Jorge Eduardo Arellano
A Jaime, último sabio del continente pródigo y prodigioso que es la Patria, lo conocí en Boaco tras su inicial incursión estelar. Entonces ya era lo que siempre ha sido: el curioso niño asombrado, en busca de tantas maravillas terrenales, paraísos acuáticos que descubriría y redescubriría en viajes y artículos, compilaciones de textos raros sobre nuestras dos zonas costeras y sus habitantes a través de varios siglos. Humildemente, como hombre de calle y camino, sigo sus pasos de ciudadano y poeta, de biólogo y humanista, para conocer y amar nuestra increíble tierra.
Porque sólo lo conocido es digno de amar. Y en especial nuestro territorio majestuoso y terrible que él revela y goza, enseña y escudriña, enamorado de volcanes y esteros, grutas y petroglifos, de azules pozas pacíficas y playas arenosas; entusiasmado por pipantes y caseríos palafíticos por el río Brujo y el Kurinwás, por el Plan de las Flores y sus pequeñas, frágiles orquídeas: la Cyrtopodium, la Sobralia y la Epidendrum obesum, de blancos pétalos encapuchados.
Jaime reinventa un volcán, el Masaya, que don Andrés Bello elige como ejemplo único en nuestra América, con sus diversos cráteres y flora. Hablo de la Reina rojo-naranja que engalana las laderas milenarias de esa “boca del infierno” bautizada por un fraile medieval alucinado por el oro; del alado sardinillo, de racimos amarillos y hojas verde-tierno; del diminuto Cundeamor escondido —de corola carmín— y la flor del pochote, suspendida entre las ramas espaciosas y abiertas durante los soleados meses de verano; de las transparentes campanitas doradas floreciendo al final del invierno y trepando cercos, arbustos y colinas; de la lluvia de coral, frágil y roja y encendida todo el año; del cuasquito —un ramillete anaranjado— que llaman también “cinco negritos” por sus frutillas oscuras; de la dueña del monte, una enredadera de flores blancas y lilas; de la orquídea crucifijo, acurrucada entre las grietas y las piedras secas; de la catapanza o pasionaria, cuyos estigmas, estambres y corola semejan los tres clavos y el manto de Nuestro Señor; y de la pendular cachimbita, solitaria de pétalos que se cierran, púdicos, a la caída del atardecer.
Sí: Incer es el último, incansable admirador del español Fernández de Oviedo, del inglés Thomas Belt, de los estadounidenses Stephens y Squier y de los alemanes Sapper y Von Seebach, por citar algunos de sus antecesores; el último enamorado de la salamandra del Mombacho que ha visto y oído en su cima a los congos aulladores y descrito nuestros tiburones de agua dulce y sus cortantes mandíbulas devoradoras, caracoles y cangrejos: el tiguacal de cuerpo oscuro y patas rojas, el gris y el carnegüe.
Sí, señores y señoras: He aquí el último de los creyentes a lo Rousseau y primer ecólogo moderno; el único espécimen que para fortuna de nosotros tuvo la dicha de nacer en este fulgor que todavía es Nicaragua.