Recuerdos de batallas

José Adán Silva La comida es el combustible que el cuerpo necesita para vivir, y al igual que un carro sin gasolina, un cuerpo sin comida no anda. Por eso el estómago no entiende de razones. Así como el estómago no discute cuando se trata de llenar el tanque, tampoco entiende de carajadas cuando se […]

José Adán Silva

La comida es el combustible que el cuerpo necesita para vivir, y al igual que un carro sin gasolina, un cuerpo sin comida no anda. Por eso el estómago no entiende de razones.

Así como el estómago no discute cuando se trata de llenar el tanque, tampoco entiende de carajadas cuando se trata de vaciarlo. Y si el hambre llega en los momentos que todos esperamos, la necesidad de vaciarlo puede llegar en el momento más inoportuno.

Aquella tarde prometía ser gananciosa para Mariano. Entraba en la tarde, era viernes y semana de pago. Sabe que los viernes son días de acción y que los bares se llenan, así que muy consciente de que la jornada sería larga, se aseguró de comer bastante en casa: patitas de cerdo en caldo, sopeadito el arroz, guineo cocido y para la buena digestión, un cafecito sin azúcar, “porque amigo, azúcar sólo la caña que viene embotellada”, ríe y celebra.

Antes de salir hizo su correspondiente acto de prevención: un cigarro y al baño. “Hombre prevenido vale por dos”, razona.

A la hora del turno salió con buen ánimo a buscar la vida. El calor de Managua caía soberbio a las dos de la tarde. La garganta le pidió líquido y Mariano llamó a la muchacha del fresco en el semáforo de turno: calala, chía, cacao, naranja y tamarindo. “Dos pesos el fresco amorcito”. “Va pues, dame uno de tamarindo”. Y ahí, en el oscuro líquido del tamarindo que sudaba de frío en la bolsa plástica estaba la próxima crisis de su estómago.

Durante toda la tarde sintió pequeños retortijones, pero no le prestó importancia porque no eran fuertes. A las cinco y media, justo en la hora pico y cuando empieza lo mejor del negocio, el anuncio le llegó fuerte. Entonces empezó a sudar copiosamente. Circulaba en la Carretera Norte e iba para Linda Vista con una pareja que levantó en Las Mercedes.

El estómago presionaba por libertad y él estaba atrapado en medio de aquel tráfico profuso, lejos de cualquier baño piadoso que sobre el camino le calmara el ímpetu de las patitas de cerdo revueltas con fresco de tamarindo. Sintió la necesidad de desinflar un poco el estómago, pero las punzadas del intestino le indicaban que en vez de aire saldría otra cosa, así que se aguantó. Dice que a las cuadras, del esfuerzo por retenerse hasta se le bajó la presión, mientras el cerebro maquinaba aceleradamente en búsqueda de un lugar donde estacionarse a cumplir la exigencia del cuerpo.

Los semáforos a los que llegaba estaban, para su tortura en rojo, y para mal de males un parsimonioso agente de tránsito lo detuvo para pedirle documentos y seguro por daños a terceros. “No lo ando así que si me vas a multar hacélo rapidito”, le dijo, casi implorando. El uniformado la pensó unos minutos que a él le parecieron eternos, y luego lo perdonó. Siguió el calvario.

La presión era cada vez más intensa y en una de ésas el hombre no supo si el líquido que humedecía sus pantalones era lo que estaba tratando de impedir o el sudor por el esfuerzo de aquella lucha que ahora, con risita nerviosa, dice que nunca más quiere recordar.

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