- Los Medias Rojas terminan con 86 años de ayuno
Edgard Tijerino M.
Después de tanto sufrir y tanto padecer, con su corazón lleno de callos, como dice José Hernández en su Martín Fierro, ¡Por fin!, ¡Por fin!, el equipo de los Medias Rojas de Boston gana una Serie Mundial.
El “Bush Stadium” de San Luis parecía anoche caer en pedazos mientras la multitud, abrumada por la cuarta derrota consecutiva, ahora 3-0, buscaba entre tinieblas las puertas de salida, en una noche de eclipse de luna.
¡Qué distante, pero no borroso, se ve aquel 1918! Boston con gran pitcheo de Carl Mays y Babe Ruth, derrotó en seis juegos a los Cachorros.
Al terminar la temporada de 1919, vendieron a Babe Ruth y comenzó a tomar forma y crecer, “la maldición”. Desde entonces, de diferentes maneras, las ilusiones de los Medias Rojas murieron año tras año.
Hasta que por fin, anoche, culminando un gran rapto de inspiración que les permitió una asombrosa racha de 8 victorias después de haber estado con la soga al cuello, 0-3 frente a los Yanquis de Nueva York, sepultaron “el maleficio”.
Johnny Damon, el primer bateador del juego, abofeteó la presión de manejar una posibilidad tantas veces malograda, con un jonrón madrugador por encima de la pared del jardín derecho contra Jason Marquis.
En el tercer episodio, los de Boston volvieron a volcarse sobre el pitcheo de Marquis con un doblete de Trot Nixon que impulsó a David Ortiz y Jason Varitek estando las bases llenas, para agrandar la ventaja 3-0.
En ese momento, se escucharon algunos aullidos desgarradores que estremecieron San Luis.
Se percibió la pedregosa respiración del manager Tony LaRussa, remota, navegando en el mar de las calamidades, en una mala hora.
La jugada cumbre del juego, la hizo Alberto Pujols en el octavo con las bases llenas y un out lanzando Jason Isringhausen. El batazo de Johnny Damon entre primera y segunda fue capturado por Pujols moviéndose hacia su derecha, y superando en la carrera un alto grado de dificultad, consiguió el perfil requerido para un tiro certero al plato y “matar” a Bill Mueller.
Con dos outs y las bases siempre cargadas, Isringhausen ponchó a Orlando Cabrera dejando a los de Boston con las manos vacías.
Ese scone del relevista, fue el único momento de deleite para la multitud local, y podríamos agregar la amenaza de ver a Pujols abrir con hit el noveno frente a Keith Foulke, sin provocar el menor daño.
No fue una serie electrizante, ni se vio un buen beisbol, pero prevaleció lo emotivo con los Medias Rojas proyectándose hacia una hazaña largamente esperada, apoyándose en los trabajos monticulares de Curt Schilling y Pedro Martínez, obviando una defensa cojeante en los dos primeros juegos, y recurriendo al bateo preciso para desarticular al enemigo.
No fue una barrida sin gracia, casi grotesca, como la de los Atléticos de Oakland sobre los Gigantes de San Francisco en 1989, ni comparable con aquella de pitcheo puro que lograron los Orioles sobre los Dodgers de Los Ángeles de Sandy Koufax, Don Drysdale y Claude Osteen.
La espectacularidad estuvo en ver tambalearse y finalmente derrumbarse, “la maldición” del “Bambino”.
Por más de 80 años, Dios se escondió de los Medias Rojas. Anoche, se les apareció, los abrazó y los llevó al paraíso.
1 2 3 4 5 6 7 8 9 C Boston 1 0 2 0 0 0 0 0 0 3 San Luis 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0
G: Derek Lowe (3-0) P: Jason Marquis (0-1) ¡Boston campeón del 2004!
BATES QUEBRADOS
El gran problema de los Cardenales fue su pobre ofensiva. Frente a los disparos de Derek Lowe, Alberto Pujols, Scott Rolen y Jim Edmonds fallaron 9 veces.
Los únicos dos hits en los primeros siete innings, fueron el sencillo abridor de Tony Womack y el doblete de Edgard Rentería después de 13 retirados en forma consecutiva.
¿Quién iba a imaginar a Scott Rolen de 15-0 en la Serie Mundial y Jim Edmonds de 15-1? No, no puede ser que estos dos fieros bateadores fueron reducidos a nada.
Una vez más Keith Foulke funcionó como rematador. Soportó un hit abridor de Pujols en el noveno, pero luego dominó y colgó el último cero.
Fue impresionante la resurrección completa del pitcheo de los Medias Rojas para concretar lo que había sido una misión imposible en 86 años.