Alberto L. Alemán Aguirre
Roman, Times, serif»>Golpes en la mesa
Un descalabro tico con grandes consecuencias
Alberto L. Alemán Aguirre
Acostumbrados a una paz social ausente en los países vecinos y a un nivel aceptable de bienestar en términos latinoamericanos, los costarricenses han visto que su país no estaba exento de la lacra de una corrupción tan gigante y sistemática.
Este año seguramente será recordado como uno de los más funestos de la historia política costarricense. Es el año en el que dos ex presidentes están en la cárcel acusados de corruptos, un tercero —que además es el heredero de una de las más distinguidas familias políticas del país— está bajo sospecha de actos ilícitos y cuando por fin un nacional había logrado el viejo sueño de ser Secretario General de la OEA, un proceso judicial le obliga a renunciar a menos de un mes en el puesto.
Por si fuera poco, las más recientes noticias revelan que los señores José María Figueres y Rafael Ángel Calderón, además de dedicarse supuestamente a actividades dudosas, evadían impuestos. ¿Qué tal? Quienes deberían ser los primeros en dar el ejemplo de cumplir con una de las más importantes obligaciones ciudadanas han sido los primeros en evadirla.
Es duro aceptarlo para muchos costarricenses, pero como dije en un escrito anterior, las repercusiones políticas de este descalabro de la clase política tradicional tica centroamericanizan cada vez más a la Suiza tropical.
¿Consecuencias? Un mayor desprestigio de los dos partidos políticos tradicionales, pérdida de credibilidad, y mayor insatisfacción con el sistema democrático, lo cual podría traducirse en el riesgo de un aumento en la abstención en los comicios, entre otros.
Afortunadamente, hay una excelente oportunidad de renovación. Se puede creer que dados el alto nivel de calificación de la población, un alto grado de independencia del Poder Judicial, el espíritu cívico y la larga tradición democrática, hay razones para el optimismo.
Nuevas generaciones de líderes y nuevos partidos políticos tienen un gran chance de sanear la política de las prácticas corruptas de los partidos PUSC y PLN, maquinarias de consecución de votos y de reparto del Estado-botín.
Lo que sucedió es motivo de preocupación para toda la región. Y un castigo debido será un ejemplo bueno más de los vecinos ticos. Urge. En Nicaragua, todo se prepara aparentemente para la absolución de Arnoldo Alemán, a juzgar por la resolución de la Contraloría General de la República.
En Honduras, un supuesto acuerdo entre el presidente Ricardo Maduro y otros Poderes del Estado llevó a abandonar decenas de casos de corrupción, en particular contra el ex presidente Rafael Callejas y otros que podrían salpicar al hoy jefe del Congreso, Porfirio Lobo Sosa, un futuro presidenciable del gobernante Partido Nacional.
En Guatemala, la prensa informa del descubrimiento de cuentas manejadas por el ex presidente Alfonso Portillo en México —a donde huyó— y en Panamá.
El sociólogo panameño Olmedo Beluche, dice que la corrupción “se ha convertido en un factor que agrava la desigualdad social en América Latina, donde cada vez más la riqueza está en menos manos y crece la pobreza”.
El número de pobres creció en Latinoamérica en 20 millones entre 1998 y 2002; en el 2004 hay 223 millones, entre ellos 105 millones de indigentes, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
“¿Cuántos empleos se hubieran podido crear, cuántas escuelas se habrían construido, cuántos niños pobres hubieran podido comer con esos millones malversados?”, pregunta Beluche.
Pero lo peor que puede pasar es que nuestros pueblos caigan en lo que el analista nica residente en Guatemala, José Dávila, llama “la tentación del autoritarismo”; es decir la pérdida de fe en la democracia y la opción por regímenes de mano dura que entierren la libertad que tanto nos costó.