Freno de emergencia

Ramiro Argüello Hurtado Bastó con que una misión de altísimo nivel de la OEA se dejara caer, como quien no quiere la cosa, por Nicaragua para que los nubarrones que presagiaban un “golpe de Estado legal” se disiparan como por el ensalmo de una hada benevolente. Acobardados y cariacontecidos los incitadores, propiciadores, convocadores y seguidores […]

Ramiro Argüello Hurtado

Bastó con que una misión de altísimo nivel de la OEA se dejara caer, como quien no quiere la cosa, por Nicaragua para que los nubarrones que presagiaban un “golpe de Estado legal” se disiparan como por el ensalmo de una hada benevolente.

Acobardados y cariacontecidos los incitadores, propiciadores, convocadores y seguidores del fujimorazo han estado saliendo de sus leoneras con un largo y peludo rabo entre las piernas.

Daniel Ortega Saavedra (el lobo lascivo protector de Caperucita) habla ahora de “ánimos caldeados” y transformado súbitamente en psicopatólogo, el culto analfabeto tiene la osadía de diagnosticarle “paranoia” al primer magistrado de la nación.

El abigarrado y variopinto ente fiscalizador evidentemente carece de sentido del ridículo, como prueba fehacientemente su resolución de destitución del Presidente. Todo terminó por evaporarse entres chistes malos.

Un par de desteñidos social cristianos aparecieron por la tele para certificar su condición de invertebrados. Siempre al acecho de la pesca milagrosa.

El inefable camaleón Jaime Morales Carazo, perejil que está en todas las salsas, se descolgó utilizando una metáfora alarmante: algo que tenía que ver con un portaaviones. Supongo que se refería al Nimitz.

Un burócrata del CSE repentinamente eficiente con excitación nos participa de un cheque “mágico y cortado” con el don de la ubicuidad: aparece, vuela como una lechuza para tornar a desaparecer.

Un belicoso Bayardo Arce Castaño (siempre he tenido debilidad por este muchachote), todavía influenciado por las olimpiadas se explayó con entusiasmo contagioso sobre el “salto de garrocha” y “pegar brincos”.

Una bocanada de aire fresco proveniente del exterior y convoyada por tres amigos de nuestra famélica democracia (Arístides Royo, Luigi Einaudi, el parsimonioso Murria) ha esparcido la hojarasca sobre el piso del bataclán, con el aserrín, los vómitos y la creolina.

El autor es médico.

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