El velorio del Momotombo

José Adán [email protected] Una noche ya lejana de 1993, cansado por dos días de una farra cuyos estragos apenas pasaban, Félix Antonio Morales parqueó su Lada soviético en el estacionamiento del Hospital Lenín Fonseca, listo a tomar un descanso. Comenzaba la vida a írsele de pena por los vericuetos de sombríos mundos, cuando alguien le […]

José Adán [email protected]

Una noche ya lejana de 1993, cansado por dos días de una farra cuyos estragos apenas pasaban, Félix Antonio Morales parqueó su Lada soviético en el estacionamiento del Hospital Lenín Fonseca, listo a tomar un descanso.

Comenzaba la vida a írsele de pena por los vericuetos de sombríos mundos, cuando alguien le golpeó ligeramente el vidrio. Oyó voces lejanas y percibió sombras alrededor suyo.

De un impulso despertó y, sobresaltado, descubrió a orilla suyo, pero del otro lado del vidrio, un rostro extraño que le pareció lleno de sufrimiento. Todavía atontado por el sueño que empezaba a diluirse, vio que quien golpeaba el vidrio y le hablaba, era un hombre de aspecto humildísimo y cara de sufrimiento.

Repuesto del sobresalto, bajó el vidrio del carro y preguntó: ¿Qué pasó maestro? El hombre, pobre y pequeño, le explicó el asunto: eran tres que iban a una comarca polvorienta en las faldas del Momotombo, pero apenas andaban 400 córdobas y nadie los quería llevar por esa cantidad.

Toño pensó rápido el asunto y vio que 400 córdobas ir a un sitio lejano y con tres personas desconocidas, no era rentable ni seguro, así que para botar los ánimos pidió 800 córdobas.

El campesino lo vio angustiado, dijo que ya volvía y se fue cabizbajo a la banca donde otro lo esperaba con un sombrero de paja en la mano. Al ratito el señor regresó y le propuso un trato al taxista: le pagamos 800, la mitad aquí y la otra allá.

Antonio aceptó el viaje: traigan al otro y nos vamos. Los hombres se fueron y al rato venían con un tétrico tercer pasajero: Carlitos, el papá de los dos hombres, un cadáver diminuto recién preparado con formalina. Lo traía un enfermero y una doctora en una camilla, envuelto en una sábana verde. Lo metieron en el asiento trasero.

Uno de los hijos se sentó a la par y colocó sobre sus rodillas la cabeza del difunto. A los minutos pidió a su hermano (quien iba adelante) acomodar el cadáver, porque ya no aguantaba las rodillas.

Se detuvieron y sentaron al muerto al centro del asiento. Eso permitió que el taxista, quien llevaba encendida la luz interna del carro, mirara desde el espejo retrovisor una pálida cara azul con algodones blancos en las narices.

La tétrica visión lo acompañó por más de una hora de caminos oscuros y solitarios, hasta llegar a un villorrio polvoriento donde habían mesas puestas y bujías colgadas de postes, en un pequeño patio donde ya se velaba al muerto.

El cadáver, ya tieso en su posición, sólo pudo salir cargado como un mueble entre varios hombres. Al final los familiares del muerto le agradecieron a Antonio, pagaron los 400 córdobas restantes y se despidieron con una frase tétrica: “Que mi padre lo acompañe”.

Eran las dos de la madrugada y el camino de regreso sería solitario, con la cara del difunto grabada en el espejo retrovisor y ese intenso olor a formalina flotando en la cabina.

Antonio no lo soportó: Aparcó el carro, tomó varios cafés y esperó a que la luz disipara las sombras de la oscuridad, mientras los hombres se repartían cartas en una improvisada mesa de juegos.

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