
Hace cuatro años sirvió de fiador solidario de una tarjeta de crédito a “un amigo” de adolescencia. Buena gente era el muchacho: no tomaba, no fumaba y era obligado con la familia.
Se bachilleraron juntos en el Maestro Gabriel, y aunque casi no salían juntos, siempre se veían por asuntos de trabajo: Omar era taxista, y su “amigo” era vendedor de repuestos de carros usados en el Mercado Oriental, allá por la Iglesia El Calvario.
Un día su “amigo” le expresó el deseo de instalar su propio negocio en un tramo que le habrían de vender en dos mil dólares. Instalaría un stock de repuestos que le entregarían en consignación, lo que sumado a unos reales que le prestaría una microfinanciera, le daría para comenzar a operar.
Pero había un pero: “Servime de fiador de una tarjeta de 500 dólares, para tramitar un préstamo en una microfinanciera y comprar más repuestos”.
Le prometió no usar jamás la tarjeta, que sólo la tendría como referencia comercial, porque algo de eso le exigían para soltarle el dinero. Omar aceptó con recelo, como presintiendo el infierno que luego le vendría.
Su “amigo” no sólo sobregiró la tarjeta, sino que le mintió: no era de 500, era de 800 dólares. Huyó a Costa Rica y dejó a Omar todo un lío que escapó de volverlo loco.
Las llamadas eran a toda hora del día y la noche y la presión de un embargo y un juicio no era sólo para él, sino para toda su familia. Si él no estaba, un malcriado cobrador de tarjetas (altanero y amenazante) le dejaba mensajes con su esposa, su madre, su tía, su vecina…
Un día llegaron los abogados y una juez de Ticuantepe a ejecutar el cobro de 1,800 dólares. “¿Pero cómo? Si me dijeron que eran 800 dólares de deuda”, reclamó Omar. Un abogado de gafas oscuras, maletín y corbata, le sacó las cuentas: a la deuda principal súmele intereses moratorios, gastos del juicio, cobros de las llamadas que le hicimos, papelería, la gaseosa que me bebí, la comida de mi gato, el cigarro que me fumé y los 50 córdobas voluntarios para los niños con cáncer.
Omar se enfureció y les gritó cuatro cosas. Eso “indignó” a los abogados, quienes sin más ni más, embargaron hasta al perro de la casa del taxista. Omar tuvo que humillarse, bajar la voz, rogar por más tiempo para vender el carro, para prestar dinero y saldar la deuda.
Eso fue hace dos años y todavía debe dinero de aquella deuda. Por eso odia las tarjetas de crédito y desconfía de las microfinancieras que devoraron sin piedad el negocio y la casa de su “amigo” desgraciado.