Al periodizar la historia de la medicina en Nicaragua, el doctor Emilio Álvarez Montalván parte de la medicina mágica de los aborígenes y prosigue con la mestiza de la época colonial (1523-1821). En ella ubica los primeros hospitales de la provincia. El más importante debió ser el fundado en León por el obispo Fray Benito de Baltodano, de la Orden de San Benito, en 1624. Según documento de Fray Juan de Ledesma, Prior de ese hospital en 1740, se llamó originalmente de Santa Catharina Mártir y “mientras vivió dicho Señor (el obispo Baltodano) lo administró su familia, hízole iglesia y enfermería, en la que puso veinte camas para los enfermos, y con la muerte del dicho señor Obispo comenzó a desfallecer el hospital en su cuidado y rentas”. Posteriormente, otro obispo lo entregó a la Orden de San Juan de Dios.
w ¿Quién era San Juan de Dios?
Juan de Dios (Joao Cidade Duarte) era un portugués entregado al compasivo oficio de la caridad que falleció el 8 de marzo de 1580. Sus seguidores, entre ellos Antón Martín, trataron de mantener fielmente sus obras caritativas. Juan de Dios fue beatificado en 1630 y canonizado en 1690. Por tanto, sólo desde ese año se le puede denominar a su Orden San Juan de Dios, la misma que se hacía cargo de otro hospital: el de Granada.
Éste se llamó de San Pedro Mártir, de acuerdo con cuatro documentos del Archivo General de Indias: un Testimonio de cuentas (Al.7, 18, Expediente 123, Legajo 18), donde se informa que lo había fundado en 1599 el vecino don Pedro de Acosta; y tres inventarios: de 1697, 1668 y 1726. En 1751 el obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz afirma que poseía catorce camas para los pobres de la ciudad y los soldados enfermos procedentes del Castillo de La Inmaculada Concepción. Los atendían doce frailes y la Real Hacienda dotaba al modesto hospital —que ya se llamaba San Juan de Dios— 300 pesos. A principios del siglo XVIII su único cirujano era Isidro Ruiz, asesinado por su esclavo negro, quien recibió la orden de “La Cirujana”, esposa de su víctima.
Morel de Santa Cruz también reportó que el de León recibía el mismo nombre. En 1776 el Rey le concedió el noveno y medio de los diezmos de la ciudad. En 1770 el Cabildo solicitó, mediante don Luis Melchor Coloma, mejorarlo con una botica y el nombramiento de médicos, pues la labor asistencial estaba a cargo de los frailes.
El Hospital San Juan de Dios de León comenzó a ser atendido en 1875 por las Hermanas Vicentinas, traídas de Guatemala por el presidente Pedro Joaquín Chamorro (Alfaro). Son María Madaure era la Superiora, quien tenía bajo sus órdenes a cinco hermanas. Diez años más tarde la sustituyó Sor María Teresa Lautoig, quien se desempeñó en el cargo veintiséis años y dejó unas memorias. En ellas afirma que el hospital poseía una Capilla muy amplia, con cuatro altares, entre ellos el de San Juan de Dios. El edificio correspondía al del Hospicio de Huérfanos que estableció allí mismo en 1899 el padre Mariano Dubón, apoyado por los vecinos, especialmente por don Fernando Sánchez y su esposa Soledad.
El terremoto del 19 de abril de 1888 obligó a la Junta de Caridad, presidida por don Narciso Lacayo (1842-1942), para adquirir el terreno —en las afueras de León— donde se levantaría el Hospital San Vicente, cuyo pensionado inauguró el presidente Juan B. Sacasa en 1935.
La historia del Hospital San Juan de Dios, de Granada, actualmente en ruinas deplorables, merece una monografía aparte; lo mismo que otros pequeños e intentos de nesocomios en la epoca colonial (El Realejo y el Castillo de La Inmaculada Concepción).
En cuanto a la enseñanza de la medicina en Nicaragua, un año clave es 1798, cuando el ilustrado obispo de la diócesis de Nicaragua José Antonio de la Huerta y Caso (1741-1803) decidió crear cuatro cátedras en el ya centenario Colegio Seminario San Ramón, de León, sostenidas por su renta personal. Y una de ellas era la de Medicina y Cirugía. Pero su duración fue efímera: en mayo de 1803 desaparecieron. “No prometían una estabilidad cual convenía al intento”, informó el Gobernador Intendente de la provincia.
EL PRIMER MÉDICO GRADUADO DE LA PROVINCIA
Ésta, perteneciente al Reino y Audiencia de Guatemala, sólo disponía de un médico académico en 1804: Francisco Quiñones; de ahí que la Audiencia, en un voto consultivo de ese año, apoyara el restablecimiento de dicha cátedra. Así, para el 16 de mayo de 1807 —un día después de recibir el San Ramón la facultad de otorgar grados menores de bachilleres— la comenzó a dictar el doctor Quiñones, el único nacido de la provincia —al parecer— que había obtenido los grados de bachiller (1795) y de doctor (1796) en la Universidad de San Carlos. Quiñones, en su clase inaugural, dijo: “El hombre es también uno de tantos seres de que trata la física: cuando considera la estructura de su cuerpo, las partes de que se compone y el modo admirable con que están dispuestas y colocadas, entonces se llama anatomía; si trata de los usos, movimientos y funciones de estas mismas partes, se dice fisiología; si considera el desarreglo o la perturbación de esas funciones, y el modo de corregirlas o volverlas a su estado natural, se nombra medicina, ciencia tan apetecida de los enfermos, pero desestimada de los sanos, ciencia necesarísima, pues haciendo muchas veces especies de resurrecciones, prolonga la existencia del hombre, le concilia la salud, le dilata la vida”.
Tal era la concepción general que se tenía de la medicina en la capital de Nicaragua a principios del siglo XIX. Mas volvamos a la cátedra dirigida por Quiñones: en noviembre de 1808 graduó de bachiller en Medicina a los estudiantes José Antonio Lacayo y Manuel del Sol. Según la Gaceta de Guatemala, disertaron en su examen sobre la obra del médico holandés Hermann Boheraave (1668-1738), un texto escolar de la época: Aprorismi de cognoscendis et curandis morbis in usum doctrina medicae (1709). Boheraave, profesor de botánica y medicina, se había graduado en la Universidad de Harderwylk —de la que fue rector— y ponía mucho énfasis en los modernos descubrimientos, como la circulación de la sangre.
LA PRIMERA CÁTEDRA UNIVERSITARIA
De la misma cátedra surgieron en 1811 cuatro médicos, todavía no examinados ni licenciados formalmente, lo cual se debía a la carencia de fondos y a la circunstancia de que el Protomedicato estaba en Guatemala. Fundado allí en 1793, el Protomedicato se encargaba de examinar y otorgar licencias a boticarios, médicos, cirujanos y “sangradores”, como también a la realización de todas aquellas funciones administrativas, judiciales y científicas relacionadas con la medicina.
En 1819, a los tres años de su instalación, la Universidad de León tenía diez oyentes en su cátedra de Medicina —a cargo siempre del doctor Quiñones—, dotada con 300 pesos anuales que suministraban varios vecinos comprometidos a ello hasta 1822. No se sabe, realmente, si cumplieron.
FRAY JUAN GÓMEZ EN LEÓN
Lo cierto es que en todo el Reino (Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica), sólo habían 18 médicos para un millón de habitantes. Esto significaba, ni más ni menos, que la gente era dejada a merced de un generalizado empirismo. Y en León —se afirmaba— existía un verdadero “tumulto de curanderos”. Sin duda, éstos cultivaban la medicina mágica de raíces precolombinas y la mestiza propia de la época colonial, como lo ha caracterizado Álvarez Montalván.
No era otra la ejercida por fray Juan Gómez en el Hospital San Juan de Dios, de León. Admirado en su tiempo por la práctica celosa de la caridad, en Granada solía regalar catecismos a los pobres para que se instruyesen en la doctrina cristiana y libros piadosos a sus clientes de la tiendecilla o botica que tenía en esa ciudad tornándose, según Florencio del Castillo, “Apóstol en traje de mercader”. Pero fue en León, a cargo del hospital, donde se entregó de lleno a todos sus habitantes y a los de otros pueblos vecinos. El mismo Del Castillo aseguró que Gómez “curaba con sus propias manos las úlceras más fétidas y no se dispensaba ni aún de aquellas operaciones que causan horror a nuestra naturaleza”.
Tomás Ruiz, entonces vice-rector del Colegio Seminario San Ramón, lo elogió en su sermón pronunciado en las honras fúnebres del religioso el 27 de noviembre de 1804: “El padre Gómez podía decir con el príncipe de los Apóstoles: yo no tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. Te doy mi persona, mi asistencia, te franqueo los medicamentos más costosos, aunque no los pagues”.
LA ILUSTRACIÓN Y LA MEDICINA EN LA UNIVERSIDAD DE SAN CARLOS
Por otra parte, es necesario señalar que el médico no gozaba de prestigio social en el Reino, pese a que la profesión había ganado respeto a finales del XVIII, dentro del proceso reformista ilustrado de la Universidad de San Carlos, donde algunos profesores emprendieron investigaciones a sus propias expensas. Al mismo tiempo asimilaron, en el campo de la física experimental, el sistema de Copérnico, las leyes de Kepler y el concepto de Newton sobre la gravedad y la atracción de los cuerpos. Esta concepción —difícil de aceptarse en el mundo escolástico— la sostuvo el 19 de agosto de 1791 el ya citado Francisco Quiñones, bajo la preposición en latín: Omne corpus materia et forma naturaliter constat.
Quien alteró esa situación fue Pedro Molina (1777-1854), graduado en la Universidad de San Carlos, prócer de la Independencia en 1821 y líder del federalismo centroamericano. Molina, quien había disertado también sobre el libro de Boheraave y residido en Granada de 1804 a 1811 como médico del Batallón de Fijo, opinaba que la Universidad de León —con cátedra de medicina— podía proporcionar muchos facultativos (hombres con entrenamiento médico), si se le concediese a la ciudad el estatus de un Protomedicato con los privilegios de que gozaba Guatemala. Al respecto, escribe John Tate Lanning: “Para los efectos consiguientes, aquellas personas preparadas en León para enseñar y practicar la medicina, debían hacer el largo y costoso viaje a Guatemala para someterse a los exámenes de rigor. Como esto era realmente difícil de hacer, muchos médicos de León nunca se decidían a hacer el viaje y procedían a ejercer sin la licencia del Protomedicato. Esto era como un estigma de toda la vida y colocaba a los afectados en el papel de simples curanderos. Con Protomedicato, en cambio, podrían tomar los exámenes, obtener la necesaria licencia y ejercer con honor y respeto propios”.
El referido Tate Lanning, basado en las tarjas de exámenes presentadas en la Universidad de San Carlos —incluyendo las de Molina— da una completa idea de las lecturas que los practicantes médicos demostraban haber leído. En lo relativo a inflamación y gangrena, al francés Francois Quesnay (1694-1774); en cuanto a tumores y úlceras, a Benjamín Bell (1749-1806), una autoridad en Edimburgo; en relación a complicaciones por heridas y envenenamiento, a Felipe Fontana (1730-1805), fisiólogo italiano; y respecto a métodos quirúrgicos, a Pierre Lassus (1741-1801), autoridad francesa en tifoidea.
Otros autores leídos eran Percivall Pott (1714-1788), también irlandés, autor de una obra sobre contusiones, dislocaciones y fracturas; Francisco Solano de Luque (1684-1738), “pulsista” de la sangre; David McBride (1726-1778), experimentalista; George Louis Leclerc, conde de Bufón (1807-1788) y William Cullen (1710-1790). Además, circulaban entre ellos el Cours de Chimie (París, 1675), la Pharmacopée universelle (París, 1697) y el Traité universel des drogues simples (París, 1698) de Nicolas Lemetry (1645-1715); la Basílica chymica (Frankfurt, 1609) de Oswald Croll; y los Elementos de medicina teórica de Mariann Antonio Larrave, doctor y profesor de la Universidad de San Carlos.
EL NIVEL ACADÉMICO DE LA UNIVERSIDAD DE LEÓN
De acuerdo con las fuentes, este nivel académico no era compartido por la Universidad de León en cuya cátedra de Medicina y Cirugía se enseñaba vagamente, a “varios autores clásicos de la mejor nota”. Más aún: en 1821 la universidad sufrió su primera interrupción hasta que el primer jefe de Estado, Manuel Antonio de la Cerda, la restableció por decreto del 21 de octubre de 1825, sin que la cátedra de Medicina funcionase. Con la guerra civil de 1827 a 1829 se interrumpió de nuevo la universidad hasta que fue restablecida —también legalmente— el 10 de octubre de 1831. Desde entonces, la enseñanza de la Medicina en León fue deficiente e irregular.
Con todo, para 1841 se habían graduado algunos bachilleres en Medicina, entre ellos Casto Fonseca; y licenciados como Gregorio Juárez —quien había obtenido el bachillerato en Guatemala— y José Guerrero, más tarde jefe de Estado y autor de una Breve descripción del colerina y del cólera morbos epidémico, y de la curación de ambos (León, Imprenta de Gobierno, 1855). Juárez y Guerrero, con los doctores José Livingston (estadounidense) y José Núñez (ambos egresados del extranjero), más el bachiller Liberato Cortés, establecieron en 1848 el Protomedicato que reorganizó los estudios de Medicina, encargándose especialmente de ellos. Así, en diciembre de 1859 —tres de los refugiados: Juárez, Guerrero y Núñez— integraron el tribunal examinador correspondiente. En esos días renunció el licenciado Ignacio Sediles, el único catedrático de Medicina, siendo sustituido por Juárez, quien enseñaba a Maigrier en Anatomía y a Richerandy en Fisiología, ganando 150 pesos anuales e impartiendo dos horas diarias: de 7:00 a 8:00 a.m. y de 3:00 a 4:00 p.m.
En 1860 el Protomedicato —ahora presidido por Guerrero y secundado por los licenciados Ramón Cervantes, Jerónimo Carcache, Francisco Cortés y Vicente Guzmán— decidió dividir la enseñanza de la carrera en cuatro cátedras, inauguradas el 12 de febrero con un discurso del doctor José Núñez. Leídas gratuitamente por los miembros del Protomedicato y los licenciados Rafael Icaza y José Salinas, dos de ellas se explicaban en el local de la universidad —que seguía siendo, desde 1816, el mismo del antiguo Colegio Seminario San Ramón— y las otras en el Hospital San Juan de Dios.
EL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS Y LOS MÉDICOS LEONESES
Este centro de asistencia pública ofrecía muy poco para el adelanto de la práctica médica: dos salas (una de cirugía, la otra de medicina), cuyas camas se mantenían en mal estado y carecía de sillas para los enfermos, una botica con un cuarto para el boticario, otro cuarto para operaciones, una cocina y un pequeño cuarto para ropero. Tenía, además, dos patios —en uno de ellos el pozo—, varios excusados y otro pequeño cuarto, al fondo, para una loca. Las Hermanas Vicentinas, que los administraron a partir de 1875, ocupaban una habitación cercana a la Sacristía de la capilla adosada al modesto edificio.
Sin embargo, allí desarrollaron su Medicina Paternalista (1821-1890), tercera etapa de nuestra medicina, Leocadio Juárez —hijo del sabio Juárez—, Santiago Desiderio Pallais —tío materno del futuro Luis H. Dabayle— y Santiago Argüello padre, quienes decían la última palabra en los casos muy complejos de enfermos. Los tres habían egresado de la Universidad —que desde 1867 disponía de una quinta cátedra: la de Práctica Forense— legalizando una certificación jurada del cirujano del San Juan de Dios de haber practicado con él un año entero antes de recibir el grado de bachiller, y dos años después del mismo. Igualmente, habían pagado por derechos de exámenes, tanto para bachiller como para licenciado, 12 pesos al Presidente de Protomedicato, 10 al Vicepresidente, otros 10 a cada uno de los tres vocales, 5 al fondo general del Protomedicato y 4 al hospital, fuera de los honorarios del Secretario del mismo Protomedicato.
LOS PRIMEROS MÉDICOS DE GRANADA
No sin ánimo despectivo, José Dolores Gámez —refiriéndose a los años anteriores a la Guerra Nacional— escribió: “Se fabricaban algunos médicos en la Universidad de León, tomando por texto las doctrinas de Aristóteles y haciendo disecciones, una que otra vez, sobre cadáveres de monos”. En cuanto a Granada, hasta 1858 llegó el primer profesional graduado del extranjero, en su caso de los Estados Unidos: el doctor Francisco Álvarez. Quienes practicaban la medicina en esta ciudad eran muy pocos, entre ellos Nicasio del Castillo, recordado por su atención heroica en la epidemia del cólera morbus de 1836, enfermedad que lo llevó a la tumba.
Luego se apareció un norteamericano: David Shoomaker, famoso por su constante ebriedad, y muerto el 15 de enero de 1852. Se había establecido en la ciudad desde 1840. Fue enterrado en la Iglesia de Guadalupe y el padre Santiago Solórzano dedicó un soneto a su memoria (Gaceta Oficial, Granada, Núm. 10, 24 de enero, 1842. En 1851 egresó de León Pedro Francisco de la Rocha, a quien los vecinos le apodaban “Matagente”. Después llegó el guatemalteco Antonio Falla quien, inspirado en las teorías de Gall, imprimía determinada forma al cráneo de los recién nacidos de su clientela para “poblar de sabios el suelo”. Finalmente, el español canario Julián Canales —al servicio de los filibusteros de Walker—, se quedó en la ciudad tras la expulsión de sus compañeros y el norteamericano Earl Flint. Estos últimos, curanderos sin título, se impusieron como médicos y lograron codearse con Falla.
Volviendo a la Universidad de León, es necesario citar estas líneas de un discurso del estudiante de Medicina, Alejandro Urcuyo, pronunciado en 1867 ante el recién electo Presidente de Nicaragua, Fernando Guzmán: “La Medicina, Señor, es la ciencia consoladora de la humanidad doliente, casi indefinida en sus investigaciones y aplicación; es una ciencia eminentemente práctica y el descuido la hace entre nosotros una teoría difícil, porque faltan los medios que se prestan a sus conocimientos cabales, como una estatua, instrumentos de cirugía y la continua práctica de la dirección que es de tanta entidad…”
Veinte años después, en la etapa transformadora de los “Treinta años”, el presidente Evaristo Carazo organizó la universidad en decanatos, ocupando el de la Facultad de Medicina Roberto Sacasa, médico de París, cuya tesis sobre “Tumores del seno” mereció elogio de autoridades científicas como Velpeu, Nelaton y Houel. Sacasa, el primero que operó una catarata en Nicaragua, había sido desde 1869 Presidente del Protomedicato —que fijó en seis cursos la carrera— y autor de varios artículos que aprovechara en su Anatomía descriptiva y disección el profesor francés J.A. Fort. Pero, ya en Nicaragua, la práctica paternalista de sus conocimientos le impidió continuar esas tareas y —dado el prestigio social que alcanzaba plenamente su profesión— optando por la política. Y así llegó a la Presidencia en 1889.
Ése había sido el caso también, entre 1883 y 1887, de otro médico nicaragüense graduado en Europa: Adán Cárdenas (1836-1916). Estudiando primero en la Universidad de Pavía, Cárdenas pasó a la de Pisa, donde en 1862 obtuvo el diploma de doctor, adquiriendo —indica su biógrafo José Dolores Rodríguez— una profesión benemérita. Y añade: “En Nicaragua se dedicó al ejercicio de la profesión con éxito brillante. Sus bellas prendas personales y sus conocimientos profesionales no tardaron en conquistarle general aprecio, estimación y respeto. Lo agasajaban los ricos, lo bendecían los pobres, su popularidad era muy grande, y así, no es de extrañar que hubiese sido electo no sólo sin oposición de nadie, sino con aplauso de todos, miembro de la Cámara de Diputados por su distrito”.
EL DEPLORABLE ATRASO MENTAL
Hasta aquí los antecedentes de la Medicina Aséptica introducida en Nicaragua por los doctores Juan José Martínez y Luis H. Debayle: el primero en Granada (1889) y el segundo en León (1890). Mas este panorama debe completarse con el deplorable atraso mental del ambiente a que ambos se enfrentarían. Como el mismo Martínez lo constató, prevalecían las siguientes concepciones:
Un pudor exagerado. Las inyecciones hipodérmicas en los brazos, piernas y caderas, había que hacerlas por un hojal que le abrían a la ropa.
No había modo que las mujeres permitieran un examen del corazón o de los pulmones con la piel descubierta, como es indispensable para oír bien.
Pedirle a una mujer un examen ginecológico era considerado un insulto, pues contestaban: “Prefiero morir antes de consentir”.
Proponerle a un enfermo, por pobre que fuera, mandarlo al hospital, era tomado a mal.
Había horror a las operaciones quirúrgicas. Los enfermos le tenían miedo a la ventilación, a la luz solar y al aseo.
El vulgo dividía las medicinas, las frutas y los alimentos en general entre calientes y helados.
Los partos eran asistidos por comadronas ignorantes con ropa sucia, manos sin lavar y fumando. Las mujeres no permitían asistencia médica.
LAS IDEAS CIENTÍFICAS OBSOLETAS
En cuanto a las ideas científicas que predominaban eran obsoletas. Ignorándose las microbianas de Pasteur —señaló el doctor Escolástico Lara, colega de Debayle— “reinaban todavía las teorías humorísticas. (los cuatro humores como causa de todas las enfermedades) en toda su extensión, el arsenal terapéutico era escaso, los métodos de investigación muy pobres: reducidos apenas al examen somático y sintomático, a la adivinación por el tacto profesional o por el ojo médico; basta decir que no se reconocía el termómetro clínico y que las inyecciones hipodérmicas eran raras, estando casi condenado a muerte el que las recibía —regularmente de morfina— porque se aplicaban frecuentemente en casos desesperados”. Y continuó: “Aún se hablaba de pureza e impureza de sangre y resfrío de la misma, del aire de las cavidades y de otras tantas extrañezas. Algunas voces heráldicas se habían hecho oír porque habían venido del Viejo Mundo portadas de algún médico que allá había estudiado, pero nadie se había tomado el empeño de enseñar y difundir las nuevas doctrinas. En cirugía la situación era todavía más desgraciada, no habiendo verdaderos estudios de anatomía; éstos se reducían al conocimiento de los huesos y a la repetición de memoria de un mal tratado de la materia, menos que los estudios sobre operaciones quirúrgicas permitiesen practicar la abertura de abscesos, amputaciones: eran las llamadas operaciones, siendo necesarias juntas de médicos para decisión en estas últimas”.
MARTÍNEZ Y DEBAYLE
Todo ello comenzó a cambiar en la última década del siglo XIX con el ejercicio profesional de Martínez y Debayle. Ambos fundaron “Casas de Salud” (clínicas privadas) en sus respectivas ciudades. De padre polaco y madre nicaragüense, el primero fue egresado del colegio de Medicina de la Universidad de Nueva York. Su primera operación, el 16 de diciembre de 1889, consistió en una catarata, la cual tuvo éxito completo. En 1890 practicó su primera ovariotomía, resultando todo un acontecimiento. A principios de 1892 ejecutó su primera apendiceptomía. Por ocho años consecutivos fue Presidente de la Junta de Beneficiencia de su ciudad. Tras realizar unas cincuenta mil operaciones (sin exageración), el 8 de mayo de 1947 celebró 60 años de vida profesional. En esa ocasión, publicó su bibliografía. Hasta entonces, había dado luz a cinco folletos de carácter científico.
Debayle, graduado en París no fue prolífico en medicina, pero sí en literatura. Cuando llegó a León, traía los más modernos conocimientos e instrumentos —bisturí y escalpelo, microscopio y esteroscopio— para sentar de plaza de sabio en Centroamérica, modernizar la enseñanza de la Medicina en la Universidad de León, fundar su prestigiada “Casa de Salud” y asistir a congresos tanto en América como en Europa. En 1908 ya era Presidente de la Junta de Beneficiencia y Cirujano del Hospital San Vicente, del cual había sido uno de sus fundadores. Fue oftalmólogo, otorrinolaringólogo, obstreta, ginecólogo, ortopedista, especialista en vías urinarias y cirujano general. Para difundir sus operaciones, invitaba a los artesanos de León. Fundó la primera Gaceta Médica de Nicaragua.
Tales fueron, en resumen, estos dos pioneros de la medicina en Nicaragua. Con ellos se clausura el siglo XIX y se abre el XX, siguiendo los conceptos del inglés Lister y del francés Pasteur. Con sus métodos, la estadística de mortalidad operatoria y pos-operatoria disminuyó drásticamente. Álvarez Montalván especifica: “Ahoya ya se salvan los que sufren, hasta entonces irreversible, el ‘cólico miserere’ (peritonitis). Paradógicamente, la enseñanza de las ciencias básicas, en la clásica carrera de seis años, sigue basándose en textos con ilustraciones, sin laboratorios, biopsias, radiografías y demás. La experimentación científica se desconoce. Apenas Escolástico Lara se atreve a enseñar las muestras de tejido sano y enfermo que trajo fijadas y teñidas de París. Sus enseñanzas de anatomía patológica demostraban el cuerpo del delito de las enfermedades”.
Luego el doctor Debayle impuso su “Escuela” de inspiración franccesa a causa de su prestigio de ciudadano cabal, de su personalidad pletórica y del interés de la sociedad leonesa en apoyarlo.