Jorge Eduardo Arellano
Hasta hace pocos años el adjetivo caribe comenzó a utilizarse con un legítimo sentido de reivindicación autonómica y de precisa ubicación geográfica.
Anteriormente, los autores de las obras y monografías sobre la Costa Este de Nicaragua (o territorio de la antigua Mosquitia) usaban el adjetivo Atlántico /a. Incluso el CIDCA —adscrito a la UCA— no ha modificado su sigla /acrónimo: Centro de Investigaciones y Documentación de la Costa Atlántica.
Sólo citaré algunos títulos: Áreas silvestres y territorios de la Región Atlántica Norte en Nicaragua (1980) del entonces Ministerio de Turismo, Memorias del Atlántico (1986) de Sofía Montenegro, La Costa Atlántica (1988) de Guido Grossman, editado por el también entonces Ministerio de Cultura; y la Historia de la Costa Atlántica (1996) de Germán Romero.
Con todo, el gentilicio de los habitantes de dicha Costa ha sido costeños. Esto es clarísimo e incuestionable. Así lo afirmé en un reciente artículo sobre nuestros gentilicios que ha confundido a un ágrafo en materia lexicográfica, quien ostenta el título de doctor sin que pueda mostrarlo en público, ni mucho menos la tesis correspondiente, padeciendo de una crisis de identidad, ya que su apellido es postizo, por citar una muestra de tantas.
No, señor. No es la primera vez que me he referido —con esa denominación— a nuestra Costa Caribe. Basta leer mi libro Puerto Cabezas en la plumilla de Carlos Montenegro (1988) o Colón y la Costa Caribe de Centroamérica (2002), cuyo epílogo firmo. En cuanto al pueril reclamo que en el NAC del pasado 23 de octubre me hizo este “doctor Pasos”, es simplemente bagazo. ¡Y al bagazo poco caso!