Las labores de ordeño comienzan a las cuatro de la madrugada.

Cabalgata que desaparece

El trabajo de los campistos, vaqueros o montados está desapareciendo en algunas zonas de Nicaragua, donde el hato de vacunos se redujo desde las confiscaciones de los años 80. Cuando la ganadería estuvo en auge, en los años 70, los finqueros de Rivas tenían entre 500 y 1,300 reses. Emiliano Chamorro Lorenzo Obando corre en […]

  • El trabajo de los campistos, vaqueros o montados está desapareciendo en algunas zonas de Nicaragua, donde el hato de vacunos se redujo desde las confiscaciones de los años 80. Cuando la ganadería estuvo en auge, en los años 70, los finqueros de Rivas tenían entre 500 y 1,300 reses.

Emiliano Chamorro

Lorenzo Obando corre en su corcel negro tras la vaca ‘Relámpago’ que corre despavorida tratando de evitar ser lazada, pero al final el campisto la somete y la encierra en el corral de la hacienda San Francisco, en Tola, Rivas.

Por su trabajo son conocidos como vaqueros, montados, campistos o sabaneros, y se enfrentan a todo tipo de ganado, desde el manso hasta el más bravo.

En las haciendas nicaragüenses el campisto es símbolo de hombre fuerte y rudo, que han lidiado con vacas y toros desde niños.

Lorenzo tiene 26 años y ha dedicado 14 a las labores vaqueras. Admite que es un trabajo duro, pero “en realidad a mí me gusta”, dice con satisfacción.

LA JORNADA DEL VAQUERO

Los campistos despiertan a las tres de la madrugada, desayunan a esa hora gallo pinto, tortilla caliente, queso y café. A las cuatro de la madrugada Lorenzo Obando y Miguel Quezada, comienzan su jornada en los corrales ordeñando alrededor de 90 vacas.

El resto del día se lo pasan cabalgando, arriando el ganado en los potreros. “¡Jooo! Jooo… !”, grita Lorenzo y las reses, viendo para todos lados, salen en manada de los corrales hacia los pastos, donde permanecerán hasta las cinco de la tarde.

En medio del sofoque, Lorenzo le indica a Miguel que gire hacia el centro y éste, con una tajona en la mano derecha, le da un arrendón a su caballo, llamado “El Mono”, y se abalanza sobre el ganado.

La manada ha empezado a correr sobre los campos y los campistos preparan las sogas gruesas, listos para lazar a las vacas que se atrevan a salir del territorio.

A lo lejos, en otra hacienda, varios jinetes persiguen a otro grupo de reses que corren por los potreros.

OFICIO EN EXTINCIÓN

Roberto Solís López, dueño de la finca El Limón 1, dice que el trabajo de los vaqueros “aunque es duro trabajo, es de mucha satisfacción porque quien labora en ésto, aprende técnicas de cómo enfrentar al ganado bravo. Definitivamente, el trabajo es duro pero apasionante”.

Solís opina que el oficio de los vaqueros ha venido disminuyendo en las últimas dos décadas. Primero, tras las confiscaciones de haciendas en los años 80, el ganado fue “regalado” a personas que no tenían la menor idea del valor de un hato.

“Realmente las confiscaciones de las grandes haciendas ganaderas fue una de las causas de la desaparición del ganado, pues se comían el ganado de calidad sin conciencia”, explica Roberto Solís, un ganadero y agricultor de la comunidad de Tola.

Asegura que cuando la ganadería estaba en sus albores, se veía tanto ganado en las carreteras y tras él los campistos cabalgando y lidiando con los animales rebeldes.

En los años 70, un finquero pequeño en Rivas podía tener hasta 500 vacas, mientras que un hacendado poseía 1,300 reses o más, dice Solís. Por eso, supone, entre más ganado había más vaqueros existían.

Reconoce que el trabajo de los campistos es importante en el desarrollo de las fincas, ya que además de arrear y ordeñar vacas, aprenden a inyectar las reses. Ellos combinan su trabajo con la agricultura.

Otro problema que señala Solís es el poco financiamiento, con bajos intereses, que ofrecen los bancos para la ganadería. “Aunque los ganaderos quisiéramos impulsar más la ganadería, no hay condiciones; entonces, escasea el ganado y también escasean los vaqueros”, dijo Solís.

A LA DEFENSIVA

En la finca Rancho Texas unos ordeñan, otros meten los terneros en los corrales y otros preparan los caballos para arrear el ganado hacia el potrero. En esta finca hay más de 100 reses, entre vacas, terneros, toros y sementales.

Una vaca Braman blanca se acerca de mal modo hacia nosotros. “Cuando ven gente extraña, como que no les gusta”, dice Julio Umaña, el jefe de los vaqueros en la finca. Otras reses descansan echadas moviendo sus mandíbulas, y al fondo, en un amplio corral se escucha el brameo de los terneros esperando el turno para jalar la teta.

Son las primeras horas de la mañana y Umaña dice que tiene 17 años de laborar como vaquero, una experiencia que muchas veces ha sido “dura” porque ha sido golpeado por reses bravas.

“Este trabajo es bonito porque uno hasta se hace amigo de los animales, aunque a veces se tiene que trabajar a la defensiva porque también hay animales que están a la defensiva, sobre todo cuando son animales nuevos, o sea cuando no se conoce bien”, sostiene.

TRAJÍN EN EL CAMPO

El trabajo de Julio Umaña en Rancho Texas inicia a las tres de la mañana. Después de desayunar se reúne con el resto de los vaqueros e inician el ordeño de unas 150 vacas.

Luego revisan las condiciones físicas del ganado, para constatar si hay que vacunarlo o bañarlo; y preparan los caballos para llevar a “pastear” al ganado.

“En mis años de trabajo que llevo con el ganado te puedo decir que uno hasta se hace amigo de los animales. Es un trabajo duro, pero aprendés muchas cosas para lidiar con los animales”, cuenta el campisto.

Dice que los vaqueros tienen que alimentarse bien, porque el ganado tiene mucha fuerza y mientras más bravo es un animal más fuerza tiene.

En una ocasión un toro semental se le fue encima y lo mandó al hospital con tres costillas fracturadas, por eso aconseja que un buen vaquero debe aprender a identificar al ganado, porque hay animales que parecen inofensivos y al menor descuido se rebelan, así como otros parecen bravos y no lo son.

José Leonel Castillo, de 29 años de edad, tiene 15 años de laborar como vaquero y muchas veces ha sido golpeado por las reses. “En este trabajo uno se lleva sorpresas, una vez mientras ordeñaba me agarró una vaca por la espalda y me estrelló contra la vaca que ordeñaba y ésta también me dio unas patadas fuertes; pasé como una semana golpeado”, relató.

BUEN VAQUERO

Un buen campisto se caracteriza por tener la osadía y la certeza de someter al ganado más bravo, dicen algunos vaqueros del departamento de Rivas.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí