Mesa que más aplauda

José Adán Silva Roman, Times, serif»> Mesa que más aplauda José Adán Silva Las vacas eran siete y muy gordas y lozanas. Pero después llegaron siete vacas flacas y muy feas y se comieron a las vacas gordas, abriéndoles las entrañas y tragando sus vísceras. Pero ni aun así, las vacas horrendas cambiaron sus imágenes […]

José Adán Silva

Roman, Times, serif»>
Mesa que más aplauda


José Adán Silva




Las vacas eran siete y muy gordas y lozanas. Pero después llegaron siete vacas flacas y muy feas y se comieron a las vacas gordas, abriéndoles las entrañas y tragando sus vísceras. Pero ni aun así, las vacas horrendas cambiaron sus imágenes huesudas y siguieron siendo más flacas y feas que al inicio.

Eso significaba, según lo descifró un profeta humilde ante el rey que lo tenía encerrado, que al Egipto de aquel tiempo de esplendor le llegarían siete años de escasez y hambruna.

Y la voz que contaba el mensaje bíblico era bien timbrada, sosegada. El taxista que llevaba la radio, Julio Fonseca, era silencioso, prudente y sencillo. Sólo hasta que yo le pregunté qué emisora escuchaba, me habló: era el programa matutino Una cita con Dios, de Radio Maranatha.

Había escogido aquella emisora desde hace más de cuatro años, cuando la religión cristiana le sirvió como refugio para abandonar la vida mundana que tantas miserias le había prodigado en aquellos años de licor, calle, vicios y pecados carnales.

Algo le había transformado la vida en aquella época, pero él, prudente y reservado, no lo contó. Sin embargo ahora el trabajo de taxista no podía ser sin la Radio Maranatha, a buen volumen, sin ofender los tímpanos y con los moderados mensajes bíblicos contados en buen castellano.

Nada que ver con aquellos predicadores de radioemisoras religiosas bullangueras, que parecen más pregoneros de mercado que transmisores de mensajes bíblicos. Un día antes de encontrar a Julio Fonseca subí a un Kia conducido por alguien de quien sólo recuerdo que se llamaba Marcos, quien también es cristiano, pero a diferencia de la emisora que escuchaba Julio, la de Marcos era un vocerío de mercado persa.

Un energúmeno chillaba que el pecado estaba ahí, donde todos los hombres y mujeres se tapan con mayor énfasis, donde no se pone la mano de cualquiera y donde el sol pocas veces da.

Y si usted está pensando en eso, o ha pensado en eso alguna vez, es un pecador y es mejor que lo reconozca y se arrepienta y acepte al Espíritu Santo antes que el final de los tiempos lo agarre en la maturranga y termine haciendo sus cochinadas en las brasas eternas del infierno. Aleluya, a gritos, aleluya, hermano, más volumen para que la palabra divina cale profundo en su conciencia.

¿Verdad que se siente cómo fluye el espíritu a través de la palabra? Me dijo Marcos, y yo, desde el asiento trasero, pegadito a los parlantes chillones, le grité que por favor le bajara o cambiara de emisora.

Me quedó viendo de mal humor, a través del espejo retrovisor, como si con los ojos me preguntara: ¿Pero como te atrevés, pecador, a cambiar la palabra divina? Y entristecido por el futuro de mi alma, con aires de “perdónalo Señor, no sabe lo que hace”, cambió de emisora, captó algo y luego, sonriendo malicioso, subió más el volumen hasta terminar de taladrar mis tímpanos con un adefesio musical de cantina: “Mesa, mesa que más aplauda le mando, le mando, le mando a la niña…» Desde entonces no dejo de tararearla.

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