Abstencionismo

Rosa A. Picado Se dice que cada país tiene el gobierno que merece y creo que eso es verdad. Aunque la actitud de los abstencionistas podría comprenderse, pienso que si no reconocían valores en ninguna de las opciones partidistas que concursaron en la recién pasada elección municipal, siendo el voto un deber y un derecho, […]

Rosa A. Picado

Se dice que cada país tiene el gobierno que merece y creo que eso es verdad. Aunque la actitud de los abstencionistas podría comprenderse, pienso que si no reconocían valores en ninguna de las opciones partidistas que concursaron en la recién pasada elección municipal, siendo el voto un deber y un derecho, debieron haber dado el suyo “al menos peor”.

Esa opción fue la del Apre, que era una tenue luz de esperanza dentro de la debacle y oscuridad política en que nos encontramos; y bastante débil por representar una tímida opción hacia un cambio que desesperadamente necesita Nicaragua, que se siente asfixiada por el humo corrupto que se desprende de las dos corrientes partidistas predominantes.

Los abstencionistas debieron aplicar aquel adagio popular de que “en un país de ciegos, el tuerto es rey”. Aunque su voto sólo hubiese sido para cumplir con una sagrada obligación ciudadana, hubiese sido mucho mejor que tener más de la mitad de abstencionismo. Me avergonzaría pertenecer a ese 52 por ciento abstencionista, sobre todo porque esto ha dado lugar a que el nefasto fantasma del sandinismo amenace nuevamente a Nicaragua, que aún no se recupera del tremendo desgaste humano, económico y moral, que el mismo le causó.

En cuanto a esta elección, me pregunto si los resultados son legales cuando más de la mitad de la población votante no la avaló. Observo muy felices y emocionados a los ganadores, y veo muchas caras largas en los perdedores. Deberían ponerse a pensar en la triste realidad de que la mitad de Nicaragua no los acepta, como también repudia a los demás que participaron. Es triste esta situación, y ojalá si acaso esa fue la intención de los abstencionistas, esto sirviera, no para estarse felicitando, o echándose la culpa unos a otros, si no para que tanto arnoldistas, bolañistas, sandinistas y demás, reconocieran y valoraran lo profundamente herido que se encuentra el fervor patriótico de los nicaragüenses.

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