Cafetales ticos superan a los nicas

María Antonia Lópezy Josué Bravo Un pago muy bajo por lata cortada y más esfuerzo para llenarla, malos caminos, oscuridad en los campamentos, desatención médica, ausencia de educación y la posibilidad de rotar en varios empleos durante el año son algunas de las causas que motivan a los cortadores de café nicaragüenses a trasladarse a […]

María Antonia Lópezy Josué Bravo

Un pago muy bajo por lata cortada y más esfuerzo para llenarla, malos caminos, oscuridad en los campamentos, desatención médica, ausencia de educación y la posibilidad de rotar en varios empleos durante el año son algunas de las causas que motivan a los cortadores de café nicaragüenses a trasladarse a las fincas de Costa Rica, aún con la amenaza de ser deportados por Migración en estos meses.

El pago de US$0.90 (14.5 córdobas) y hasta un dólar por lata recogida en Costa Rica es un precio mucho más atractivo para los braceros nicas que los seis o siete córdobas que les pagan en las fincas de Matagalpa o Jinotega, considera el nicaragüense Carlos Jiménez, quien asegura que de no encontrar un empleo modesto en San José no vacilará en trasladarse a cualquier finca costarricense de la zona de Cartago o Turrialba.

La mano de obra nicaragüense se ha vuelto casi indispensable para recoger el grano de oro en fincas grandes y pequeñas de Costa Rica, donde el 70 por ciento de los recolectores son inmigrantes, según el Instituto del Café (Icafé) y algunos cafetaleros consultados por LA PRENSA.

En la cafetalera Aquiares, ubicada en Turrialba, al sur de San José, el costo por lata promedia los 0.90 centavos de dólar y el 30 por ciento de los cortadores son inmigrantes nicas que se mantienen en la finca entre octubre y diciembre, a la que llegan por sus propios medios.

COMO EN UN HOTEL

Permanecen en un confortable complejo donde tienen vivienda, electricidad, agua potable, comedor, área de lavado, sala de estar, baños internos, pulpería y servicio de fonda.

Esta empresa dispone de un médico que atiende a los trabajadores que sufren de alguna enfermedad durante su estadía. En la zona hay una escuela donde los hijos de los trabajadores pueden matricularse. Sin embargo, en el caso de los nicaragüenses, no siempre es utilizada porque son trabajadores temporales que no duran más de tres o cuatro meses y generalmente llegan en época de vacaciones escolares.

Condiciones similares existen en la finca Sánchez Benavides Agropecuaria, ubicada en Naranjo, Alajuela, donde además hay teléfono público. El complejo es de concreto y hay una cancha de futbol donde los recolectores improvisan torneos durante la temporada de corte.

UN DURO CONTRASTE

Buenaventura Gutiérrez, directivo de la Unión Nicaragüense de Cafetaleros, señaló que los cafetales están desatendidos en Nicaragua por falta de financiamiento y el deterioro acelerado de los caminos.

“Solicitamos al Instituto de Desarrollo Rural (IDR) la reparación y nos dijeron que lo hacían, pero si poníamos la contrapartida”, agregó.

Gutiérrez tiene plena conciencia de las diferencias con Costa Rica, el país vecino. “En Nicaragua los cortadores tienen que hacer un esfuerzo mayor porque las plantaciones están deterioradas en un 70 por ciento, mientras en Costa Rica los cafetales tienen mayor productividad y allí se alcanza mayor volumen de corte por día”.

Las fincas en Nicaragua suelen estar cerradas casi todo el año, porque sólo unos dos mil productores operan permanentemente, contratando mano de obra los 12 meses.

En Costa Rica la actividad productiva se diversifica en varios rubros y la oportunidad de tener trabajo cortando caña o naranja es una posibilidad de “empleo rotativo permanente”.

Jinotega, el departamento con mayor producción de café en Nicaragua, genera el 20 por ciento de la electrificación nacional, pero casi todas las fincas cafetaleras están en la oscuridad, porque se abastecen de plantas alimentadas con gasolina y los productores ya no están en capacidad de encenderlas por varias horas para iluminar. De tal forma que los campamentos son iluminados por los cortadores con candelas o candiles que ellos mismos deben comprar.

Gutiérrez estima que la atención en salud y educación, que antes se consideraba como un beneficio para los trabajadores, se ha reducido en el 60 por ciento.

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