Johnny Cajina Guillén
Al drama del desabastecimiento de agua no escapa ninguno de los 8 mil 600 abonados registrados por la Empresa Nicaragüense de Acueductos y Alcantarillados (Enacal) en toda la ciudad.
En tiempos de lluvias, la represa del río Pirre y los ocho pozos de Las Limas, solamente proporcionan 235 mil de los 350 mil metros cúbicos de agua que la ciudad necesita cada mes. “Eso nos obliga a interrumpir constantemente el fluido para suplir de agua a los que viven en las partes altas de la ciudad”, explica Álvaro Molina, vicegerente de operaciones de Enacal.
No obstante, el caos general llega con el verano, época en que el suministro de agua baja hasta los 70 mil metros cúbicos. Y aunque el impacto de la crisis en la salud e higiene de los juigalpinos no ha sido calculada, lo cierto es que se trata de un problema que les ha transformado los hábitos.
Al igual que barriles y baldes de patios y cocinas, las botellas plásticas cargadas de agua son ya un utensilio indispensable para miles de estudiantes, conscientes que combatir la sed en las escuelas con el agua almacenada en condiciones poco fiables, equivaldría a un ataque de diarrea.
Por la escuela Leopoldina Castrillo desfilan diario más de 1,100 alumnos con sus maestros. Todos sufren durante el verano los embates del polvo. “Es que a falta de agua sólo sacudimos las aulas”, dice la maestra María Inés Miranda, directora de ese centro, situado en una pendiente del barrio Héctor Ugarte.
“Aquí todos traen sus pichingas, porque el agua viene cada cinco días y en verano hay que solicitar las pipas de Enacal para rellenar los tanques de reserva, pues el abastecimiento es cada dos meses”, afirma Miranda.
Muy lejos de ahí, sobre la carretera que conduce a El Rama, está el Hospital La Asunción. Allí el agua también falla en todo momento, por ese motivo no se pueden esterilizar los equipos médicos y tampoco muchas de las cirugías, que constantemente se están reprogramando.
El centro cuenta con 183 camas y mantiene una ocupación permanente del 75 por ciento. Según su director, el doctor Miguel Belanger, por el hospital circulan diariamente cerca de 1,000 personas entre pacientes, médicos, enfermeras y visitantes. Todos padecen de sed ocasionalmente.
Hace unas semanas las autoridades hospitalarias gastaron más de 16 mil córdobas para conectar al edificio con una tubería madre alterna, con esa inversión esperan lograr un mejor abastecimiento.
Otros sobreviven a como pueden. En hoteles como La Quinta, la administración se las juega para obtener el agua y mantener un servicio constante en sus 51 habitaciones. “Esto nos eleva los gastos, pero debemos garantizar el agua siempre”, afirma uno de sus trabajadores.
No obstante, a la gran mayoría de los 63,800 juigalpinos no les queda más opción que esperar el agua del cielo, cuando es invierno, o comprarla cuando el calor aprieta.