Johnny Cajina Guillén
Por Santa Cecilia pasan año con año centenares de extranjeros, no obstante esta pequeña comunidad rural situada en la norteña provincia de Guanacaste, muy cerca de la frontera con Nicaragua, no es ni por cerca una joya turística de Costa Rica. Los extranjeros son nicaragüenses indocumentados que pisan apuradamente sus calles de tierra, cogen por veredas para evadir a la guardia tica y quizá con un poco de suerte obtienen un empleo en la vecina nación del sur.
“Cecilia”, como le llaman los lugareños, pertenece al cantón de La Cruz, ciudad distante a 33 kilómetros al oeste sobre la Carretera Panamericana. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) de Costa Rica, aquí viven más de 6 mil personas, muchas de ellas son nicas que llegaron para quedarse.
En la pulpería de La Esquina, propiedad de los costarricenses William Zamora y Yorbi Fernández, convergen a diario muchos nicaragüenses que viven en Santa Cecilia desde hace varios años muchos de ellos eran apenas niños cuando llegaron en la década pasada, pero niegan haber nacido en Nicaragua.
“Ella es de Nicaragua”, advierte William mientras señala a una joven de unos 20 años que llegó a su negocio a comprar natilla (crema ácida). “No es cierto, yo soy costarricense”, objeta la muchacha con suave acento tiquillo. Su frase fue una clara negativa a la solicitud de ser entrevistada, pagó rápidamente por la natilla y se marchó a toda prisa con rumbo desconocido.
“Así son todos, no sé por qué niegan ser nicaragüenses. Aquí en Santa Cecilia hay montones (de nicas), pero si usted les pregunta, ellos le van a decir que son costarricenses”, dice Yorbi.
Santos Pérez Rodríguez, quien está al volante de una de las tres Galloper color rojo que operan como taxis en Santa Cecilia y las comunidades rurales cercanas, coincide con Yorbi. “Los nicas se enojan si usted les pregunta si son de Nicaragua. Se ponen bravos y dicen que son ticos. No sé por qué se avergüenzan de decir de dónde vienen. Deberían sentir orgullo, pero no es así”.
“Es como si (a los nicas) les diera pena decir de dónde vienen”, interviene un cliente de la pulpería, sitio donde a eso de las 11:00 a.m. sintonizan un noticiario a través de un canal de televisión cuya señal es perfecta. Las noticias son de Nicaragua. “Aquí entran los cinco canales (de televisión) de Nicaragua y para ver Repretel (una de las estaciones ticas) tuvimos que elevar más la antena”, expresa Yorbi.
Al parecer, algo similar ocurre con las estaciones de radio. Las viñetas de propaganda de la campaña electoral municipal y la música mexicana de una popular estación de radio nicaragüense hacían coro en dos negocios ubicados a poca distancia de allí.
En la pulpería de La Esquina, William interrumpe momentáneamente sus labores ante la llegada de otra compradora. “Ella también es nica”, asevera. Esta vez la joven sólo sonríe tímidamente, niega con la cabeza y se va apurada. Igual ocurrió con todos los demás que fueron identificados como nicas.
¿MIEDO O VERGËENZA?
Según una investigación realizada hace cuatro años por la Universidad de Costa Rica, los nicaragüenses prefieren ocultar su nacionalidad por varias razones. “Por temor al rechazo y a la discriminación, así como por la amenaza de la deportación, muchos procuran asimilar algunas expresiones de la cultura costarricense. Paralelamente, intentan disimular su acento y evaden las expresiones propias de la identidad nicaragüense”, reza parte de ese estudio.
La excepción fue María Elena Somarriba, nacida en el municipio de Tisma, en Masaya, quien aún después de ocho años suspira por su tierra. “Es que no me acostumbro a vivir aquí. Me hace falta mi mamá y toda mi gente. Usted sabe, que cuando la familia está lejos uno siente más su ausencia”, expresa la mujer que habita en Santa Cecilia centro.
Doña María Elena llegó a Costa Rica en 1996 siguiendo los pasos de su esposo Manuel Toledo, un emigrante que como todos los demás cruzó la frontera en busca de trabajo y que al final mandó a traer a la familia completa para regresar a su país sólo de visita y durante los días festivos.
“Tengo cinco hijos, uno de ellos nació aquí en Costa Rica y ahora todos somos residentes legales. Por lo menos nos está yendo bien”, afirma María Elena, a quien la fuerza de la añoranza la hace resistente a mantener sus costumbres, pero después de tantos años confiesa haber cambiado al menos los hábitos alimenticios. “Aquí se cocina sin grasa, no se hace mucha fritanga y ni modo, ya aprendimos a comer así como los ticos”, explica.
La familia de María Elena es un ejemplo común entre los miles de nicaragüenses que habitan en la cada vez más próspera región norte de Costa Rica, conformada por las provincias de Heredia, Alajuela, Limón y Guanacaste, y donde en los últimos 15 años han emergido enormes emporios transnacionales que se dedican principalmente al cultivo de cítricos y tubérculos para la exportación.
Las grandes haciendas Guanaranja, Yafa y Del Oro, son algunas de las que brindan trabajo a miles de nicaragüenses legales o indocumentados en época de cosecha.
MIEDO AL RECHAZO
Extraoficialmente se calcula que alrededor de ocho mil personas habitan en Santa Cecilia y Santa Elena, dos comunidades rurales de la provincia de Guanacaste, al norte de Costa Rica. Y aunque se dice que muchos son nicaragüenses no existe un dato exacto de cuántos son.
Abelardo Morales, investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), considera que “es muy difícil precisar un dato sobre el total de personas nacidas en Nicaragua y que residan en Santa Cecilia de La Cruz”.
“Según el censo del año 2000, una cuarta parte de la población total del distrito (de Santa Cecilia) había nacido en Nicaragua. Puede ser que el número fuera mayor, es decir, entre una cuarta parte y un tercio del total de la población”, asegura Morales.
Según una investigación de la Universidad de Costa Rica, en la región fronteriza abundan los migrantes circulares, que tienen su residencia en Nicaragua pero atraviesan la frontera regularmente para trabajar.
En algunos casos, cruzan la frontera diaria o semanalmente porque el empleo está en Costa Rica, pero también es común que algunos campesinos nicaragüenses se dediquen a sus parcelas, de mayo a noviembre, y el resto del año se empleen en labores ligadas a la agroexportación costarricense.