Edificar la clase media

Marco A. Mayorga L. Roman, Times, serif»> Edificar la clase media Marco A. Mayorga L. La pobreza y la inseguridad, los dos principales males de nuestro tiempo van juntos, son el resultado de la desintegración de nuestro aparato productivo: dice Ricardo Esteve. Además, si en el país existió un día clase media, se debió a […]

Marco A. Mayorga L.

Roman, Times, serif»>
Edificar la clase media


Marco A. Mayorga L.




La pobreza y la inseguridad, los dos principales males de nuestro tiempo van juntos, son el resultado de la desintegración de nuestro aparato productivo: dice Ricardo Esteve. Además, si en el país existió un día clase media, se debió a que había una estructura productiva que mantenía y aglutinaba a todos.

Centenares de empresas que ocupaban a obreros, empleados administrativos y gerentes. Éstos podían —y era su mayor ambición— formar universitariamente a sus hijos y emplearse; y los obreros y empleados tenían la posibilidad de una existencia digna y aún la alternativa de aspirar a la educación. Al destruirse el ambiente que hizo posible que esas empresas un día nacieran, al desaparecer, existió la mayor emigración de la historia y la ruptura o pérdida del sistema de ahorro y de retiro.

¿Cómo se destruyó esa estructura productiva? El principal culpable fue el Estado (o mejor dicho, quienes lo administraron) que en su afán de disponer de recursos para hacer clientelismo y demagogia e implantar un nuevo sistema político; inescrupulosamente gastó por encima de los fondos con que genuinamente contaba. Ello motivó que instituciones vitales para la producción, como la moneda, el crédito, la rentabilidad, sucumbieran a consecuencia de la permanente irresponsabilidad fiscal, la voracidad impositiva y el continuismo.

¿Cómo se derrota a la pobreza y se reconstruye una sociedad más justa? Para volver a edificar una sociedad de clase media hay que volver a construir una estructura productiva que la sostenga. La nueva clase media, para ser estable, debe sostenerse en empleos productivos.

Hay entonces que llevar a cabo políticas que estimulen la actividad empresarial, la sociedad toda, y no sólo autoridades y medios de comunicación, deberían reconocer y aceptar la invalorable función social del emprendedor (o empleador) y facilitarle por tanto el camino en su tarea de generar trabajo. Implica llevar a cabo una verdadera cruzada nacional en favor del emprendimiento productivo. No se trata de desatender los derechos humanos, sino de entender que de ellos forma parte prioritaria el derecho igualmente humano a la inclusión social. Y esto se consigue con empleo. No repartiendo clientelísticamente desde el Estado.

Ese sistema no sólo humilla, sino que atrofia poco a poco la aptitud productiva de la gente.

Y en base a un conjunto de medidas estimulantes, facilitar y provocar el espíritu emprendedor. Se debería analizar un agresivo plan de flexibilidad laboral, por un tiempo determinado y para nuevos empleos. Un amplio y masivo programa de ayuda y facilidades a las pymes. Buscar abaratar sustancialmente el costo impositivo del país. Idear un amplio plan nacional que impulse a la construcción de viviendas, reflotar proyectos agrícolas, forestales, etc. es decir, propiciar un shock de estímulo al empleo.

Quien nunca ha estado en la producción desconoce que para fomentarla es necesario que haya rentabilidad y que los agentes económicos tengan confianza de que una vez hecha la inversión no les cambien las reglas o les suban los impuestos para escamotearles la ganancia en base a la cual arriesgaron su capital.

Ubaldo Calabressi, ex Nuncio Apostólico, siempre decía que ante un hecho la primera pregunta a hacer es: ¿quién se beneficia con él?, la pobreza es el peor negocio para los empresarios. ¿Qué pueden venderles las empresas a los pobres?, es ésa la permanente conclusión del empresario mexicano Carlos Slim.

En cambio, los únicos que le sacan partido a la pobreza son los gobernantes o algunos políticos. A los pobres, los pueden tener atados o engañados, repartiéndoles regalías o raciones mínimas de subsistencia, para que, a cambio de su voto, y azuzándolos con la amenaza de que los otros partidos se los quitarán, los ayuden a sostener su poder.

Encima, con astucia e hipocresía les endosan a otros la responsabilidad por la pobreza, ya sean el FMI, los países desarrollados, las empresas privatizadas, la democracia, el capitalismo o los bancos.

En cualquier empresa, los responsables de sus éxitos o sus fracasos son sus propios administradores. Nunca los proveedores, sus clientes o los bancos.

Pues entonces, y más allá de lo cuestionable que puedan haber sido las conductas de aquellos actores, los responsables de las catástrofes que padecemos son algunos políticos que nos han administrado. Sentando las bases para un renacer productivo, podrían devolvernos la esperanza que día a día nos han ido quitando.

Estos conceptos son válidos para muchos otros países latinoamericanos, y Nicaragua no es la excepción.

El autor es empresario.

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