Jean Paul Genie

Edgard Obregón Rivera En estos días se cumple un aniversario más de la muerte de Jean Paul Genie, ocurrida la noche del 28 de octubre de 1990. Una muerte trágica y triste para la familia Genie. Jean Paul, quien era hijo único, se presume que fue muerto a tiros por un escolta militar del general […]

Edgard Obregón Rivera

En estos días se cumple un aniversario más de la muerte de Jean Paul Genie, ocurrida la noche del 28 de octubre de 1990. Una muerte trágica y triste para la familia Genie. Jean Paul, quien era hijo único, se presume que fue muerto a tiros por un escolta militar del general Humberto Ortega Saavedra. Nicaragua estaba en la campaña que llevó a la silla presidencial a doña Violeta Barrios.

Esta desgracia fue utilizada por los sectores adversos al sandinismo para sacar réditos políticos culpando al general Ortega del hecho. No pretendo defender al general, pero a 14 años de estos sucesos, ya sin ningún apasionamiento político podemos fácilmente razonar lo que sucedió. La muerte de Jean Paul, se dio por la inexperiencia e imprudencia, inocencia natural de un jovencito de 16 años que no sabe lo peligroso que es introducirse en la formación de vehículos de una caravana de seguridad personal.

No me es difícil saber lo que sucedería si a bordo de un vehículo interfiriera la caravana del Presidente cuando viaja por la carretera a Masaya, de noche y en un lugar despoblado. Fácil recibiría una lluvia de balazos, porque los escoltas personales están para prever, interceptar y proteger a la persona que custodian de cualquier indicio de peligro. Lógicamente en este tipo de tragedias el jefe de escoltas de la caravana tenía que haber asumido las consecuencias derivadas del hecho y dar las explicaciones del caso, que en cualquier otro país, que no fuera Nicaragua, hubiera sido juzgado y condenado por cualquier cosa menos de asesinato. Esto fue lo que no hizo el jefe de la caravana del general Humberto Ortega y que dio lugar a que se politizara la tragedia dando como “culpable de asesinato” al general Ortega.

En cierta ocasión viajando en un taxi alcanzamos la caravana del Presidente de la República. A manera de broma y con intenciones de probar esta teoría que expongo ahora, le dije al chofer que la adelantara, a lo que me respondió: “Ni quiera Dios amigo. No estoy loco”.

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