Bayardo Plazaola Somarriba
En la madrugada del 12 de octubre de 1502, de la parte más alta de la Santa María, el mástil, un vigía creyó escuchar a los lejos, en el silencio, algo que llamaba la atención y se preguntó: ¿Será que aquí cantan los luceros? Y un poco más tarde, al dirigir su mirada al horizonte, le pareció ver una pequeña luz.
Un grito quedó para la eternidad: ¡Tierra, tierra! Y entre lágrimas Rodrigo de Triana vio nacer América. El almirante Cristóbal Colón no daba crédito a su vista, el panorama que se le presentaba: un enjambre de lianas verdes, aves de plumajes preciosas, plantas silvestres de variados colores, en fin un espectáculo conmovedor.
405 años después, en 1907, el príncipe de las letras castellanas, Rubén Darío, le cantaría en su publicación La Leyenda de los siglos: Oh gran almirante, tu noble América/ tu india virgen y hermosa de sangre cálida/ la perla de tus sueños, está llena/ de convulsiones, nervios y frente pálida.
Vale la pena citar un párrafo del discurso de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II a los obispos miembros del CELAM, en Santo Domingo, República Dominicana el 12 de octubre de 1984, que textualmente dice: “Con la fuerza de la cruz, que hoy es entregada a los obispos de cada nación, con la antorcha de Cristo en tus manos, parte esta Iglesia a la Nueva Evangelización, así podráis crear una nueva alborada eclesial y todos glorificaremos al Señor de la verdad, con la plegaria que rezaban al alba los navegantes de Colón: Bendita sea tu luz/ y la Santa Veracruz /y el Señor de la verdad /y la Santa Trinidad, / bendita sea el alba / y el señor que nos lo manda / bendito sea el día / y el Señor que nos la envía / Amén.
De esta bella oración, puedo asegurar que “luz fue lo primero que ofreció América a los hombres del otro lado del mar, y luz sigue ofreciendo y ofrecerá siempre a los hombres de la humanidad”.
Cirujano dentista