- Ponía sal en vez de azúcar en el café; guardaba el control del televisor en la refrigeradora y la comida en el clóset. Una vez se perdió a una cuadra de su casa y entonces el Alzheimer llegó al hogar borrando razones y recuerdos: ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde está mi mamita?
José Adán Silva
El salón Laurel, del Hotel Intercontinental, está en penumbras, apenas iluminado por un candelabro metálico de proporciones gigantes que le da un toque de misterio al ambiente de velorio del local.
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La música instrumental apenas se escucha y no es suficiente para acallar los sollozos que escapan de los pañuelos y servilletas que secan lágrimas y ocultan gestos de pena.
Alguien no soporta la represión del pañuelo y sale rápidamente del salón, apenas lo suficientemente a tiempo para estallar en llantos convulsivos y desplomarse sin gracia en una silleta a orillas de la piscina del hotel.
La noche del pasado 21 de septiembre, la Fundación Alzheimer de Nicaragua realizó un evento triste, de poca promoción mediática: el Día Internacional del Alzheimer.
Este día se celebra como un homenaje al nacimiento del neurosiquiatra alemán Alois Alzheimer, quien en 1907 descubrió el mal que desde tiempos inmemorables viene eliminando la memoria y los recuerdos de los que logran llegar a la vejez.
El científico descubrió la enfermedad en base a la experiencia con una paciente de 51 años que en vida cursó un dramático cuadro clínico de deterioro físico, alucinaciones, delirios y pérdida de funciones motoras y cognitivas tan sencillas como entender el idioma, pronunciar palabra o tomar una cuchara.
Los hallazgos del médico germano fueron brutales y revelaron lo siguiente: la enfermedad de Alzheimer es una demencia progresiva, degenerativa del cerebro y provoca deterioro de memoria, pensamiento y conducta.
“La persona que la padece puede experimentar confusión, desorientación en tiempo y en espacio, cambios en la personalidad y de conducta, alteraciones en el juicio, dificultad para encontrar palabras; finalizar ideas o pensamientos y para seguir instrucciones. Finalmente incapacita a quien la padece. No tiene cura y es la más común de las demencias”, escribió el médico en su bitácora.
Desde aquel descubrimiento, las causas de la enfermedad siguen siendo desconocidas y en lo único en que se ha avanzado es en descubrir que el mal se produce debido a la destrucción de neuronas y neurotransmisores que comunican la información cerebral. Además se conoce que la enfermedad del Alzheimer no es considerada genéticamente heredada y se diagnostica mediante un examen que debe realizar un especialista, quien determina en qué estado de avance se encuentra la enfermedad del olvido.
UN MAL QUE AVANZA
La joven ha desahogado sus penas a orillas de la piscina y luego, con los ojos enrojecidos y la pintura descorrida por las mejillas, se acerca al salón de donde salió unos minutos antes, pero ya no logra entrar: está saturado de personas.
La presidenta de la Fundación, Nydia Mairena, está sorprendida de la asistencia: esperaban a 40 personas, como en los últimos tres años, y no a las más de 160 que esa noche colmaron el pequeño salón.
Para ella, y para otros miembros de la Fundación, la explicación a la inesperada asistencia es sencilla: el mal ha avanzado en Nicaragua.
Y aunque no hubo cifras contundentes que confirmen o rechacen la tétrica hipótesis, las historias que ahí se conocieron esa noche en realidad eran más trágicas que lo que las estadísticas puedan representar.
HISTORIAS TRISTES
Fabiola llegó desde Granada atraída por una ilusión: conseguir medicina para ayudar a su padre de 69 años.
“Tiene tres años de estar así y la otra mañana ya no nos conoció. Nos quedó viendo extrañados y a como pudo nos preguntó ¿qué jodido hacen en mi casa?”
Su padre era carpintero y albañil y fue quien mantuvo la casa cuando murió la madre de la familia. Cuenta Fabiola que al inicio de la enfermedad el señor olvidaba la llaves en todas partes; se iba en toalla a la cocina en vez de ir al baño y aunque acabara de comer preguntaba a qué horas le darían los alimentos.
Ponía sal en vez de azúcar en el café; guardaba el control remoto del televisor en la refrigeradora y la comida en el clóset; una vez se perdió en un mandado a una cuadra de la casa y cuando un vecino lo trajo varias horas después, ya nunca más volvió a recuperar la razón y preguntaba: “¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde está mi mamita?”
Patricia Rocha Moncada es la joven que, de rigurosa ropa negra de duelo, ha salido llorando del salón Laurel al recordar la muerte de su padre, el doctor Manuel Rocha, hace dos meses.
“Murió de Alzheimer. Al principio pensábamos que se trataba de una cosa normal por la edad, ya que tenía 67 años, pero luego que lo llevamos al médico supimos que era esa enfermedad horrible”, dice ella, quien ha vuelto a llorar.
“Estaba muy mal, se le olvidaban los nombres de la familia, no podía descifrar la hora, no sabía qué día era y ni siquiera conocía el nombre de las cosas. Él que era un hombre sabio no podía ya ni leer”, recuerda Patricia, quien se resiste a creer que las personas con este mal pierden los sentimientos paternales.
“Dicen que pierden todo sentido de la realidad, no lo creo, porque cuando él estaba postrado en el hospital, como un bebé recién nacido, yo le decía ‘papito mirá quién te cuida’ y él sonreía y me movía los ojos…” Patricia no pudo seguir hablando y otra vez lloró.
PARA QUE NO ME OLVIDÉS
El hombre está de espaldas al público, leyendo la publicidad de una medicina que ayuda a postergar los efectos devastadores y cuyo mensaje es devastador para quienes tienen un pariente enfermo con Alzheimer: “Hay quienes viven de recuerdos y hay quienes no recuerdan lo que es vivir”.
Se llama Jesús Sevilla y su madre está en la etapa terminal de la enfermedad. Vino al evento porque se sentía desesperado y no sabía qué hacer.
Su historia: la señora perdía las cosas por toda la casa, se iba a la venta y olvidaba comprar las cosas del hogar.
Olvidaba las cuentas domésticas y pagaba hasta tres veces una misma deuda, olvidaba ponerle ingredientes a las comidas o se le olvidaba que estaba cocinando y se enteraba hasta que los alimentos estaban quemados en la cocina.
Una vez comenzó una discusión con él porque no la dejó salir a la calle a comprar y tras varios minutos de reclamos, se quedó callada y preguntó: “¿Me estoy volviendo loca verdad hijo?”
“Al comienzo ella trataba de resolver las cosas diciéndonos que le acordáramos hacer las cosas, pero luego cuando le decíamos que tenía que irse a bañar nos preguntaba ¿dónde queda el baño?”
“Otra vez mi hermana la encontró sentada afuera de la casa y le preguntó que porque no entraba y mi mama le dijo que estaba esperando a que alguien le dijera que ésa era su casa”.
“Desde entonces se ha ido arruinando cada vez más, las pastillas ya nada le hacen y no puede hablar ni caminar. Nada puede hacer ya la señora”, dice Jesús, de espaldas al público, sin dar la cara, leyendo esta vez otro rótulo que reza: “La vida, algo más que un recuerdo, cuidémosla”.
SEÑALES DEL MAL
Según el doctor Elio Artola, fiscal de la Fundación Alzheimer de Nicaragua, los familiares deben sospechar de Alzheimer si su pariente manifiesta dificultad en las siguientes actividades:
Aprendizaje y retención de información nueva.
Llevar a cabo tareas sencillas y cálculos básicos.
Habilidad de razonamiento.
Conciencia mínima del tiempo y el espacio: ¿Qué día es hoy? ¿Dónde está el patio?
Lenguaje: dificultad para encontrar palabras o comunicar pensamientos. Por ejemplo, no poder nombrar un lápiz que alguien le ponga enfrente.
Comportamiento: perder o esconder cosas, sospecha injustificada, apatía, falta de interés, depresión, desaseo.
200 mil potenciales enfermos de Alzheimer
Un reciente estudio elaborado por la Fundación Alzheimer de Nicaragua, un organismo sin fines de lucro que nació jurídicamente en el 2003, reveló que el 20 por ciento de personas mayores de 65 años corre el riego de padecer la enfermedad.
“A nivel nacional, de un estimado de 200 mil mayores de 65 años, se calcula que entre 15 y 20 mil padecen la enfermedad de Alzheimer, la mayoría no están diagnosticados”, dice parte de un informe de la mencionada Fundación (Faden).
El organismo elaboró este año un estudio sobre la incidencia del Alzheimer en tres asilos de Managua y los resultados demostraron que la enfermedad del olvido está más presente que nunca.
El estudio se hizo en base a un muestreo aleatorio a 101 personas mayores de 65 años, hombres y mujeres, pacientes internos y externos de los asilos Hogar Senil Bautista, San Pedro Claver y Asilo de Ciudad Sandino.
Los ancianos, 30 por ciento hombres con edad promedio de 73 años y 70 por ciento mujeres con edad promedio de 84, fueron entrevistados por estudiantes universitarios de las carreras de Medicina y Psicología, quienes aplicaron un instrumento conocido como test minimental de Folstein
El 20 por ciento de las personas entrevistadas presentó la enfermedad Alzheimer en sus diversas etapas. El 30 por ciento de los enfermos había perdido la capacidad de leer y casi todos presentaban dificultades para hablar, caminar y comprender mensajes y palabras. La enfermedad del olvido les ha llegado y el final de los recuerdos ha comenzado.
DESESPERANZA
Según el neurólogo Amin Hassan, la enfermedad del Alzheimer no tiene cura y una vez diagnosticada progresará hasta postrar al enfermo. Y aunque se han descubierto medicinas, las mismas sólo postergan en breve tiempo la progresión del mal y ni siquiera funciona para todos. “Es duro decirlo, pero la medicina es muy cara y apenas dará resultados efectivos a un 30 por ciento de los pacientes”.