Pedro Rafael Gutiérrez Doña
Azotado por el inclemente sol que a diario soportamos los managuas, eché mano a una toalla y calzado de unas chancletas caminé hacia el lago Xolotlán con el propósito de darme una buena bañada. Por estar a no más de un kilómetro de la playa, caminé no sin antes pasar tomándome uno de los mejores refrescos naturales en uno de los negocios que hay en el lugar.
A medio camino, sofocado por el calor, me quité la camiseta dejando que la brisa cálida del lago me diera un poco de frescura, condición que quise asegurar al poner la vista en uno de los cómodos ranchitos de paja que están en la costa y refugiarme en uno de ellos. Ya en el rancho me quité el pantalón y luego de saludar a varios amigos de la zona, me tiré al lago en una interminable zambullida, la que aplacó el sofocante calor.
Nadé paralelo a la costa y sin ningún temor. Una decena de chavalos se bañaban y gritaban de contentos al lanzar una bola de un lado a otro. Sólo interrumpía el grito de los chavalos el ruido de un motor fuera de borda que lleno de turistas iniciaba un viaje a San Francisco El Carnicero.
De regreso a la costa y sometido al inclemente sol de la playa, el ladrido de unos perros me hizo despertar de este sueño, el que anhelo muy pronto sea una realidad.