Marlon José Navarrete Espinosa
Cuando una persona resulta electa para un cargo público mediante el voto popular, la población le da legítima representatividad de sus intereses y problemas ante el Estado con la autoridad que emana del poder civil. Sin embargo, en los últimos años en Nicaragua los candidatos buscan cómo ganar una elección con el mínimo requerido por la ley. Existe un mayoritario abstencionismo, el ganador obtiene el triunfo con una minoría de la población y el victorioso se conforma con esa minoría votante.
Una persona electa no puede considerarse representativa de las mayorías si su porcentaje ganador es minoritario. Por ejemplo, un Presidente de la República no puede decirse legítimo con haber obtenido un 35 por ciento a favor y un gran 65 por ciento en contra o un alcalde con el 40 por ciento a favor y 60 por ciento contrario. Esta aparente expresión de democracia es incompleta, errónea y mal interpretada porque es excluyente y margina las verdaderas aspiraciones e intereses del pueblo y sólo conviene a los oportunistas o a quienes les interesa acaparar todo el poder político de manera fácil. Por eso es tan importante votar para que los electos sean un fiel reflejo de la voluntad ciudadana y trabajen por su bienestar colectivo y no personal. Tenemos la imperiosa necesidad de votar para que los candidatos elegidos sean representativos.